Curieuse professionnelle. Professional curious. Curiosa profesional.

Crónicas de Montréal 9.- Poliglotas

25 Septiembre, 2016

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Ya dije que Montréal es la ciudad para hablar los dos idiomas oficiales de Canadá, el inglés y francés. Sin embargo, también es el lugar para aprender cualquier otro idioma que se te antoje. Sólo tienes que ser creativo, buscar los recursos que te ofrece la internet y organizarte. Estás en medio de la multiculturalidad. Tal vez, al costado de tu asiento en el bus va alguien que habla aquel idioma que tanto ansías aprender. Así de alucinante es ésta ciudad.

De entrada, muchos de los inmigrantes que viven aquí ya manejan los dos idiomas oficiales en algún nivel aceptable de desempeño, a demás de sus propias lenguas de casa. En algunos casos es alucinante la cantidad de idiomas que algunos son capaces de hablar, con desenvoltura: conocí a un chico que acababa de graduarse de la universidad y que me comentaba en un perfecto español que era de origen vientamita y que ése era el idioma “informal” de casa, pero que también hablaba los dos tipos de chino más conocidos (Mandarín y Cantonés) por que su familia había vivido durante mucho tiempo bajo el régimen chino y ellos consideraron que era conveniente que fuera parte de su educación. El francés lo hablaban en casa por la ocupación francesa en Vietnam. El inglés fue el idioma de sus estudios y el español lo aprendió en el instituto superior. La friolera de 6 idiomas sin pestañear.

Es decir, sin mucha alharaca, hablar más de tres idiomas parece ser el común por acá. No digo que en todos los casos sean impecables, pero igual demuestra la capacidad de adaptación de mucha gente que está años luz de aquellos que se quedaron con la lengua materna. Sin embargo, los niveles de empleabilidad no consideran ésta maravilla del multilinguismo y bueno, ésa es otra discusión que no tomaré -por el momento- aquí.

Retomando entonces el asunto, mucha de ésta gente se siente encantada de compartir éste regalo contigo. De paso -y acá vuelvo al tema de la semana pasada- haces nuevas amistades y salen nuevas oportunidades de actividades sociales, que hacen el aprendizaje mucho más interesante y divertido. Algunas actividades son publicas (como los meetups de Mundo Lingo) y otras implican inscribirte en sitios Web especializados en ello (Conversation Exchange). No hay mejor modo para aprender que en medio de la gente que quiere enseñar.

Crónicas de Montréal 8.- La fiebre network

18 Septiembre, 2016

Networking. Networking. Networking.

Lluvia torrencial. Miro mi calendario electrónico. Hoy tengo programada una reuna “after work” en un lugar desconocido en el centro de la ciudad. Me armo de valor para atravesar las calles con tremenda tormenta. Acá se les llama “5 à 7″, porque, a veces, literalmente dura de 5 de la tarde a 7 de la noche, aunque es básicamente una actividad fuera del horario de trabajo. Socializas con gente que tiene algo en común contigo, que puede ser literalmente cualquier cosa. Pueder un interés cultural o laboral o simplemente, gente que busca conocer gente en una ciudad llena de gente que no sabe cómo conocer gente. Es, en buena cuenta, la escena del bar en la que intentas ligar, pero en vez de chuntarla, buscas hacer contactos, nuevas amistades.

Para mi, que soy introvertida hasta el más profundo nivel, es casi una tortura a la que me someto con regularidad. Lo hago por un motivo importantísimo: el mercado escondido de empleo profesional de ésta ciudad a la que acabo de llegar y en la que muero por encajar. Yo escogí ésta ciudad. Tengo que hacerme un lugar. El mercado escondido en la búsqueda de empleo representa un 80% del mercado de trabajo disponible. ¿Se dan cuenta del desafío? Si no conoces a nadie aquí, sólo te queda ir postulando a los empleos en los anuncios de diversos sitios Web que ya existen, pero con posibilidades ridículas de conseguir siquiera una entrevista. Los empleos afichados ahí son como un “ya pues, no tenemos ni la más remota idea quién puede /quiere hacer ésta chamba. Postule usted”. Sin embargo, los empleos del mercado escondido (“marché caché” o MC de ahora en adelante) son, muchas veces, los empleos soñados, las ocupaciones en las que uno puede brillar y hacerse un espacio en la industria local. A ellos llegas recomendado o por referencias, siempre de contactos que has conocido previamente. Gente de tu network. De tu red.

Una turista alemana que conocí hace poco me comentaba asombrada que había visto a mucha gente en éstas reuniones aparentemente inocentes, compartir tarjetas de presentación al final de las conversaciones. ¿Cuál es el sentido de que le des tu contacto a alguien que acaba de conocer? decía ella. No tuve tiempo para explicarle lo de MC y todo lo que ello significa en una cultura como ésta. Estaba muy ocupada intentando encontrar a alguien que pudiera recomendarme a alguien que pudiera conocer a alguien que conociera a otro que necesitara un empleado que haga lo que hago yo. Sorbí mi Jin Tonic y discretamente busqué otro grupo donde interactuar. Here we go again, me dije, saltando al siguiente objetivo. ¿Me habré mimetizado con ésta gente en tan poco tiempo?

Como sea, éstos eventos me hacen conocer la ciudad. Su centro neurálgico en Centre Ville, repleta de bares a cual más interesante y divertido que el siguiente. Algunos ultrachic, dónde sólo puedes permitirte un trago que terminarás calentando durante toda la noche; y otros, sencillos, abiertos para todo el público,

donde de tanto en tanto te encuentras a alguien que iba para otra cosa pero le pilló el networking y oye, cómo te llamas, a qué te dedicas, hace cuándo que viniste…

PS. El recurso por excelencia por éstos lares, si eres inmigrante y quieres construir tu red, en éste link.

Crónicas de Montréal 7.- El Monte Real

29 Agosto, 2016
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Nada de selfies, oie.

Me miró desde su café y me dijo, ¿En verdad no conoces el Mount-Royal? Pues no, dije yo, algo avergonzada. Vivir ya tres meses aquí y no haber visitado todos los puntos principales de la ciudad, incluso cuando era turista. Me doy verguenza a veces. Es una mezcla entre desidia y tranquilidad.  Pero no he hecho una lista de cosas a conocer, aquí. No escrita, al menos. Es una lista virtual, que olvido todo el tiempo y que, cuando alguien me lo recuerda, se me sale un “ahh, sííii…” y ya está, veo fechas, horarios y generalmente, me lanzo sola. Esta vez, sin embargo, estaba él y su café y ésa camisita a cuadros que le hace ver como un adolescente. Bueno, en serio. No conozco el cerro ése, dije yo. Listo, vamos mañana, dijo él. Pero mañana probablemente lloverá. ¿Y? Que odio caminar bajo la lluvia torrencial, con rayos y truenos, digo yo. No importa, dice él. Vamos temprano, digo yo. ¿Cómo que temprano?, protesta él. Lloverá, me vuelvo a quejar. ¡Es domingo!, gimotea. Me lo prometiste, digo, triunfante.

Es decir, ahí estaba yo, pilas, 10 am, lista para la caminada, bien acondicionada : zapatillas, bermudas, harto bloqueador solar y una botella de agua helada. Ya, no me digan que hay equipo extra… tal vez una app que cuente la distancia/calorías, ¿y qué más? En fin. Saliendo desde la estación del metro Mont-Royal, (no sorprende, lo sé, tiene casi el mismo nombre), rumbo al parque. En una vista aérea de la ciudad uno se percata de que es un espacio central dentro de una gran urbe que también está llena de jardines. De lugares donde las actividades se centralizan, a veces bajo la copa de los árboles o al borde de alguna fuente. Igual aquí. Mount Royal es un gran monte que mira sobre la ciudad, hacia el río y hacia el resto de la provincia. Creado con gran pompa y procesión más o menos por las mismas épocas en las que en mi país estábamos al borde de una guerra de la cual muchos no salieron. Intento imaginar la imagen de una ciudad pequeña como la mía, que consagraba todo a sus santos católicos, caminándose en peregrinación el tremendo y largo tramo de aquel parque que ahora está lleno de familias de todo tipo, turistas curiosos y deportistas que marcan sus tiempos in the search for the perfect body.

Sube, entonces, todo el mundo. Sube un bus, pero nunca nos enteramos nunca por dónde. Nuestro fin era caminar hasta la cima. Mi anfitrión no paraba de hablar, tal vez por que no lo hace muy seguido o porque simplemente le asustan los silencios. Pero caminar para mi era justo un silencio reflexivo, por donde sea que me toque hacerlo. Sinceramente conmovida por aquel pequeño bosque que ha sido conservado por más de un siglo, por aquella necesidad de tener contacto con los espacios naturales. Algo que en casa hemos olvidado, porque vivir frente al mar parece bastar para mucha gente que vive rodeada de cemento y un pequeño bosque es, para una ciudad en el centro de un continente nórdico, como mirar la inmensidad de mi mar helado de Lima.

Aburrido por mi silencio contemplativo, no sólo del paisaje si no de la experiencia, él pensó que estaba cansada y no tuvo paciencia. Tengo un partido de futbol al medio día, me dijo. No hay problema; me quedo un tiempo más, le respondí, sonriendo. Mira tú, vivo tantos años aquí y nunca me he tomado un selfie, dijo. Se fue, dejándome ahí, soñando. Hay que volver.

Crónicas de Montréal 6.- Las historias y sus dueños

21 Agosto, 2016

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Nunca en tan poco tiempo como el que llevo en ésta ciudad, me he cruzado con tanta gente que me cuente sus historias. Muchas veces ha sido sobre el griterío de un bar, tal vez esperando un bus o en medio de una clase. Mi vida en la Ville (La Capitale Nationale) había sido bastante solitaria, llena de historias mías, de constante -y desesperante- autocontemplación, de auto medición sin tener con quién comparar mis experiencias salvo con un puñado de amigos a los que veía cuando se podía. Era como mirarse al espejo todo el tiempo, desnuda. Un acto constante en el que se termina creando versiones de una misma con la cual conversar. En breve: me estaba alocando.

En cambio, aquí, la palabra del otro se desparrama en todo lado. Mi caparazón se ha vuelto a abrir y he dejado mi coocoon para observar y escuchar. Sobre todo, escuchar. Porque todo el mundo quiere contarte algo, de alguna manera.

Sin embargo, me sigo sintiendo una invasora que pretende contar ésas historias y en ello me descorazona, porque no me siento lista. Tampoco quiero hablar de la mía (aunque algunos crean que yo tengo algo qué decir), sino la de ellos. Es que la develación de aquellas me parecen tales infidencias que simplemente no puedo siquiera empezar. Sólo puedo dar chispazos: la soledad frustrante del padre que dejó todo para que sus hijos tuvieran una mejor oportunidad de vida, por ejemplo. Tampoco la de aquel que recuerda con amor las vacaciones familiares de la infancia en un lago, en un país que ya no es el suyo; o de aquel otro cuyos mejores veranos fueron recogiendo el sembrado en un pueblo remoto al que no volverá. Ni siquiera la de aquellos que vinieron luego de huir a mitad de la noche con lo puesto, hacia un lugar donde nadie les amenazare de muerte por sus creencias religiosas. Muchas conversaciones, muchas más.

Y así, sus historias siguen siendo suyas. Imagino que algún día seré capaz de contarlas por completo, de crear aquella hermosa filigrana que hacen tan bien los escritores de verdad y que yo imito pobremente. Tengo fé.

Crónicas de Montréal 5.- Las que somos, incluso aquí

13 Agosto, 2016
Andrés Edery, explicando sencillamente cómo nos ven a las mujeres en Perú. #NiUnaMenos

Andrés Edery, explicando sencillamente cómo nos ven a las mujeres en Perú. #NiUnaMenos #Facebook

No me considero especialmente iluminada. No tengo ideas geniales, ni siquiera opinones que lleven mover a las masas. De hecho, me siento como aquel impedido físico de nacimiento que, sin esperarlo, descubre que no puede hacer las mismas cosas que otros. Siempre pues, me maravilla aquella gente que puede expresar ideas con claridad y síntesis, que es capaz de resumir sentimientos y sensaciones que los otros tenemos pero que nos es difícil explicar. Me parece que es un don poder descubrir, también, nuevas maneras de pensar, nuevos caminos o lineas de razonamiento y llegar a conclusiones a las que no todo el mundo puede arrivar, que cualquier otro simplemente vislumbra dificultosamente. Aquel que logra ver algo de la entrada de aquella cueva en la que nos encontramos todos. Un visionario, un ser especial. No, no llego a ello.

En contra, puedo decir que mi curiosidad por saber siempre más me ha llevado a seguir de cerca a aquellos del párrafo anterior y escucharles, entenderles, razonar con sus descubrimientos u opiniones y poder, gracias a ellos, ampliar mi panorama. Siempre recuerdo aquel dicho que aprender de los errores del otro es un signo de inteligencia: se ahorra el guamazo del ensayo y encima se puede mejorar la experiencia.

Habiendo dicho todo ésto, diré que muchas de las cosas que he aprendido sobre vivir las he hecho a través de las personas que han pasado por mi vida. De las buenas y malas experiencias. De mi educación, en una gran parte y del vivir siendo una mujer latina, soltera y (ahora) inmigrante. En mi ignorancia, ya desde niña, intuía que mi educación sería insuficiente para poder valerme por mi misma en mi vida en mi país de orígen. Mi educación, no mi instrucción. Fui educada católica, desde el kinder hasta la universidad. En una burbuja donde se esperaba que una mujer fuera un ser que sirviera completamente al otro sexo. Donde era sinceramente desagradable que tuvieras opiniones, lecturas, deseos. En ello se fundamentaba toda mi educación y aquellas metas estaban siempre enfocadas a fundar una familia, a criar hijos y a morir con nietos. Sin embargo, botada a la calle en el primer año de universidad, mis supuestas metas se fueron al carajo. Yo no quería agradar a nadie. No quería servir a nadie. No quería ir a la universidad para conseguirme un marido. No quería dar a cualquiera mi corazón y mucho menos tenerle en mi cama. Me sentía frustrada, deprimida, incompleta. Dejé de callar mi descontento, porque ni siquiera era capaz de encajar con aquella sociedad en la que el color de la piel era “el pase” hacia otro tipo de trato, al igual que con el dinero. Y yo no tenía ambos. Pero tampoco era estúpida, por cierto. Más bien tontona, porque una va con la inocencia por ahi chorreando y la pierde, no en un acto sexual, sino en situaciones que te quitan la esperanza y te escriben el descaro o desencanto en la cara.

Regreso entonces a la idea que ser mujer, es la cosa más recontrajodida del mundo. Sin importar en qué siglo se nace, se tienen sus retos. En el periodo en el que vivo, en el país en el que nací, tener opiniones siendo mujer, es de muy mal gusto. Tener más lecturas es sinceramente excluyente. Si pasan los años, no tienes derecho ni a amar, ni a tu sexualidad. Ser mujer en el tercer país con mayor cantidad de agresiones sexuales en el mundo es una desgracia. De hecho, no tienes derecho a tu sexualidad casi toda tu vida, a menos que quieras exponerte a una agresión, en varios niveles, que van desde el insulto, pasando por la discriminación, la agresión sexual o -si tienes verdadera mala suerte- la muerte. Es renunciar a ser lo que pudieras ser, para esconderte dentro de tu propia concha. Es aprender desde muy pequeña que tu cuerpo no es tuyo, sino del que quiera y que no hay nada que puedas hacer para que no te agredan. Es competir intelectualmente para ir siempre perdiendo porque “nunca serás capaz” y créertelo, encima. Es desear sinceramente ser hombre para poder tener las mismas ventajas y poder que ellos obstentan. Es, sin embargo, saber que puedes ser mucho más fuerte que muchos de ellos, y tener que disimular tus capacidades para poder ser aceptada. Es tener que cuidar cómo vistes, cómo bebes, dónde caminas, a qué horas circulas, con quién socializas o qué comportamiento debes tener en tal o cual circunstancia. Es racionalizar la agresión de un novio, un jefe o un padre o de cualquier extraño. Tal vez te lo merezcas, te dices. Tal vez no eres cuidadosa. Tal vez no es la gran cosa, porque a todas les pasa. Tal vez eres un bicho que no cuesta nada eliminar.

Diría yo que todo ésto que cuento, lo fui masticando desde mis frustraciones universitarias y lo sigo pensando mientras estoy viviendo en éste país al que migré. Desear vivir plenamente fue una de las razones fundamentales por las cuales me atreví a dejar todo y venir a Canadá. Sigue siendo uno de los motivos por los cuales he cambiado de ciudad; probarme a mi misma que ser mujer no tiene nada que ver con mis posibilidades de crecer. ¡Que ser mujer no debe ser un maldito handicap, coño! Que puedo ser capaz de grandes cosas, con todo y ovarios. Me ha costado sangre reaprender a vivir. No es una sociedad perfecta y es más, creo que hay algunas gracias de las latinas que las canadienses han perdido y que deberían retomar. Sin embargo, miro con sincera envidia a las mujeres que nacieron aquí, que, pese a los limitamientos de los que ellas se quejan, son capaces de alzar la voz por sus derechos sin que aparezca la avalancha de huevones pidiéndoles que “vayan a cocinar”. Que viven sus vidas libres, sin complejos, sin prejuicios. Qué sus cuerpos son suyos, solamente. Que son capaces de hacer las mismas cosas que los hombres, muchas veces mejor que ellos. Que no se amilanan ante nada y van por ahí, enseñando a otras como yo, que tenemos aquel miedo traído de nuestros países de origen, a vivir.

No estaré en casa para el evento del 13 de agosto, el #NiUnaMenos. Pero créanme, estoy ahí en alma, en sangre y con toda la esperanza que aquellas que se han quedado luchando, logren cambiar la manera de pensar de todo un país. Bravas. Bravas, siempre.

Crónicas de Montréal 4. Hay amores y el sufrido networking

6 Agosto, 2016

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Siempre digo que soy tímida. No entiendo porqué diablos nunca me lo creen. Tal vez sea porque no están dentro de mi cerebro para ver cómo ensayo las conversaciones, cómo agarro valor para mandarme a meter letra a la gente y cómo andan mis movimientos peristálticos antes de atreverme a ser “social”. Lo único que vé la gente es a una mujer de mediana edad (omg, ¿he escrito “mediana edad”? No soy una chiquilla pues) que sonríe, a veces con el vasito de trago en la mano y pregunta interesada sobre algo que tal vez a nadie le interese preguntar. Porque así es una, curiosa…curiosa profesional, como digo en mis perfiles profesionales. Porque un periodista (como yo siempre seré) es un curioso por default, alguien que necesita saber más; tal vez no con fines de chisme sino de descubrimiento y de ayudar a descubrirse al otro. Porque cuando te dicen “vaya, no sé porqué te he dicho éstas cosas”, sabes que has logrado tu objetivo cuasi filantrópico, oe… y ésas historias se quedan en tu cabeza y a veces, en tu corazón.

Como sea, sigo teniendo problemas para ser malinterpretada, incluso aquí, en el primer mundo. Si me muestro muy amigable, es que estoy buscando ligue. ¡Yo sólo quiero una buena conversación, algo tan echado a menos en éstas épocas de avalancha tecnológica! Que sea en cualquier idioma en los que soy capaz de comunicarme. Decepcionante y a veces de susto, cuando debes salir casi corriendo de un evento para poder librarte de alguien. Curioso, no pensé que me pasaría aquí.

Igual, no es que una vaya con el cartel del romance, pero caray, la falta de sorpresa es igualmente decepcionante. Es como si supieras por donde van las conversaciones, por dónde van los gestos y las historias no quedaran para luego, sino para hasta luegos. Capici?

Tal vez sea la edad que me hace menos tolerante a las estupideces. Tal vez sea que, simplemente, ya sé lo que quiero para mi corazoncito pechocho. Tal vez sea que espero el deslumbramiento. Alguien que me saque del ahogamiento de lo cotidiano. Mientras tanto, queda el (sufridísimo, para mí) networking para encontrar oportunidades laborales, el sudor frío para introducirme en una sociedad que vive de él y esquivar, con gran elegancia, a galanes confundidos.

Crónicas de Montréal 3.- Qué bonita vecindad

1 Agosto, 2016
Un parque cualquiera en Villeray

Un parque cualquiera en Montréal

Mi barrio es un barrio vivo. Un mundo que bulle, desde temprano hasta tarde en la noche. Esperaba tontamente el silencio de mi antiguo conjunto de edificios en la Capitale Nationale, donde la mayor parte, salvo unos vecinos infernales, se apropiaba del silencio del cementerio colindante. Claro, yo sé que para muchos, vivir cerca de algún campo santo es la cosa más tenebrosa del mundo. Sin embargo, no entienden que el vecindario será inevitablemente tranquilo, y si es un cementerio gringo, hay paisaje asegurado. Díganme tenebrosa, pero ahí se lo pierden.

Como sea, mi nuevo barrio está vivo. Antiguamente plagado de italianos, pocos quedan ya que hablen el idioma, salvo unos vecinos ancianos, algunos negocios de comida y la parroquia local. Cuando los ancianos dejen de ir, la iglesia cerrará, como lo ha hecho ya en otros lugares y tal vez este inmenso espacio sea convertido en centro comunal, condominio o, si tenemos suerte, biblioteca. Tal vez los negocios sigan en pie un tiempo más: todo el mundo disfruta de una buena comida o insumos venidos de tan lejos.

Los italianos que se quedan aún, comparten el espacio con gente de, literalmente, todo el mundo. En mi edificio, familias árabes, asiáticas, latinas, centro europeas, africanas… y tal vez alguna que otra canadiense. Escucho gente hablar a los gritos en idiomas que no conozco y niños que juegan bulliciosamente hasta que se oculta el sol, al abrigo de los árboles de los jardines interiores. Entro a las tiendas y cuando sienten mi acento, quieren hablarme en español todo el tiempo. Sonrío, porque justo creo haber llegado a una ciudad donde sé que tal vez hablaré más mi propio idioma, pero donde también podré aprender a comunicarme en aquellos otras lenguas que he dejado para más tarde e incluso aprenderé alguna. Nunca se sabe.

Mientras tanto, me despiertan los vecinos a todas horas con una vitalidad que he descubierto que me urgía sentir, aquella vida que sigue desarrollándose en todos los rincones de un mundo que tengo a un paso, aquí.

Crónicas de Montréal 2.- El metro

24 Julio, 2016

El metro me da miedo. Llego y soy de las que, juiciosamente, se pone lo más pegada a la pared que se pueda. Me da la sensación que en cualquier momento aparecerá un loco que va a empujarme, al más puro estilo de Francis Underwood y chau Dreammy. No he escuchado noticias al respecto, pero igual me da miedo. Me quedo paradita, esperando el último momento, hasta que el metro se detiene, se abren las puertas y toca embarcar.

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Yeah, like this.

Pero aquel día, volvía agotada de hacer un par de compras trascendentales para mi nuevo depa: un basurero con tapa para el baño y una lámpara de noche para el dormitorio. Iba yo, horonda rumbo a la última conexión cuando encontré que había un mar de gente. El metro estaba malogrado. Detenido. Kaput. La gente hacía cola, esperando su turno para abordar… si ello sucediera. En el andén repleto, algunos guardias del servicio, tremendas refris (super disuasivo que sean éstos seres privilegiados genéticamente, son inmensos por Dios), cuidaban que la gente no se machucara entre ellas. El servicio se restablecería, pero nadie decía cuando. Yo, con un par de cajas que estorbaban y unas ganas de una buena ducha (no entiendo porqué no ponen una calefacción decente en las estaciones), me sentía agotada y malhumorada. Vaya que uno se acostumbra a la rapidez, a lo bueno. En casa hubiera trepado como mono a algún bus con paquete y todo, con pericia y resignación.

Cuando, finalmente, el metro vuelve a funcionar, la gente aplaude al primer turno de viajeros que salen. Le cedo el paso a una señora mayor, que casi ignorada por la multitud, hace un esfuerzo por avanzar en orden. Madame, allez y. No es solamente gentileza: la cola va avanzando hasta encontrarnos al inicio de la fila, al borde del andén. Ella va primero. Es decir, si alguien nos empuja, la abuelita cae primi y yo sobre ella, con mis paquetes. Soy una mala persona, lo sé. Contengo mi pánico, porque sé que Underwood no vive en ésta ciudad. Tampoco soy una afamada periodista que siempre tiene exclusivas. Soy una inmigrante cansada que regresa a casa con su basurero y su lámpara.

Crónicas de Montreal 1.- Canicule

18 Julio, 2016

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Definitivamente pasando al otro extremo. Aún recuerdo con horror, la bajada de presión que sentí cuando caminé un par de cuadras, un domingo en la Villa (de Québec) rumbo a mi acostumbrado desayuno domiguero en el minifoodpark cercano. Estábamos bajo los -28 grados y una sensación térmica de diez grados menos. Me había propuesto no quedarme en casa, a pesar el frío extremo; porque, como siempre, la soledad y el silencio de ésa ciudad era para alocarse y yo necesitaba ver gente, aunque no interactuara con ella. Gente. Gente moviéndose.

Y bueno, me forré como si fuera un costoso y delicado regalo que vas a enviar por correo (es decir, con varios kilos de ropa encima) y salí decidida a caminar el par de cuadras. Llegué con un hálito de vida al lugar y si no hubiera sido por que había gente esperando a que la atiendan, a mí me hubiera tenido que atender un paramédico en vez de un dependiente del fast food. El tiempo de espera en la cola sirvió para recuperar mi aplomo y decidir que la siguiente vez que quiera ser aguerrida, sea con temperaturas que no congelen el aliento. Y éso que había estado en temperaturas verdaderamente frías al salir de una mina, en Saguenay-Lac-St-Jean, al norte chico de la Villa (calculo que unos -40c) pero dado que la temperatura fue subiendo conforme iba saliendo, no sentí lo mismo que aquella vez rumbo al Tim Hortons: dolor general de cuerpo, dolor de cabeza, taquicardia, mareos y… ¡tos!

Pero la semana pasada fue la Canicule en Montréal. Es decir, un espacio de varios días con un calor extremo. Para cada ciudad, temperaturas distintas. En la Villa, soportables. En Montréal… bueno… se rompieron récords, me parece. Sensación térmica de 45 grados. Ya sabes, ésa sensación de estar sentado en medio de un horno, sin manera de huir. Cuando sientes que tal vez necesitarías arrancarte la piel a tirones para sentir algo de frescor (totalmente contraindicado a menos que seas Robbie Williams y éso anime a las chamaconas) o trasladar la oficina a la tina más cercana. No tengo el valor para ser Trumbo y me da miedo electrocutarme con mi laptop…

Ya un compañero de la oficina me decía, días antes, que debería comprarme una unidad de aire acondicionado de tal o cual manera. Otros amigos me decían que únicamente algo para dormir tranquilo en la noche, de segunda mano. Otros me decían que pagaría una locura de electricidad. Como sea, mi presupuesto magro sólo me permitió comprarme un ventilador extra.El que tenía era ridículamente insuficiente, bueno para los calores de la antigua ciudad en la que vivía. Magasiniée (que es lo mismo que decir “hice mis averiguaciones antes de comprar” en quebequense) y encontré que una tienda que vendía algunos a precios decentes. Y yo que me trepo del metro, que voy corriendo a la tienda. Que paso media hora mirando la sección de ventiladores y aires acondicionados; los primeros, con cara de resignación, los segundos, con cara de resignación y pena. Que luego me decido por uno, que parece hélice de avión y lo arrastro (casi) a caja. Luego lo arrastro, again, por dos transbordos de metro hasta la estación cerca de casa. Luego hasta casa, se entiende.

Toda una epopeya, para darme cuenta que lo más lógico para cuando hay una Canicule, es tener todo cerrado y no permitir – por nada del mundo- que el aire caliente penetre o el maldito ventiladorzaso va a hacer circular el aire caliente. En calzones, literalmente frente al ventilador, pues, luego de varias duchas y putamadreando mi pobreza: agarrando, al final de la Canicule, una tremenda gripe. Qué vocación para los climas extremos, me dijo una amiga. Lo mismo me digo. Pero prefiero mil veces al calor que achicharra a sentir el dolor del frío polar. ¿Alguien sabe si la gripe se cura igual aunque me tome la pastilla con agua helada?

 

Robbie Williams – Rock Dj (uncensored) par roskad

El rincón de la felicidad

24 Junio, 2016

Un espacio del departamento nuevo que ocupo tiene todas las cosas que me gustan y que llevaría siempre en mi maleta si fuera una nomade. Libros, cuadros, juguetes, algunos recuerdos de casa. Un par de libreros los cargan y en ellos parece que guardo lo unico que en verdad aprecio. Este rincón es un muro donde poso la mirada luego de un día en el que el desaliento me quiere pisar el poncho.

He plantado mi tienda aquí. He escogido ésta ciudad. Antes, las circunstancias me obligaban a estar en otra, que francamente me dió todo un ejercicio de soledad. No quiero ser ingrata con los amigos que dejé, pues, aunque han sido pocos, se convirtieron en irremplazable compañía del inicio de irrepetible aventura (no me jodan, no hago ésto dos veces). Pero ahora estoy donde quiero estar, donde debo ser lo que quiero ser. Me lamento llegar en el inicio de mi adultez, pero no hubiera habido manera de hacerlo antes y no hubiera tenido las herramientas que tengo ahora. Es increíble ver hacia atrás y entender que cada paso dado, incluso los errores más idiotas, han servido para vivir lo que vivo hoy.

He dejado de tenerle miedo a ésta ciudad. La siento tan viva, tan llena de historias de gente que va a contármelas. Tan llena de algún amor que -espero- me espere y bueno, llena de oportunidades que intento arrebatar antes de que se acabe el verano que recién ha empezado. El miedo a lo desconocido sigue, como una segunda piel, pero está acompañado de la extraña certeza del discreto triunfo continuo de quien nada tuvo y ahora va logrando pacientemente su « todo », que no suele ser lo que dicen los demagogos, sino lo que a cada quien le acomoda : la armonía.

Mientras tanto, camino tímidamente las calles de mi barrio italiano/montrealense y me siento sola (por poco tiempo, ya me dije), pero menos lejos de casa.