Crónicas de Montréal 6.- Las historias y sus dueños

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Nunca en tan poco tiempo como el que llevo en ésta ciudad, me he cruzado con tanta gente que me cuente sus historias. Muchas veces ha sido sobre el griterío de un bar, tal vez esperando un bus o en medio de una clase. Mi vida en la Ville (La Capitale Nationale) había sido bastante solitaria, llena de historias mías, de constante -y desesperante- autocontemplación, de auto medición sin tener con quién comparar mis experiencias salvo con un puñado de amigos a los que veía cuando se podía. Era como mirarse al espejo todo el tiempo, desnuda. Un acto constante en el que se termina creando versiones de una misma con la cual conversar. En breve: me estaba alocando.

En cambio, aquí, la palabra del otro se desparrama en todo lado. Mi caparazón se ha vuelto a abrir y he dejado mi coocoon para observar y escuchar. Sobre todo, escuchar. Porque todo el mundo quiere contarte algo, de alguna manera.

Sin embargo, me sigo sintiendo una invasora que pretende contar ésas historias y en ello me descorazona, porque no me siento lista. Tampoco quiero hablar de la mía (aunque algunos crean que yo tengo algo qué decir), sino la de ellos. Es que la develación de aquellas me parecen tales infidencias que simplemente no puedo siquiera empezar. Sólo puedo dar chispazos: la soledad frustrante del padre que dejó todo para que sus hijos tuvieran una mejor oportunidad de vida, por ejemplo. Tampoco la de aquel que recuerda con amor las vacaciones familiares de la infancia en un lago, en un país que ya no es el suyo; o de aquel otro cuyos mejores veranos fueron recogiendo el sembrado en un pueblo remoto al que no volverá. Ni siquiera la de aquellos que vinieron luego de huir a mitad de la noche con lo puesto, hacia un lugar donde nadie les amenazare de muerte por sus creencias religiosas. Muchas conversaciones, muchas más.

Y así, sus historias siguen siendo suyas. Imagino que algún día seré capaz de contarlas por completo, de crear aquella hermosa filigrana que hacen tan bien los escritores de verdad y que yo imito pobremente. Tengo fé.

Crónicas de Montréal 5.- Las que somos, incluso aquí

Andrés Edery, explicando sencillamente cómo nos ven a las mujeres en Perú. #NiUnaMenos
Andrés Edery, explicando sencillamente cómo nos ven a las mujeres en Perú. #NiUnaMenos #Facebook

No me considero especialmente iluminada. No tengo ideas geniales, ni siquiera opinones que lleven mover a las masas. De hecho, me siento como aquel impedido físico de nacimiento que, sin esperarlo, descubre que no puede hacer las mismas cosas que otros. Siempre pues, me maravilla aquella gente que puede expresar ideas con claridad y síntesis, que es capaz de resumir sentimientos y sensaciones que los otros tenemos pero que nos es difícil explicar. Me parece que es un don poder descubrir, también, nuevas maneras de pensar, nuevos caminos o lineas de razonamiento y llegar a conclusiones a las que no todo el mundo puede arrivar, que cualquier otro simplemente vislumbra dificultosamente. Aquel que logra ver algo de la entrada de aquella cueva en la que nos encontramos todos. Un visionario, un ser especial. No, no llego a ello.

En contra, puedo decir que mi curiosidad por saber siempre más me ha llevado a seguir de cerca a aquellos del párrafo anterior y escucharles, entenderles, razonar con sus descubrimientos u opiniones y poder, gracias a ellos, ampliar mi panorama. Siempre recuerdo aquel dicho que aprender de los errores del otro es un signo de inteligencia: se ahorra el guamazo del ensayo y encima se puede mejorar la experiencia.

Habiendo dicho todo ésto, diré que muchas de las cosas que he aprendido sobre vivir las he hecho a través de las personas que han pasado por mi vida. De las buenas y malas experiencias. De mi educación, en una gran parte y del vivir siendo una mujer latina, soltera y (ahora) inmigrante. En mi ignorancia, ya desde niña, intuía que mi educación sería insuficiente para poder valerme por mi misma en mi vida en mi país de orígen. Mi educación, no mi instrucción. Fui educada católica, desde el kinder hasta la universidad. En una burbuja donde se esperaba que una mujer fuera un ser que sirviera completamente al otro sexo. Donde era sinceramente desagradable que tuvieras opiniones, lecturas, deseos. En ello se fundamentaba toda mi educación y aquellas metas estaban siempre enfocadas a fundar una familia, a criar hijos y a morir con nietos. Sin embargo, botada a la calle en el primer año de universidad, mis supuestas metas se fueron al carajo. Yo no quería agradar a nadie. No quería servir a nadie. No quería ir a la universidad para conseguirme un marido. No quería dar a cualquiera mi corazón y mucho menos tenerle en mi cama. Me sentía frustrada, deprimida, incompleta. Dejé de callar mi descontento, porque ni siquiera era capaz de encajar con aquella sociedad en la que el color de la piel era “el pase” hacia otro tipo de trato, al igual que con el dinero. Y yo no tenía ambos. Pero tampoco era estúpida, por cierto. Más bien tontona, porque una va con la inocencia por ahi chorreando y la pierde, no en un acto sexual, sino en situaciones que te quitan la esperanza y te escriben el descaro o desencanto en la cara.

Regreso entonces a la idea que ser mujer, es la cosa más recontrajodida del mundo. Sin importar en qué siglo se nace, se tienen sus retos. En el periodo en el que vivo, en el país en el que nací, tener opiniones siendo mujer, es de muy mal gusto. Tener más lecturas es sinceramente excluyente. Si pasan los años, no tienes derecho ni a amar, ni a tu sexualidad. Ser mujer en el tercer país con mayor cantidad de agresiones sexuales en el mundo es una desgracia. De hecho, no tienes derecho a tu sexualidad casi toda tu vida, a menos que quieras exponerte a una agresión, en varios niveles, que van desde el insulto, pasando por la discriminación, la agresión sexual o -si tienes verdadera mala suerte- la muerte. Es renunciar a ser lo que pudieras ser, para esconderte dentro de tu propia concha. Es aprender desde muy pequeña que tu cuerpo no es tuyo, sino del que quiera y que no hay nada que puedas hacer para que no te agredan. Es competir intelectualmente para ir siempre perdiendo porque “nunca serás capaz” y créertelo, encima. Es desear sinceramente ser hombre para poder tener las mismas ventajas y poder que ellos obstentan. Es, sin embargo, saber que puedes ser mucho más fuerte que muchos de ellos, y tener que disimular tus capacidades para poder ser aceptada. Es tener que cuidar cómo vistes, cómo bebes, dónde caminas, a qué horas circulas, con quién socializas o qué comportamiento debes tener en tal o cual circunstancia. Es racionalizar la agresión de un novio, un jefe o un padre o de cualquier extraño. Tal vez te lo merezcas, te dices. Tal vez no eres cuidadosa. Tal vez no es la gran cosa, porque a todas les pasa. Tal vez eres un bicho que no cuesta nada eliminar.

Diría yo que todo ésto que cuento, lo fui masticando desde mis frustraciones universitarias y lo sigo pensando mientras estoy viviendo en éste país al que migré. Desear vivir plenamente fue una de las razones fundamentales por las cuales me atreví a dejar todo y venir a Canadá. Sigue siendo uno de los motivos por los cuales he cambiado de ciudad; probarme a mi misma que ser mujer no tiene nada que ver con mis posibilidades de crecer. ¡Que ser mujer no debe ser un maldito handicap, coño! Que puedo ser capaz de grandes cosas, con todo y ovarios. Me ha costado sangre reaprender a vivir. No es una sociedad perfecta y es más, creo que hay algunas gracias de las latinas que las canadienses han perdido y que deberían retomar. Sin embargo, miro con sincera envidia a las mujeres que nacieron aquí, que, pese a los limitamientos de los que ellas se quejan, son capaces de alzar la voz por sus derechos sin que aparezca la avalancha de huevones pidiéndoles que “vayan a cocinar”. Que viven sus vidas libres, sin complejos, sin prejuicios. Qué sus cuerpos son suyos, solamente. Que son capaces de hacer las mismas cosas que los hombres, muchas veces mejor que ellos. Que no se amilanan ante nada y van por ahí, enseñando a otras como yo, que tenemos aquel miedo traído de nuestros países de origen, a vivir.

No estaré en casa para el evento del 13 de agosto, el #NiUnaMenos. Pero créanme, estoy ahí en alma, en sangre y con toda la esperanza que aquellas que se han quedado luchando, logren cambiar la manera de pensar de todo un país. Bravas. Bravas, siempre.

Crónicas de Montréal 4. Hay amores y el sufrido networking

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Siempre digo que soy tímida. No entiendo porqué diablos nunca me lo creen. Tal vez sea porque no están dentro de mi cerebro para ver cómo ensayo las conversaciones, cómo agarro valor para mandarme a meter letra a la gente y cómo andan mis movimientos peristálticos antes de atreverme a ser “social”. Lo único que vé la gente es a una mujer de mediana edad (omg, ¿he escrito “mediana edad”? No soy una chiquilla pues) que sonríe, a veces con el vasito de trago en la mano y pregunta interesada sobre algo que tal vez a nadie le interese preguntar. Porque así es una, curiosa…curiosa profesional, como digo en mis perfiles profesionales. Porque un periodista (como yo siempre seré) es un curioso por default, alguien que necesita saber más; tal vez no con fines de chisme sino de descubrimiento y de ayudar a descubrirse al otro. Porque cuando te dicen “vaya, no sé porqué te he dicho éstas cosas”, sabes que has logrado tu objetivo cuasi filantrópico, oe… y ésas historias se quedan en tu cabeza y a veces, en tu corazón.

Como sea, sigo teniendo problemas para ser malinterpretada, incluso aquí, en el primer mundo. Si me muestro muy amigable, es que estoy buscando ligue. ¡Yo sólo quiero una buena conversación, algo tan echado a menos en éstas épocas de avalancha tecnológica! Que sea en cualquier idioma en los que soy capaz de comunicarme. Decepcionante y a veces de susto, cuando debes salir casi corriendo de un evento para poder librarte de alguien. Curioso, no pensé que me pasaría aquí.

Igual, no es que una vaya con el cartel del romance, pero caray, la falta de sorpresa es igualmente decepcionante. Es como si supieras por donde van las conversaciones, por dónde van los gestos y las historias no quedaran para luego, sino para hasta luegos. Capici?

Tal vez sea la edad que me hace menos tolerante a las estupideces. Tal vez sea que, simplemente, ya sé lo que quiero para mi corazoncito pechocho. Tal vez sea que espero el deslumbramiento. Alguien que me saque del ahogamiento de lo cotidiano. Mientras tanto, queda el (sufridísimo, para mí) networking para encontrar oportunidades laborales, el sudor frío para introducirme en una sociedad que vive de él y esquivar, con gran elegancia, a galanes confundidos.

Crónicas de Montréal 3.- Qué bonita vecindad

Un parque cualquiera en Villeray
Un parque cualquiera en Montréal

Mi barrio es un barrio vivo. Un mundo que bulle, desde temprano hasta tarde en la noche. Esperaba tontamente el silencio de mi antiguo conjunto de edificios en la Capitale Nationale, donde la mayor parte, salvo unos vecinos infernales, se apropiaba del silencio del cementerio colindante. Claro, yo sé que para muchos, vivir cerca de algún campo santo es la cosa más tenebrosa del mundo. Sin embargo, no entienden que el vecindario será inevitablemente tranquilo, y si es un cementerio gringo, hay paisaje asegurado. Díganme tenebrosa, pero ahí se lo pierden.

Como sea, mi nuevo barrio está vivo. Antiguamente plagado de italianos, pocos quedan ya que hablen el idioma, salvo unos vecinos ancianos, algunos negocios de comida y la parroquia local. Cuando los ancianos dejen de ir, la iglesia cerrará, como lo ha hecho ya en otros lugares y tal vez este inmenso espacio sea convertido en centro comunal, condominio o, si tenemos suerte, biblioteca. Tal vez los negocios sigan en pie un tiempo más: todo el mundo disfruta de una buena comida o insumos venidos de tan lejos.

Los italianos que se quedan aún, comparten el espacio con gente de, literalmente, todo el mundo. En mi edificio, familias árabes, asiáticas, latinas, centro europeas, africanas… y tal vez alguna que otra canadiense. Escucho gente hablar a los gritos en idiomas que no conozco y niños que juegan bulliciosamente hasta que se oculta el sol, al abrigo de los árboles de los jardines interiores. Entro a las tiendas y cuando sienten mi acento, quieren hablarme en español todo el tiempo. Sonrío, porque justo creo haber llegado a una ciudad donde sé que tal vez hablaré más mi propio idioma, pero donde también podré aprender a comunicarme en aquellos otras lenguas que he dejado para más tarde e incluso aprenderé alguna. Nunca se sabe.

Mientras tanto, me despiertan los vecinos a todas horas con una vitalidad que he descubierto que me urgía sentir, aquella vida que sigue desarrollándose en todos los rincones de un mundo que tengo a un paso, aquí.

Crónicas de Montréal 2.- El metro

El metro me da miedo. Llego y soy de las que, juiciosamente, se pone lo más pegada a la pared que se pueda. Me da la sensación que en cualquier momento aparecerá un loco que va a empujarme, al más puro estilo de Francis Underwood y chau Dreammy. No he escuchado noticias al respecto, pero igual me da miedo. Me quedo paradita, esperando el último momento, hasta que el metro se detiene, se abren las puertas y toca embarcar.

Like this

Yeah, like this.

Pero aquel día, volvía agotada de hacer un par de compras trascendentales para mi nuevo depa: un basurero con tapa para el baño y una lámpara de noche para el dormitorio. Iba yo, horonda rumbo a la última conexión cuando encontré que había un mar de gente. El metro estaba malogrado. Detenido. Kaput. La gente hacía cola, esperando su turno para abordar… si ello sucediera. En el andén repleto, algunos guardias del servicio, tremendas refris (super disuasivo que sean éstos seres privilegiados genéticamente, son inmensos por Dios), cuidaban que la gente no se machucara entre ellas. El servicio se restablecería, pero nadie decía cuando. Yo, con un par de cajas que estorbaban y unas ganas de una buena ducha (no entiendo porqué no ponen una calefacción decente en las estaciones), me sentía agotada y malhumorada. Vaya que uno se acostumbra a la rapidez, a lo bueno. En casa hubiera trepado como mono a algún bus con paquete y todo, con pericia y resignación.

Cuando, finalmente, el metro vuelve a funcionar, la gente aplaude al primer turno de viajeros que salen. Le cedo el paso a una señora mayor, que casi ignorada por la multitud, hace un esfuerzo por avanzar en orden. Madame, allez y. No es solamente gentileza: la cola va avanzando hasta encontrarnos al inicio de la fila, al borde del andén. Ella va primero. Es decir, si alguien nos empuja, la abuelita cae primi y yo sobre ella, con mis paquetes. Soy una mala persona, lo sé. Contengo mi pánico, porque sé que Underwood no vive en ésta ciudad. Tampoco soy una afamada periodista que siempre tiene exclusivas. Soy una inmigrante cansada que regresa a casa con su basurero y su lámpara.

Crónicas de Montreal 1.- Canicule

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Definitivamente pasando al otro extremo. Aún recuerdo con horror, la bajada de presión que sentí cuando caminé un par de cuadras, un domingo en la Villa (de Québec) rumbo a mi acostumbrado desayuno domiguero en el minifoodpark cercano. Estábamos bajo los -28 grados y una sensación térmica de diez grados menos. Me había propuesto no quedarme en casa, a pesar el frío extremo; porque, como siempre, la soledad y el silencio de ésa ciudad era para alocarse y yo necesitaba ver gente, aunque no interactuara con ella. Gente. Gente moviéndose.

Y bueno, me forré como si fuera un costoso y delicado regalo que vas a enviar por correo (es decir, con varios kilos de ropa encima) y salí decidida a caminar el par de cuadras. Llegué con un hálito de vida al lugar y si no hubiera sido por que había gente esperando a que la atiendan, a mí me hubiera tenido que atender un paramédico en vez de un dependiente del fast food. El tiempo de espera en la cola sirvió para recuperar mi aplomo y decidir que la siguiente vez que quiera ser aguerrida, sea con temperaturas que no congelen el aliento. Y éso que había estado en temperaturas verdaderamente frías al salir de una mina, en Saguenay-Lac-St-Jean, al norte chico de la Villa (calculo que unos -40c) pero dado que la temperatura fue subiendo conforme iba saliendo, no sentí lo mismo que aquella vez rumbo al Tim Hortons: dolor general de cuerpo, dolor de cabeza, taquicardia, mareos y… ¡tos!

Pero la semana pasada fue la Canicule en Montréal. Es decir, un espacio de varios días con un calor extremo. Para cada ciudad, temperaturas distintas. En la Villa, soportables. En Montréal… bueno… se rompieron récords, me parece. Sensación térmica de 45 grados. Ya sabes, ésa sensación de estar sentado en medio de un horno, sin manera de huir. Cuando sientes que tal vez necesitarías arrancarte la piel a tirones para sentir algo de frescor (totalmente contraindicado a menos que seas Robbie Williams y éso anime a las chamaconas) o trasladar la oficina a la tina más cercana. No tengo el valor para ser Trumbo y me da miedo electrocutarme con mi laptop…

Ya un compañero de la oficina me decía, días antes, que debería comprarme una unidad de aire acondicionado de tal o cual manera. Otros amigos me decían que únicamente algo para dormir tranquilo en la noche, de segunda mano. Otros me decían que pagaría una locura de electricidad. Como sea, mi presupuesto magro sólo me permitió comprarme un ventilador extra.El que tenía era ridículamente insuficiente, bueno para los calores de la antigua ciudad en la que vivía. Magasiniée (que es lo mismo que decir “hice mis averiguaciones antes de comprar” en quebequense) y encontré que una tienda que vendía algunos a precios decentes. Y yo que me trepo del metro, que voy corriendo a la tienda. Que paso media hora mirando la sección de ventiladores y aires acondicionados; los primeros, con cara de resignación, los segundos, con cara de resignación y pena. Que luego me decido por uno, que parece hélice de avión y lo arrastro (casi) a caja. Luego lo arrastro, again, por dos transbordos de metro hasta la estación cerca de casa. Luego hasta casa, se entiende.

Toda una epopeya, para darme cuenta que lo más lógico para cuando hay una Canicule, es tener todo cerrado y no permitir – por nada del mundo- que el aire caliente penetre o el maldito ventiladorzaso va a hacer circular el aire caliente. En calzones, literalmente frente al ventilador, pues, luego de varias duchas y putamadreando mi pobreza: agarrando, al final de la Canicule, una tremenda gripe. Qué vocación para los climas extremos, me dijo una amiga. Lo mismo me digo. Pero prefiero mil veces al calor que achicharra a sentir el dolor del frío polar. ¿Alguien sabe si la gripe se cura igual aunque me tome la pastilla con agua helada?

 

Robbie Williams – Rock Dj (uncensored) par roskad

El rincón de la felicidad

Source: https://www.flickr.com/photos/nlireland/24744121190/
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Un espacio del departamento nuevo que ocupo tiene todas las cosas que me gustan y que llevaría siempre en mi maleta si fuera una nomade. Libros, cuadros, juguetes, algunos recuerdos de casa. Un par de libreros los cargan y en ellos parece que guardo lo unico que en verdad aprecio. Este rincón es un muro donde poso la mirada luego de un día en el que el desaliento me quiere pisar el poncho.

He plantado mi tienda aquí. He escogido ésta ciudad. Antes, las circunstancias me obligaban a estar en otra, que francamente me dió todo un ejercicio de soledad. No quiero ser ingrata con los amigos que dejé, pues, aunque han sido pocos, se convirtieron en irremplazable compañía del inicio de irrepetible aventura (no me jodan, no hago ésto dos veces). Pero ahora estoy donde quiero estar, donde debo ser lo que quiero ser. Me lamento llegar en el inicio de mi adultez, pero no hubiera habido manera de hacerlo antes y no hubiera tenido las herramientas que tengo ahora. Es increíble ver hacia atrás y entender que cada paso dado, incluso los errores más idiotas, han servido para vivir lo que vivo hoy.

He dejado de tenerle miedo a ésta ciudad. La siento tan viva, tan llena de historias de gente que va a contármelas. Tan llena de algún amor que -espero- me espere y bueno, llena de oportunidades que intento arrebatar antes de que se acabe el verano que recién ha empezado. El miedo a lo desconocido sigue, como una segunda piel, pero está acompañado de la extraña certeza del discreto triunfo continuo de quien nada tuvo y ahora va logrando pacientemente su « todo », que no suele ser lo que dicen los demagogos, sino lo que a cada quien le acomoda : la armonía.

Mientras tanto, camino tímidamente las calles de mi barrio italiano/montrealense y me siento sola (por poco tiempo, ya me dije), pero menos lejos de casa.

El Plan

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Mi nuevo barrio.

Qué abandonado he tenido este lugar. Me la he pasado haciendo videoblogs, haciendo cursos universitarios y planificando una mudanza. No todo en el mismo orden, no todo con la misma prioridad.

(checa la primera temporada de mi videoblog aquí)

Como verán, no he tenido ni tiempo para escribir, menos para pintar y, considerando que adoro justamente las dos cosas que acabo de nombrar, han sido meses de real sufrimiento. No me merecía el gozo de hacerlas. Estaba en tareas más urgentes, más importantes para mi sobrevivencia en éste país.

Sin embargo, las prioridades siguen existiendo, sólo que las soledades apremian tanto que, bueno, escribir cumple la función perfecta de terapia.

Me mudé de ciudad. De vivir en una ciudad llena de jubilados, de familias y estudiantes, he pasado a una metrópoli. Con la francisation en un estado avanzado, mudarme hacia una ciudad verdaderamente bilingüe era lo más lógico. Lo hice hace un mes. Estoy en “La Nueva York de la costa Este de Canadá”, digo, entretenida. Montréal. Una ciudad que me asustó mucho cuando recién llegué, porque se parecía demasiado a Lima, caos includded. No es “chez nous” dirá amargamente un quebequense de mi antigua ciudad. Multiculturalidad que se respira por donde vayas. Donde, dependiendo de la zona, ves de vez en cuando a un canadiense. En mi edificio nomás hay latinos, árabes y algún quebequense. A la vuelta de mi casa hay un negocio de latinos, que vende insumos para cocinar de toda latinoamérica. A la esquina de mi casa hay negocios de italianos, de antillanos y el dépaneur más cercano es de asiáticos. Es un barrio a prueba de antojos.

Tomé la decisión de mudarme a ella, cual salto al vacío, con un “a la mierda” entre dientes y pensando que si seguía en mi zona de confort sería el inicio de mi muerte, por comodidad. A menos de un año después de ésta decisión, me encuentro escribiendo ésto, siempre asombrada con las cosas que suelen suceder cuando tomas decisiones aún sabiendo que puedan resultar en fracasos: siempre ganas. Lo haces porque vives situaciones jodidas que luego te hacen aprender y finalmente, la siguiente vez no cometes los mismos errores. Claro, cometerás otros, pero éso ya es otro cantar.

Here I am, nueva en una ciudad, asustada como siempre, pero con absoluto amor a los inicios, cual droga adrenalínica. Me he instalado en el barrio italiano (la cosa más entrete) y me paso los días viviendo. Es verano, casi. No hay modo de no hacerlo. No hay modo de no ser feliz.

Prometo vernos pronto. Se me ocurren ideas. Síganme en Facebook.

Éste no es un blog de cine, segunda parte

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Regreso para poder irles contando las cosas que he estado viendo en el cine últimamente y que no he podido comentar ni reseñar, ni siquiera compartir en mis redes sociales. Estoy en algunos proyectos que me toman todo mi tiempo y quiero que salgan bien. Algunos voy a compartirlos por acá, en afán instructivo, básicamente.

Mientras tanto…

Consumo demasiados productos de internet. Oh Canadá y su ancho de banda con velocidad crucero. No regrets, me la he pasado viendo muchas series, documentales y otras hierbas online. He descubierto a algunos vidéobloggers que hacen cosas entretenidísimas y que ayudan a pasar el tiempo y a dejarte con insomnio. No bromeo. Cada vez hay cosas mejores para ver y aprender.  El mundo está, verdaderamente, al alcance de tus dedos, si tienes una buena conexión. Sino, te queda rezar, caballero.

Cinefilia, ésa enfermedad.

La única manera de pasar éste invierno polar -que, digamos la verdad ha sido suavetón y gracias al Fenómeno del Niño- sin deprimirme por que oscurece a las 4 de la tarde, es ir, contradictoriamente, salir de casa a hacer alguna actividad. En mi caso, irme a meter a otro lugar oscuro a ver historias en complicidad con otra gente, comiendo canchita. Tengo la magnífica suerte de estar en una ciudad a la que llegan -y se distribuyen- películas que no son del circuito de Hollywood. Eso significa ver cine de casi todo el mundo. Buen cine, encima. Sin embargo, también me he visto varias nominadas al Oscar. Hay público para todo…y a mi me ha empezado a gustar aquello. Ir al cine y ver películas que jamás en tu vida hubieras podido visionar, como no sea en un aula, como parte de un curso especializado, es un privilegio. Ahí les van…

Spotlight

El Boston Globe tiene un nuevo editor y éste impulsa a un grupo de periodistas de investigación a develar uno de los escándalos más grandes en el que se ha involucrado la Iglesia Católica en éstos últimos tiempos : el sistemático encubrimiento de los casos de pedofilia. Es una película formal, con el mismo tono de los films sobre periodistas, sin abundar en detalles sobre ellos, pero donde se muestra el trabajo que les cuesta llegar a la verdad. Te conmueve sin ser lloriqueante, porque te cuenta algo que en verdad pasó y que afectó(y afecta) muchas generaciones de católicos. Los descubrimientos de éste equipo de periodistas desbarrancaron una serie de situaciones similares alrededor del mundo. Mis respetos a los colegas que hacen este tipo de trabajo y que se la pueden pasar meses correteando a alguien para que les dé un dato que será el hilo que deshaga una madeja. Será del gusto de la Academia, me parece. No tiene desperdicio.

The Revenant

Francamente, yo sé que a todo el mundo le da penita que Leonardo di Caprio no tenga su Oscar por todas las cuchumil películas tan buenas que -supuestamente- ha hecho. A mi francamente me parece que es justamente ése afán el que le hace aguar el queque al espectador. Tú sabes que va tras su premio en ésta película, también. Felizmente, ya se lo van a dar y nos va a dejar en paz… o tal vez haga lo mismo que Tom Hanks… cómo extraño sus comedias, CSM… En fin, la película está basada en un hecho real. Los europeos que llegaron al norte del América, descubrieron la riqueza de la peletería (la explotación de las pieles de los animales) y se hicieron fortunas en base a ella. Incluso una empresa se compró parte de los territorios canadienses, para que no les molestasen… pero bueno, ésa es otra historia. En éste cuento el pobre Leo es un guia viudo y con un hijo mestizo al que le ataca un oso, en el peor momento : cuando intenta explorar una zona por la que debe ir huyendo con la gente que lo ha empleado, pues están siendo perseguidos por unos indios. En un primer momento, todos se hacen de él, arrastrándolo por las praderas congeladas hasta que lo dejan a su suerte. El tipo se recupera como puede y… bueno, una odisea, pero con nieve. Si has visto el Imperio Contraataca, respingarás en algún momento, porque Leo hace algo para sobrevivir que ya te hace hasta reír. Imagino que es una secuencia de la historia del cine que debe repetirse en algún otro lado, pero tal parece que no encuentro dónde. En todo caso, los paisajes son espectaculares y la fotografía es simplemente hermosa. Las locaciones son canadienses y francamente, tengo que caer por ésos sitios… Pasa piola, sobre todo por que Iñarritu está pillando la onda de las grandes superproducciones y hace que las grandes estrellas gringas actúen en ellas. ¿Para cuando una historia de orígenes latinoamerincaicos?

Al cierre: La gente de Días de Cine dice que a veces Iñarritu da la sensación de hacer películas pedantes. Ésa es la palabra…

Danish Girl

Mucha, mucha espectativa para verme éste film y la verdad, que me quedé decepcionada por algunos momentos. Alicia Vikander es una diosa y Eddie Redmayne no es para nada un mal actor. Si bien el tema de la película es diferente -es la historia del primer hombre que se hace un cambio de sexo documentado, Einar Vegener– , la manera de enfocarla es engolada y por momentos sinceramente sentimentalona. Algo a lo que contribuye Redmayne, que ésta vez no pudo sacar el ademán femenino que sí debe haber tenido el personaje principal. Por ratos te daba la sensación que su interpretación era una parodia : el mismo gestito afectado para mostrar incomodidad o supuesta femineidad, ésa manera melosa de levantar la mirada como si fuera una actriz de cine de los años 30s (con perdón de Mae West y otras reinas del cine). Con que estudiara a su coprotagonista hubiera bastado. Vikander se come la pantalla cuando aparece, así, pequeñita y sobria. Es ella a la que te parte el alma ver, haciendo esfuerzos por entender algo que para cualquier mujer de aquella época (o incluso en ésta, caray) estaba fuera de sus posibilidades : el tipo al que amaba quería ser una mujer, a toda costa (se te paran los pelos cuando investigas y te enteras que Vegener -aka Lili Elbe-intentó implantárse un útero, con fatales resultados). Sin embargo, Redmayne te conmueve -cuando deja sus mohínes más falsos que billete de 3 dolares- cuando el personaje es confrontado con aquello que la naturaleza le debe y que tal vez la ciencia puede darle. La dirección artística es preciosa y la fotografía contribuye mucho a la belleza visual del film. Recomendada, pero sin ilusionarse.

Hatefull Eight

Sólo el inicio de la película, una panorámica de un campo nevado con una diligencia que va por él, acompañado de la música de Morricone, vale la pena el pago de tu ticket de cine. Me la imagino en alucinante cinemascope -la vi en la primera fila de un cine repleto- y me quedo ciega de la emoción. Tarantino vuelve a revolverte el cerebro y luego te deja ir a casa hecho un desastre. Esta no es una de sus mejores películas, tal vez por que su manera de resolver el tema ha sido más propio para un episodio de Hércules Poirot que de su estilacho directo y sin escalas. Esta es una película que, a cierto momento, te hace decir groserías sentado, agarrado con las uñas, a tu asiento. La acusan de larga y yo casi moría (demasiado refresco), pero no hay forma que le eches tijeretazo al film sin cortar la historia y la coherencia como es contada. Muy recomendada.

Al cierre: Más profundos que yo, la gente del podcast Pasaje 18. No tienen desperdicio.

Youth

Tengo un amigo italiano que odia a este Paolo Sorrentino a morir. Es el mismo director de La Grande Belleza. Dice que esa película fue casi como que rodaran un film mediocre en Machu Picchu, que la gente se deslumbra por el lugar y le presta poca atención al tema en sí. Mala gente. En todo caso, Youth es una película hermosa y santo remedio. No hay más paisajes que un cerrado valle suizo y un hotel que casi parece hospital o centro de recuperación para los ricos con problemas por dentro y por fuera. En él, una extraña fauna de seres que trata de pasar los días en busquedas distintas o simplemente esperando la muerte. El resto no lo cuento, para que vayan a verla. Sólo puedo decir que lloré al final. Bueno, yo lloro por todo, pero ésta vez lo valió. Imperdible, las performances de dos actorazos como Michael Cane y Harvey Keitel, sin desmerecer a Rachel Weisz y Jane Fonda.

The son of Saúl

Es la última que he visto ésta semana. La vi reseñada en Días de Cine (un programa al que soy adicta) y descubrí que la habían programado hacía ya tiempo en el cine que queda al costado de casa (sep, vivo a una cuadra de un cine de repertorio, no me odien). Lo particular de la película no es el tema (aunque francamente, cualquier film sobre la WW2 vale la pena ver), es el tiro de cámara, que cuenta la historia. La única vez que ves un plano general es al final del film. El director busca un ángulo tan especial para encuadrar, que te da la sensación que estás dentro del asunto… y no quieres, ni necesitas mirar más. La historia va de un tipo que es uno de los pocos judíos que trabaja en un campo de concentración, haciendo labores miserables de limpieza y recolección de restos, y un día descubre algo que lo perturba más de lo que ya tendría que estar al vivir ahí… y … bueno, tienen que verla. Conmovedora. Dolorosa. Imprescindible.

Y así acaba éste post. No prometo periodicidad pero si cosas nuevas para descubrir. Algo es algo.

Ps. Ayer, luego de terminar éste post vi Hail César. La comento en las semanas que vienen…espero.

¡Felices Fiestas!

Todo termina y también empieza.

Dan ganas de decir “otro fin del año” al iniciar el post. Tal vez decir también “otro post” en uno de los años más extraños de mi estancia en este país. Siguen siendo días de horas de treinta minutos. He seguido yendo a la oficina caminando, sin temor a las tormentas de nieve – gracias, fenómeno del Niño- y viendo a mis compañeros de trabajo deprimirse por la blanca Navidad ausente, mientras yo no tengo el desparpajo de decir que adoro las Navidades sin comer nieve a todo el que quiera escucharlo. Felizmente esto es -aunque varios lo dudemos- también Canadá y se van a quedar respetuosamente callados, salvo que les hinches las pelotas, lo que no sucede constantemente, thanks God.

 

Me he equipado para un invierno que llegará tarde. Tengo, ahora sí, el pasamontallas soñado que impedirá que me caiga nieve en el ojo, la chalina que no deja pasar el viento helado, ropa interior de polar (no pregunten cuál atuendo), el abrigo y las botas perversamente perfectas para el usual clima local. Pero bueno, también tengo la actitud… la actitud de soportar el congelarme en el paradero mientras el bus decidirá demorar en llegar. Tengo el ánimo arriba, las ganas de no dejarme matar por el frío, por la soledad (temporal) ni por la prematura oscuridad maldita que te friega los planes y te hace querer irte a dormir a las 5pm durante varios meses.

 

Mi pequeña vida social se desarrolla entre cenitas corporativas y visitas a queridos amigos. Me empiezo a horrorizar al sentir que incluso nuestros encuentros deben ser planificados como si fuera la visita de algún mandatario: “Estoy saliendo. Boba saliendo.Estoy a mitad del camino. Espera, el bus no tiene cuándo pasar. Boba espera. Al fin. Sep, estoy supervisando las paradas de bus. Lo hago por mi App del sistema de transporte y con google maps. Me da un roche horroroso que vean que estoy con el mapa abierto, así que ando discreta nomás. Estoy por bajar. Listo. Estoy llegando. ¡Boba llegando a punto de encuentrooo!”. Besos y abrazos con los que tienen agendas tan extrañamente recargadas, con los que puedo ver un par de veces al año… y viven en la misma ciudad conmigo. Es deprimente.

 

No, no hago evaluación anual personal para no deprimirme. Eso es para el dia de mi santo, donde, encima, logré descubir que me acababan de salir arrugas en la frente, inexistentes la semana anterior. Un kilo de crema hidratante sin extender y el suspiro resignado de quien tiene que “envejecer dignamente” por que las circunstancias y el clima lo requieren. Empiezo a sentir que tal vez debería tener en cuenta la edad cronológica que llevo y dejar ciertas costumbres fuera. Me quedo rumiando todo el rato mientras camino por las calles heladas, rumiando buenos propósitos para el año que se avecina. Llego a la conclusión de que siempre seré demasiado joven para dejarme llevar por lo que cualquiera pudiera opinar sobre mi propia vida : Estudios, proyectos, desafíos diarios que sólo dependen de ésta mujer que se mira al espejo y tal vez empieza a reconocer -no sin cierta sorna- a quien él refleja.
Se les desea lo mejor. Quédense conectados. Hay mucho qué contar. ¡Felices Fiestas y un FABULOSO (hey, why not?) 2016!