Los Caminos

Los caminos parecen abigarrados, enojados. Han venido corriendo, furiosos y dándome de golpes, me olvidaron. Tu boca mojada, de vientos antiguos, esperando siempre aquellas palabras que tu cerebro no articula; es tiempo de que las respuestas aparezcan en mí.

Es buena la tarde, la mañana, el tiempo entero, inmensurable, imperceptible hasta que se desliza y se entiende, tardíamente, que el futuro no existe, que la nada es la esencia del todo y que en esa verdadera pérdida, otra vez tu boca al borde de un mar desconocido, es mi recuerdo más anhelado, porque nunca ha sucedido. Me encuentro contando una historia que es más una telaraña que me va envolviendo, mostrándome ante el mundo como una gran farsante, una charlatana, perdiendo el hilo de este gran enredo que es el de elaborar ficciones para que algún día lo vean tus ojos. Quien sabe, de casualidad, Aldo, primoroso capullo de mi imaginación, puedas venir de lejos, como siempre.

Ayer saltaste a mi vereda desde un bus en movimiento. Apareciste, sudoso, y mientras yo te miraba asombrada, me arranchaste la cartera vieja con la que ando últimamente. Me tomó una milésima de segundo el decidir seguirte, mientras la gente gritaba a nuestro alrededor. Corrías tú, corría yo; y en esa danza, veía tu espalda agitándose, tu nuca sudorosa y mis pies que respondían perfectamente a ese acto mecánico, en tanto mi mente se preguntaba si es que en verdad no eras más que un ladrón que intentaba llevarse el par de trapos viejos que guardo dentro del bolso, en la espera de que tú, Aldo, amor mío, aparecieras y se anunciara aquella persecución que llevaría a ese ansiado final, a ese perverso reconocimiento mutuo. Soy víctima que retorna a la escena del crimen, sólo para saborear la tortura del martirio, la adrenalina de la pérdida, rememorar el instante preciso en el que tus ojos de perro negro se fijaron en mí.

Corrí tras tuyo por calles y plazas. El sudor caía por mi frente y me dolía el costado de mi vientre, como el lanzazo al crucificado. Seguía tu figura entre la gente, en los vericuetos de los mercados y los ambulantes, las turbas de manifestantes, las avenidas tugurizadas de otros buses a los que no querías subir. Te seguí hasta el borde de la ciudad, donde el mundo no se acaba, hacia el borde de aquel río. Yo estaba realmente agotada, no daba ni un paso más. ¿Es que no te cansas de correr?, te grité.

Ahí fue cuando te detuviste.

Sonreíste al voltear, Aldo. Viste que yo había recogido mi cartera llena de idioteces hacía ya mucho tiempo y lo único que me dijiste fue:

Loca.

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