Qué hermosa es la luna

Aunque no se la vea en una noche nublada como ésta. Espera un rato y ya verás. Va a clarear.

Había volteado para mirarlo. Él había iniciado la charla, luego de que apagara el auto, frente a mi casa. Le había dicho aquellas frases como para llenar el vacío que nos amenazaba rodear. Había sido una buena noche. Cine, café -chocolate para mí, por favor- y luego, sin tener que pelear con el tráfico, hasta donde yo vivía. La casera prendió la luz de su ventana. La sentimos husmear y luego volver a apagar todo.

Era septiembre y sólo se ponía templado el día al mediar la tarde. Yo miraba, de manera entusiasta, el cambio del cielo, antes de observarlo, parado a lo lejos, esa tarde. Sobresalía entre la gente esperando en la acera, por la altura. Por lo demás, vestía como todo el mundo: una camisa de franela, un par de jeans, una casaca ligera. Miraba a todos lados, auto convenciéndose que una cita a ciegas era una buena idea, después de todo. Me estaba atrasando.

Holas. ¿Marcelo, verdad?. Soy Liliana. ¿Los tienes?

Me mostró la bolsa y me invitó a caminar, dentro del centro comercial. Él apretaba el encargo en su pecho, haciéndole parecer un sacerdote antiguo, con algún incunable. Un mechón le caía insistentemente sobre el ojo derecho, el cual era inmediatamente devuelto a su sitio. Comenzó a contarme las peripecias que había tenido para encontrar el lugar de nuestra reunión. Que si el bus que se tomaba en la avenida tal, que si mejor no se tomaba un taxi, que recordaba que un amigo vivía por la zona hace mucho, que si en verdad queda lejos la zona donde están todas las discotecas. Yo asentía y le miraba, pero él no; a menos que yo hiciera alguna acotación sobre su odisea y tuviera que recordar algún dato de interés, razón por la cual me quedaba –por instantes- mirando a un punto hacia el frente, en el que percibía su mirada. Yo tenía las manos en los bolsillos. Mira –me dijo- dan la película tal. ¿Tienes algo que hacer? Podríamos entrar a verla. Tengo la tarde libre, no hay problema. Genial.

Era día del espectador. En todos los cines decentes de la ciudad, los costos estaban rebajados y por ello las colas eran larguísimas. Pero, al igual que el resto de usuarios, estábamos dispuestos a dormir parados con tal de ver cualquier película de estreno. Casi todos agrupados en parejas. Cierta incomodidad en el ambiente logró difuminarse cuando le pedí su comentario sobre lo que iríamos a ver. Era su turno de pedir en el mostrador de viandas. Me pasó la bolsa, que estaba húmeda en la zona donde había sido sujeta por sus manos y empezó con un discurso entremezclado con retazos de artículos leídos en periódicos, impresiones sobre los avances y alguna referencia amical reciente, mientras pedía popcorn y dos pepsi. Me declaré neófita en el asunto hasta probar lo contrario, sin mucho ánimo de seguir la conversa.

Ella caminaba delante, con los boletos, mientras Marcelo la seguía hacia la entrada, un poco ocupado con ver que nada se derramase. Había algo en ella que le intimidaba. Ahora, en serio, no había resultado ser tan rara como pretendía decir, cada vez que le preguntaba cosas sobre ella. Le miraba como si estuviera examinando un informe difícil, no a una persona. Probablemente era así siempre, pero no había forma de saberlo hasta que la cotidianidad con ella se produjera. Si ella lo dejaba, claro.

Había recibido un mensaje de ella, una tarde, en su casilla privada, interesada en establecer contacto con él; al parecer tenían las mismas aficiones. Eso había sido evidente en su primera frase. Sonrió para sus adentros: otra viciosa.

Y eso era relativamente raro. No había muchas mujeres en este asunto. Era, usualmente, cosa de hombres. Peor aún, cosa de muchachitos imberbes. Él ya había pasado la edad de correr tras esas cosas, según su hermana, que detestaba sus costumbres. Evitaba presentarle a sus amistades, por temor a que asomaran las preguntas y ella tuviera que responder escuetamente: ”es coleccionista… de revistas”. ¿Qué diablos haría si ellos repreguntaban? Generalmente una tosecilla y un cambio de tema.

Liliana, pues, también estaba familiarizada con la colección. En cuanto lograron comunicarse, la conversación fluyó por el camino de los tesoros de ambos. Ella reía por la ansiedad con la que él mencionaba aquellas piezas invaluables de su colección. Ella quiso verlas, casi inmediatamente. Fijaron fecha y hora, en aquel lugar. Ahora llevaba una bandeja, haciendo equilibrio, siguiéndola como un valet acomedido.

– ¿Te importa si nos sentamos aquí?

En la oscuridad, ella contempló únicamente la pantalla, primero, en la espera de que las imágenes aparecieran y cuando estas acontecieron, la película entera. Contestaba las preguntas de Marcelo con la precisión de un entrenado informador. En sus faldas, la bolsa que él le había dado, que resultó ser los viejos ejemplares de una revista que ya no se editaba y que ella también coleccionó. Aún estaba húmeda en la parte en la que él la había estado sosteniendo. No lo miró. No necesitaba hacerlo para sentir la expresión de su rostro extremadamente pálido, el pecho que -al respirar- silbaba, su mano sosteniendo la caja de pop corn y la opuesta, ocupada con un kleenex. Le había comentado con fastidio su bronquitis, mientras ella le miraba con cortés interés. La trama continuaba intrascendente, frente a ella.

Se imaginaba parada en medio de unas ruinas incaicas, contemplando el amanecer, la escarcha cayéndole, las manos en los bolsillos. El frío serrano le azotaba la cara y el cabello, que se movía incontrolablemente. Los sentidos, agudizados por un despertar prematuro, le mostraban matices insospechados en las hierbas que habían sido despejadas para que los restos fueran apreciados. Hasta las piedras mostraban texturas que le parecían inéditas, concertadas exquisitamente para enervar sus sentidos. Una hebra de su propio cabello cayó, sorpresivamente, helada, sobre su rostro. Sintió con delicia y fruición. Bordeando el contorno de la edificación en ruinas, encontró un pequeño riachuelo que corría caprichosamente, empozándose en un pequeño charco, rodeado de juncos. Caminó hacia él, cogiendo pequeños guijarros en el camino, que iba lanzando desde lejos, mientras se acercaba. Sus pies sintieron el cenagoso borde y entonces, al observar el pozuelo, lo vio. Ahí, en el reflejo, aquel hombre de ojos brillantes, venido de lejos, que la inquirió con la mirada, como preguntándole su nombre, sus señas. Su desordenado cabello semi largo se movía furioso con el viento de la mañana y la barba crecida se veía entrecana y rubia. Quiso preguntarle algo ella también, pero no era el momento indicado. Liliana sólo le dio permiso para hablar posteriormente, mientras miraba el cielo recién despejado, desde la ventana del auto:

– Tienes razón. Es una hermosa luna.

Poseída por el hombre de las ruinas, miró a Marcelo. Sus manos pálidas, su rostro congestionado y su camisa de franela abotonada hasta el cuello le mostraban casi tan perdido como ella. Lástima que en su reflejo no pareciera encontrarse nadie.
Al despedirse le regresó la bolsa con las revistas. Ya las tengo –le dijo- y ya las leí todas.

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