La Estrella Negra

Sirio, la estrella negra, no tiene sexo. Lo afirmo, caprichosamente, basada en mi conocimiento empírico y en alguien que lleva su nombre. ¿Cómo podría ser una estrella (femenino) alguien que es un EL? He llegado a la absurda conclusión que es mi versión masculina y yo la femenina -o al menos, la idea aproximada- de la propia palabra vertida en un mundo completamente soso a causa de la imaginería reciente.

Sirio. Doblemente negro, doblemente oscuro, doble. Ying y Yang. Serpiente que muerde su cola, como el Catoblepa que se autodevora. Atormentadora inteligencia, dijo una vez. Yo nunca dije nada parecido, pero me fijaba demasiado bien en las coincidencias. Tanta palabra es producto de la privación de la mente en horarios en los que sólo funciona el hemisferio racional. Oh, Sirio, cómo echo de menos el puente que comunica a nuestros hemisferios, cómo extraño tu contrapunto abigarrado de figuras al instante, cómo me pesa no haberte retenido en la memoria.

Ego me acuso, caminante, de no tener la posibilidad de dedicarte más odas al pensamiento solitario de tu prosa olvidadiza, al borde de cualquier vaso, como siempre.

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