What a Dream deserves

Hola otra vez. Es diciembre, hay tiempo libre – un poco menos que antes- y la ansiedad de escribir por escribir. Desde la oficina, desde el bus, desde la caminata hacia casa, desde la ventana abierta en Edward. Desde donde los misterios del mundo cruel convergen y yo lo percibo casi imberbe, infantil.

Estoy absolutamente segura que no puede entender este texto, ni siquiera con el traductor más competente. Estoy segura que me mira con curiosidad, como quien observa a un pez exótico… pero no puede hacer nada más.

Me convierto en un rictus de sonrisa, en un gesto amable, en un ser adorable, sólo para poder entrar en su mente de sonidos nuevos. Este no es un estado de felicidad. Es un estado de tranquilidad, de quien sabe de dónde viene y a dónde vá. No es como un rayo de luz que te despierta en la mañana, ni como la canción exacta, para el momento exacto. Es todo prudencia, silencio, sonrisa y espera.

Es que espero. Lo sabes, por mi actitud silenciosa y el intríngulis que me callo, para no asustar al planeta. El monstruo que llevo adentro, está en silencio, en cautiverio. Espero la sorpresa, el vahído de alguna presencia, las mariposas en el estómago, una sola frase.

Pero es casi seguro que seguiré mirándome sola en este espejo.

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