La imagen residual

Firenze y el desconcierto que genera, no sólo pertenece al mundo de la mitología pop. Algunos me han preguntado si es que yo sé de dónde viene su figura. Sólo los que nos conocen saben que viene de dos lugares: de la mente de mi hermana y de unos textos popularísimos (a los que no haré referencia, pero que estoy segura conoces), cuya lectura es casi repetitiva.

Sigo pensando en la posibilidad de que somos, simplemente, un grupo de poseidos que estamos conectados con otra dimensión (en mi caso con mas modestia que cualquier otra cosa…) y que basándonos en esa conección, no hacemos más que copiar algo que hemos visto.

Creo en mi tercer ojo. No como el adivino Fumanchú, que leía muy bien el futuro del resto, pero no el suyo, cuando su hija se le convirtió en puta… (eso se lo preguntan mejor a Bryce Echenique, ok?) . Más bien, creo en la capacidad para no lanzarse al primer chispazo, si no esperar a que el deseo y la historia se cocinen en la mente.

Luego, Firenze en realidad vuela. Sigue teniendo las marcas de las patadas de Magorian (o era Bane?) y no dice absolutamente nada de la tristeza que le significa estar desterrado. Se cruza de brazos y espera. Mira. Hacia adentro, hacia el silencio. Revisa las opciones que el futuro le muesta y sigue demasiado azul.

Yo soy Firenze.

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