El temor

Ayer vinieron a mi mente, los recuerdos viscerales de una sensación. La de haberme sentido enamorada. Nunca he tenido la suerte de tener relaciones tranquilas, en parte por que siempre he querido “quedar bien” y la neta es que he terminado por las patas de los caballos… de los caballos de los occisos. Pero ayer, recordé el futuro incierto que presupondría que alguien me amara sin pensar en sacar un provecho de ello. Imaginé a alguien cuya integridad fuera a prueba de balas, que quisiera cogerme de la mano y permitirme llevar el paso cuando sea necesario e imponerse con firmeza cuando yo quiera hacer de las mías. Tendría que gobernarme con una mirada, y en acto recíproco, leer mi mente en un arqueo de cejas. Debería adorar mis defectos e intentar de instalar algunos más, precabir mis penas y dejarse mangonear de tanto en tanto, para tener el poder, completamente, y en la sombra.

Cielos, que cuando le viera, estuviera deslumbrada con su luz, cuando me viera, sintiera lo mismo. Un par de ciegos, caminando, contentos, por Puerto Madero, mientras el sol de noviembre cae, sin quemar, yendo hacia el muelle. Madrugadas de junio en caminata desde el Boulevar de Los Olivos,abrigados en un abrazo.

De propuestas mutuas, pero aún manteniendo, cada quien, ases bajo nuestras mangas. Una continua sorpresa que de saltos a nuestros corazones y que, encima, nos permitan ciertas eternidades.

Nadie quiere estar solo, sobre todo si el tiempo pasa. Eso se va convirtiendo en un gran temor para todos los que hemos decidido persistir en nuestra intención de vencer al ansia de compañía por compañía. Es una lucha continua. Nadie quiere morir solo. Pero si ello no es posible, se puede seguir soñando. Yo sigo, sigo remando.

Agregue un comentario