Una carta de amor para un caminante.

Ojos de sol:

El mundo es un pañuelo. Un panqueque, un wantán. Es un choripán y también un cuenco. En fin, comida. Ahí te he encontrado, caminando, algo agotado.

Abres las manos y las mentes florecen. Abres los ojos y yo los cierro. Mucha luz.

La Legión que en mí habita sólo puede amansarse con tus palabras. Has conseguido que canten en coro, mientras que yo sólo pude hacerles gritar. Sigo, eso sí, haciendo que fabulen, cargosos, para mí, para ti. Pero ahora, ellos susurran a tu oído, todos los versos del mundo. Aquellos que duran dos días enteros y cuya lengua desconozco, mayormente.

Mi mundo contradictorio, donde el techo es el piso y viceversa, sigue siendo el mismo. Pero ahora tú estás sentado en la salita azul- mi favorita- queriendo convertirte en mí. Te comes los chisguetes de Oreo, cultivas los pinceles dulces y me miras divertido. Me invades en silencio, cuando me quejo de tu tardanza, para responderme: ¡pero si siempre he estado aquí!

El centauro –que ahora tiene ojos- finalmente, ha volteado la cabeza para hablarte sobre mí y no calla nada. Es tu espía más dilecto. No puede ser, me digo, estás en demasiados sitios.

Luego te cuelas entre mis sueños, para lograr dar discursos desde ellos, burlarte de todo en lo que no creo y caminar de puntillas sobre esa olla vieja que tengo en el pecho. Te has convertido en un puente, en ángel y en un lienzo azul.

Angélico me darás la mano y recordaré absolutamente todo. Entonces, es probable que no entiendas mi murmuración. Serán letanías de agradecimiento, que desde el inicio del cosmos se cantan en tu honor.