Abril


foto de aquí

Ping, pong

Esteban se alisó el cabello rizado y negro, un par de veces. Ese era su modo de expresar contrariedad, aunque sonriera, aunque fuera el ser más encantador del planeta tierra y alrededores.

Ping, pong.

El rebote había sido limpio, sin apelación. Pese a verlo venir, no hubo forma de esquivarlo y le cayó en la cara. Le habían dicho que no. La sonrisa estúpida de reglamento. Los ojos oscuros, brillando bajo las lunas de sus anteojos, cursis, también. Igual que toda esta situación. Se encogió de hombros, imperceptiblemente y, guardando las manos en los bolsillos del pantalón, siguió la caminata. Hacía frío en la calle. Terminaba el invierno y las pocas personas que veía, llevaban cardigans y ropas de cubrir ligeras. Él tenía solamente un polo viejo. Su polo de la buena suerte.

¿Quieres caminar? –dijo él.

¿Acaso no estamos haciendo eso?

Sí, lo hacemos. Sólo quiero saber si tienes ánimo de caminar mucho.

Sí, tengo ganas. Me gusta esta noche.

Ella volvió a hundirse en sus pensamientos, como siempre que sucedía cuando estaban juntos. Francamente habían llegado a joderle sus silencios, su manera de desconectarse de los momentos supremos, como éste. Entonces se encontraba atarantado por el no-ruido y tenía la extraña sensación de coexistir con un fantasma.

La noche anterior habían hecho el amor en la sala de la casa de él. Ella reía, muerta de asombro –él casi la había atacado, entre Pink Floyd y Apocalíptica- y luego se quedó callada, en la mitad del acto, mirando hacia alguna parte del techo, pensado en Dios sabe qué. Le cortó la viada por completo; de muy mala gana la quedó observando:

¿Qué sucede?- dijo ella, parpadeando.

¿En qué piensas?

En nada. Creo que me gusta tu nombre.

Esteban lo odiaba. Era un nombre piadoso, solía decir, en razón del antecesor bíblico. Él luchaba con todas sus fuerzas por dejar de parecerlo, también. Sus cómplices eran el academicismo riguroso y la dialéctica incomprensible. Años de estudio sostenido, rabioso, que aún no terminaban. Años de pose snobista frente a todos aquellos que le pensaban, que le sabían tan sólo con mirarle. De alguna manera, tenía que romper con los ancestros, con el olor a santidad que se desprendía contra su voluntad de todas las cosas que hacía y decía. Qué salado.

Había caminado hacia ella, sintiéndole la curiosidad por él desde que cruzaron la primera palabra y las estrategias de caza habían funcionado, mejor que con las anteriores. A ella no parecía importarle. Parecía estar esperando que él finalmente se aburriera y la dejara en paz. Parecía. Volvió a mirarla y la descubrió observándole.

Eres un lorna.

No, no lo soy -se defendió él.

Sí lo eres. Hasta acá te siento el olor a rosas.

Se pararon cerca de uno de los faroles de la avenida. La luz artificial iluminaba el rostro de ella, deslizándose como una caricia por su nuca y su cuello largo, suave, desnudo por llevar el cabello recogido. Tuvo ganas de besarla, pero no hizo absolutamente nada. Ahí sí él hizo mutis, preocupado consigo mismo, porque se suponía que no debía sentir ese tipo de ansiedad. No debía sentir nada. Absolutamente nada. Recordó la apuesta con Fernando, su pata de perradas, y pensó que iba a perder algo más que una caja de chelas.

¿Entonces?

Fui clara. No quiero verte más.