Un blog más

Hay momentos trascendentales en tu vida, que suelen ocupar milésimas de segundo. En ese momento, si estás distraído, no los percibes. Si los vives con otras personas, sólo los iluminados logran captar ese instante que puede marcarte. Hoy cuento sobre uno, que ha venido dando vueltas en mi cabeza desde hace muchos meses.

En 1987 me encontraba, cachimba y perdidísima en el espacio, en la pituquísima facultad de Artes de la PUC.  Entrar a la primera y menor de edad fue una malísima idea y sobre todo, una experiencia frustrante. Venía de un colegio que era una isla, venía de una familia que era una isla y yo era casi autista. Encontrarme con tanta gente, tan diferente, era poco menos que desconcertante. Para empezar por que estábamos en crisis y en plena época del terrorismo y ver a gente que llegaba con su chofer a clases, mientras yo me descolgaba de la Cocharcas era todo un ejercicio espiritual para no putamadrear y no optar por la lucha de clases, sobre todo si de regreso tenías que ir trepada cual mono organillero…

Como sea, en el primer año de Artes (así se le llama sucintamente a esa facultad de la Católica), los cachimbitos estábamos divididos en tres aulas  y teníamos cursos desde las 8am hasta las 7pm, con una hora de almuerzo, dependiendo del día. Comprenderán que la presión era grande, porque estabas a tus aires y sobre todo, porque los mismos profesores lograban ser unos tiranos cuando querían. Imagino que era la idea de inculcarnos la responsabilidad, el gusto por la perfección (total, el flojo trabaja el doble) y de paso, quedarse con los mejores.

Yo me creía la mejor. Había ingresado, sin academia de ningún tipo (salvo por algunas sugerencias de un súper maestro y amigo) y a la primera. Grande mi desilusión y frustración al ver que nuestro profesor de talleres de primer año se dedicaba a hacernos la vida miserable, como si hubiéramos nacido sabiendo las cosas que él casi ni explicaba, pero que solicitaba entendiéramos. Lo peor era que parecía disfrutarlo. Yo andaba en la mera luna, fastidiada por la presión de pasármela pintando cartulinas los fines de semana, filosofando con dameros de ajedrez (es que no saben la cantidad de rocas que decíamos para justificar ese ejercicio de compo básica) y definitivamente dispuesta a cambiar de carrera, al ver que lo único que te podía salvar  de la humillación pública era tu biotipo o un apellido cool. Yo tenía lo segundo, pero hubo ocasiones en las que no me salvé e ignoro si aún sigue siendo así ese lugar del saber.

En el mero stress estaba una tarde, muerta de nervios y a punto de colapsar, porque había hecho  mal mi tarea de cuadraditos de mierda y el profe miraba los dichosos ejercicios a contraluz diciendo algo así:

–          A ver… ¿usted cómo se llama?…-el alumno, intimidado, murmuraba- ¿Qué? ¡No le escucho! ¡Hable fuerte!

–          Gon… Gonzales…

–          Bien, Gonzáles, a ver, veamos su trabajo. Hum. – trabajo frente a todo el grupo, que se comía las uñas de la angustia- hummm…. Mal pintado, mal pegado, mediocre. ¡Cómo es que ha ingresado a Arte? Tiene 10. Hágalo de nuevo.

–          …!!!!… – lagrimones por medio, Gonzáles se iba sin mirar a nadie. Probablemente era la 2da vez que rehacía el trabajo y por supuesto, cuestionaba seriamente su vocación de artista plástico, superditada al corte recto de una cuchilla o a la cinta de pegar. En pocas palabras, una huevada sin sentido.

Y así sustantivamente.

Como sea, este post no era para contar sobre ese profe, que encima, ya se murió y tal vez nunca nos entendió (y viceversa). Era para contar que una tarde, un chico se ofreció a tomar mi turno en aquella revisión de HELL y  yo se lo agradecí, pues fue la primera (y única) muestra de humanidad en aquella horrible aula. Era la selva, man. En ella estaba la gente más cool  e incluso una estúpida que se hizo famosa por racista. Bueno, tal vez ese chico ni se acuerde de aquel incidente, tal vez no vio mi rostro de alivio, tal vez lo hizo porque quería salir del muerto antes; pero me salvó los nervios y sentí que, sin importar lo que suceda, le recordaría toda la vida por ese acto tan sencillo. Un tontísimo y simplón acto bueno.

Sep, nunca se sabe ni cuándo ni cómo, trasciendes. Luego, ya fue el blogday, pero era necesario un post para recomendar su blog.

One Reply to “Un blog más”

  1. Pero sobrevivimos, a pesar de todo. Había que tener cierta actitud y aprender a agarrarse con uñas y dientes y a vivir en la jungla de cemento, por lo menos un poquito porque aún me cuesta, no estoy hecha para la cruda realidad 🙂
    Fito está en Forum hasta el 5 de setiembre en Forum con su muestra “Te llevo en mi universo”. Siiii, si vayan!!!!!!

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