Primero

Y ahí vamos (creo que ya lo dije antes, pero nunca está de más)
Y ahí vamos (creo que ya lo dije antes, pero nunca está de más)

Los recuerdos que permanecen en nuestra mente suelen ser los que nos marcan, o los primeros. En mí, el sabor del chupón de la mamadera, el calor de la cama de mis padres, las madrugadas de la navidad. Luego fueron las hojas cuadriculadas de los cuadernos de tareas y las miradas de algunos niños. Después, muchas otras memorias que van apareciendo nebulosas, a veces irrelevantes. Tal vez las evoca uno, cuando le urgen, las necesita para saber dónde dejó tal y cual cosa. Pero luego, en la ancianidad o la adultez, se te aparecen esas primeras imágenes, nítidas, sólo para que al mirarte al espejo te des cuenta de que el tiempo no pasa, pasas tú.

Luego alguien habló de un primer amor y me puse a sacar cuentas. Me quedé pasmada, porque el mío fue demasiado precoz. Le miraba, escondida detrás de las faldas de mi abuela, mientras él hacía lo mismo desde la suya, en un patio de vecindad. Recuerdo las pestañas inmensas de sus ojos almendrados y su nariz respingada. Recuerdo mi curiosidad. Recuerdo que fue ahí cuando empecé con esa manía de “hacer que las cosas sucedan” y di un primer beso que no me gustó para nada. No salí en cinta, felizmente (algo que pensaba ya en ésa época) pero nos encontró la vecina, que hizo una fiesta sangrona de nuestra travesura. Si, porque, como siempre me sucede, di la iniciativa y luego me quise ir, mientras él no me dejaba y en ése forcejeo primarioso, nos pillaron. Osea, culpables ambos, espectáculo, ambos.

El mundo dio vueltas y nos dio vueltas. Él se casó precozmente y yo soy demasiado consciente como para hacerlo. Le encontré varias veces y siempre me miraba con ese gesto de “aquí hay un asunto inacabado” para mi cara de “WTF?!” y mi consiguiente suspiro de frustración. Pero es que para algunos, ningún capítulo parece cerrarse. Para otros, se cierra rápidamente y sin dolor y para otros, como yo, siempre se está besando a príncipes encantados, esperando que despierten o te despierten. Todos pueden ser y a la vez, tal vez, no. A todos volteaste a mirar, al menos alguna vez y luego dijiste, casi en broma “¡nooooo qué va!” y seguiste caminando, con el costalillo lleno, por el background.

Vamos, a veces dan ganas de sentarse y mirar el paisaje, pero no se puede. Tal vez él esté a un par de calles, tal vez él esté esperándote a esa esquina a la que llegarás mañana o pasado. Tal vez él también esté haciendo el mismo camino idiota, en sentido contrario. Tienes que ir casi corriendo, ¿ves? Entonces, algunas veces, ese primer beso cambia de rostro, para ser el de otro y te jode la caminata entera, por que sí.



Todo es mejor con música. Pégate a mi banda sonora, mientras lees esto.

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