El Moderno Prometeo

Modelando.
Modelando.

Mi hombre perfecto es un Frankenstein. Un Golem. Un ser que vive danzando en mi mente, desde el uso de razón. Alguien que me mira perturbado desde la distancia y azorado en la cercanía. Quien, con sólo mirarme, puede entender a este monstruo que soy. Mi atracción por él vuela distancias enormes, cruzando océanos, sólo para que él esté seguro de lo que hay. Mi hombre perfecto, viene de lejos, si saber porqué. No tiene idea que existo y por ello, al encontrarme, se siente agradecido de llegar. Tira todo, deja todo, olvida todo, por mi. Porque no hay otras. No han habido otras. Nunca habrán más. Mi hombre perfecto ha conocido, en su mente, mi cuerpo, desde niño. Ha soñado conmigo, sin saber mi nombre, siquiera. Ensayaba sus respuestas a mis peleas, con otras. Aprendía a ser tolerante, por mí. Me gobierna y se somete, con una mirada. Me permite tener sus hijos, educarlos conmigo. Me dejará peinar sus canas. Me quiere, con todos sus sentidos, con todas sus fuerzas. Mi hombre perfecto se mata por mí, no a mí.

Mi golem. Lo imagino. Me camino las calles con la mano extendida, sujetándole. Pareciendo loca, siempre.

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Porque está en los ojos de los demás y aquel reflejo me ayuda a existir. No me dice jamás “a ver, espérate un ratito” o “ahí te quedas”. No me pregunta lo obvio, para no ofenderme. Todo lo que hace, todo lo que dice, es verdad. Porque es mío, desde sus pensamientos más simples, hasta la raíz de su cabello. Mi pertenencia a él es completa. Es imposible que me haga sentir triste, pues con él todo es risa, todo es descubrimiento. El siempre es yo, en otra versión. No es un viaje egocéntrico, es encontrar algo que te completa, que te hace entera y lo hace pleno a él. Así es. Es tal vez, el deseo más entrañable de toda mi vida. Lo único que siempre he necesitado, para estar en armonía, para calmar esta maldita fiebre que no cesa nunca… esa fiebre existencial de su ausencia.

Por eso, en estas noches en la que el frío no quiere irse, me duelen las heridas de guerra. Me duelen todas, porque se convierten en estadísticas fallidas que quiero olvidar y no puedo; no puedo ya. Aprendo lo que debe ser aprendido e imagino que un día, él me encontrará, porque ya no le busco.

(Ya, tú, lector consetudinario, pensabas seguro, que yo iba a pegar esto. Ni hablar. Prefiero una buena película y una mejor música. Lo otro lo dejo como banda sonora de mis historias fallidas.)

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