Mi problema con las drogas

Tengo un problemón.
Tengo un problemón.

Sip, estudié en un colegio de monjas franciscanas, que andaban con el speech de que la droga era mala y que sólo las personas que tenían problemas en casa, eran delincuentes y no se portaban bien, las tomaban. Hablamos de los deliciosos 70s, cuando la información no llegaba tan rápido como en estos días, la gente no hablaba abiertamente de absolutamente nada (estábamos en medio de un golpe militar, por si lo recuerdan) y a mí me mandaban a dormir a las 8 pm, llueva o truene. El entorno de la droga estaba -en mi imaginario- más en el plano de la ficción que en el de la realidad. Unos pocos años después, un familiar muy cercano se vio envuelto en ella, al punto de pasar los mejores años de su vida “guardado” por una verdadera estupidez. Vi a mis tíos -e incluso a mis padres- sufrir en silencio por el deshonor de tener a un ser querido preso en un lugar infame, a una edad tierna y sabe Diós viviendo qué. Creo que ése fue mi primer contacto con ella, la verdad. Ver hablando en susurros a ellos, sobre aquella persona que no volvería a ver en mucho tiempo, pues estaba pagando un craso error: el de haberse convertido en burrier de un grupo de narcos.

Mi vida no ha sido idílica. He tenido los mismos problemas que el resto de la gente, supongo. En mi familia ha faltado el dinero (como a cualquier peruano en estos tiempos), los conflictos con mis padres y mi entorno han sido (y siguen siendo) a veces muy difíciles de sobrellevar. No he sido una adolescente amiguera y fiestera. Más bien, me la pasaba escribiendo y leyendo como loca, escondida en las bibliotecas en las que caía: primero en la de casa, luego en la de la escuela y luego (para mi felicidad, cuando me tiraba la pera) en la de la PUC. Tal vez sea por eso que la presión social me ha llegado siempre altamente, que no me ha interesado porque he encontrado que ese fenómeno de pertenencia que tanto ansía el ser humano, puede ser también lo que le lleve a la ruina. La idea de los borregos viene siempre a mi mente, siguiendo al que va primero. Y yo nunca he seguido a nadie.

Por eso, cuando hacía mis pininos en Artes, me parecía sorprendente ver que gente a la que admiraba y que tenía todo para ser feliz, terminaba metido hasta el cuello en las drogas. Primero solía ser la presión social (era cool hacerlo y el grupo entero estaba en ello) y luego uno se terminaba habituando, acostumbrando, hasta encontrarse atrapado… Lo veía en la universidad, lo veía en las amistades cercanas, lo veía hasta en las noticias. Repentinamente, el mundo de las drogas en general, estaba más cerca que nunca de mí. Al alcance de mi sudorosa mano. Vamos, lo ameritaba: en mi misma facultad estaba la niña más linda de la universidad y tenía mi mismo nombre de pila… y nadie sabía el mío. El único chico con el que “casi” me hablaba en primer año (el cual era guapísimo) era para decirme “marciana” burlándose; nunca me invitaban a las fiestas de la facultad, estaba dentro del grupo de “feas y fuera de la moda”, eso sin contar con que los profesores hacían su trabajo de “demoler” pacientemente el talento que yo creía tener. Era una pobre pacharaca a la que casi nadie quería hablar. Osea, estaba pedidita, para ser la marihuanera de la facultad y de ahí, pasar a las listas de popularidad. Tan cerca… si buscara a las personas correctas… Pero circunstancias -otra vez- me trajeron, por cuestiones de vocación, a conocer a un grupo de personas que fueron tan amables en contarme sus historias. No me llevó nadie. Nadie me obligó a asistir y seguir yendo, religiosamente, a escucharles. Fui con la Negra, lo recuerdo.

Lo hice por curiosidad. Porque mi ansia por aprender es una fiebre, también. Tal y como te escribo esto, a tí que probablemente te haga cagarte de risa mi propia ingenuidad al contártelo. Pero así son las fiebres. Se hace lo que se tiene que hacer y se sobrevive. El asunto es que esas personas eran familiares de drogadictos y alcohólicos en recuperación. No eran las historias que contaban, lo que te dejaban pasmado; era algo más sencillo: el sufrimiento en ellos, por aquel familiar herido, al cual ansiaban tanto salvar. Eran rostros idénticos a los de mis padres, de mis tíos. Las mismas lágrimas, contritas, las mismas penas. La misma sensación de fracaso, porque debe ser duro ver a un ser querido haciéndose mierda ante tus ojos y tú no poder hacer nada al respecto, sintiéndote absolutamente culpable de ello. Con el tiempo, también conviví con los adictos, en un frágil esfuerzo por ofrecerles la “normalidad” de tener amigos que no le entraban a la vaina y que necesitaban, desesperadamente, aferrarse a alguien que creyera en ellos. De mi parte, puedo decir que creí en todos y que sigo teniéndoles fe, aunque algunos hayan recaído mil veces.

Todos empezaron casi igual, creyendo que podrían salir, haciéndolo esporádicamente, primero, luego avanzando hacia drogas más duras, más adictivas. Luego dejaban estudios, trabajos. Robaban, golpeaban y maltraban a sus familias para conseguir lo que necesitaban. Algunos, con suerte, aparecían en los basurales, vivos. Otros no regresaban nunca.

De más está decir que luego de vivir con ellos, vivir con sus familias, caí en la cuenta que es realmente fácil caer en el jueguito de la presión social y entrarle al asunto. Obviamente, el trabajo de racionalizar por todos los medios una adicción es un asunto tan bien trabajado que hasta existen organizaciones a favor de la legalización de ciertas drogas. Es más fácil teorizar sobre el bienestar de algo que nos hace daño, que reconocer el fracaso de nuestra voluntad -y hablo de aquella que nos hace decir “yo puedo solo, ok? No necesito del grupo”; no de la que te hace desear un troncho again- y la necesidad de ayuda profesional. Entonces, no se imaginan lo impopular que soy. No por que sea fundamentalista; come on, yo no me paro en las calles con mi cartelón anti drogas, para decirte que te estás matando y el fin del mundo viene or something. Tampoco te doy clases de moral, sobre lo bueno, lo malo o lo bonito de no prenderte. Ni mucho menos te dejo de hablar, sólo porque lo haces. Mi punto es que soy impopular justo por que no lo hago. Porque no considero que cambien en algo mi vida el hacerlo. Soy la que cuida las chompas de todo el mundo, mientras el resto se prende en grupo. La que no se emborracha hasta caerse. La que no se tomará esa pepa porque todos lo hacen. La que no necesita nada más que a ella misma, para estar jodida, feliz o eufórica. Porque uno siente lo que quiere sentir. Uno vive lo que quiere vivir. Uno es lo que quiere ser y si el destino no te deja, te peleas a muerte, siempre.

¿Quieres fundamentos científicos por el cual yo detesto sinceramente las drogas? Hum. Te diría que googlees. Tal vez te pondría un video. Lo único que digo siempre es que no necesitas de sucedáneos. Te bastas tú.

Como dije, altamente impopular, pues debo ser una de las pocas personas en Lima que no las ha probado, descontando a mi familia y a las dichosas monjas ( y voy dudando, con ellas). Impopularísima.

One Reply to “Mi problema con las drogas”

  1. Tema complejo, el que se fuma un porro, el que aspira una linea de coca, a muchos les agarra distinto los efectos. Probe marihuana tres veces, cocaina una vez, todo ello hace cuando tenia 21 años, no he vuelto a hacerlo. Por suerte, al parecer, no la necesito, no me he relamido las manos esperando a que llegue. Se podria decir que no le tengo miedo. Ademas hay mejores que cosas con que “disfrutar”, beber, comer, hace cositas ricas, viajar, tantas cosas.

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