El fin de semana, le pedí que me enseñara sus manos. Eran delgadas, nervudas, blancas como las de una nena. No son virginales. No creo que se abran como flores. Ni que mi vida cambie 180°, sólo porque no dormimos en el mismo huso horario. Tampoco creo mucho en las palabras que no diga yo.
Beware the writer.
Lo que me place pensar, es que las personas llevan vidas que los preparan, para irse cruzando con las nuestras. Hasta el momento, ninguna desea mirarme más de un par de veces. Imagino que así debe ser. Hasta que la persistencia llegue a su destino: el de permitirme sonreír, satisfecha; y a aquel, que yo siempre le diga sí.