Fin de año

Esa preguntita de “qué harás para año nuevo” siempre me ha puesto nerviosa. Tal vez sea porque casi siempre la he pasado rarísimo y recién en estos años estoy pasándola serenamente, en casa. Justo hoy, mientras planeaba con Chucky, qué hacer, se vinieron a mi mente muchos recuerdos que no está mal compartir…

  1. La Comilona.- Aquel año en que la pasamos comiendo una fastuosa cena en la casa de un tío cercanísimo. Había preparado tal cantidad de comida (y toda ella elegante) y nosotros parecíamos náufragos recién rescatados. Como era de suponerse, llegamos penosamente a las 12. Luego de una Sal de Andrews, pudimos dormir en su casa (que también era inmensa y pituca), para reptar a casa..
  2. El Banco.- Aquel año en el que Chochi pensó que debíamos esperar las 12 en el lugar más alto de la casa… que era de un sólo piso. A alguien se le ocurrió que eso sólo podría ser en un banco viejo, de madera, colocado en el centro de la sala. Las 12 nos pilló a todos, peleando por subir al dichoso banquito, en una suerte de empujones y puñetazos, risotadas y los sinceros deseos de tener una azotea. Así no se vale.
  3. El Dancing.- La inolvidable fiesta donde todo está sota hasta las 11:30, luego ponen todos los temas de moda, corre trago, corre el cotillón. El payaso de la fiesta corre por todo lado con unos calzones amarillos en la cabeza y la novia de tu mejor amigo te declara la guerra al llegar y te abraza, ebria, al terminar; eso sin contar con que tu mejor amigo se te declara apasionadamente mientras ella se va baño. Quería irme a dormir a las 12:15…
  4. La Psicodanza.- Una de las pocas veces que mi hermano habló más de 25 palabras en una noche, fue para opinar que, si la cosa era pasarlo distinto, podríamos hacer una psicodanza, que era una suerte de baile sin música, donde cada uno se expresaba según su propio ritmo y sentimiento. A las 12, empezó el bailongo. Yo bailaba ballet, al costado, mi madre se danceaba una huaracha y más allá, creo que mi hermana menor zapateaba… nunca me he divertido tanto.
  5. La Chamba.- Aquel año en que tuvimos un pub, abrimos al público e invitamos a familiares y amigos. Hubo película, karaoke, comilona y probablemente una mini borrachera. Por causa de aquel empleo, adoro estar un sábado en casa, en vez que de parranda. Sé lo que vale divertirse, para otros. Para mí, siempre fue trabajo, desde esas épocas.
  6. El Chupe y los Elfos.- El único año que la pasé con un galán, me llevó a pasarla con unos amigos (la verdad, yo quisiera haberla pasado sólo con él, pero en fin) que como él, eran arequipeños. Afanados en vivir sus costumbres, estaban entusiasmados en tomar el dichoso Chupe de camarones (que, por cierto, no se parece en nada a lo de la foto),   al día siguiente. Las mujeres nos la pasamos pelando camarones, mientras ellos se la pasaron bebiendo cervezas. A las 6am me sentaron frente a una sopa que tenía media taza de líquido, medio kilo de papas y 30 camarones. No pude terminarla y seriamente, se las juré al ex. Por cierto, le había pedido irnos relativamente temprano, pues horas después tocaba el estreno de Las 2 torres y yo no me lo perdería ni muerta. Mi venganza fue tener al novio despierto, a punta de pellizcones, en la primera fila de un cine en Larcomar.
  7. El Baileys.- Digamos que tal vez era un galán. Digamos que no tenía con quién pasarla, en Lima y le dije “¡hey, date una vuelta por casa!” Apareció con su botellita de trago, con ganas de pasarla lindo. No recuerdo qué diablos dijo (tal vez una impertinencia imperdonable), que me hizo detenerme en one, levantarlo del cuello de su camisa y mandarlo para la calle. Eso sí, me quedé con la botella de Baileys, que bebí hasta que se acabó, como a las 5am.
  8. El Piña.- Ese fue el peor fin de año de Chochi, creo. Para empezar, una chispa de sus luces de bengala cayó sobre su falda de tela sintética, que empezó a incendiarse, junto con el forro del mueble donde estaba sentada. Luego de ello, por una cábala de mi madre (que dice que el año debemos recibirlo con dinero en la mano), echó a una fogata de la calle (donde quemábamos los calendarios) un billete de 100 dolares, creo. Mi madre, contrariada, mirando las cenizas, era para un poema.
  9. Los años Stándar.- Ya he contado por algún lado que yo siempre limpio y lavo todo lo sucio, para que el año que llega me encuentre prístina. Así que mis años nuevos suelen estar dentro de lo tranquilo, lo sereno. Me tienen obsesionada con el orden y muy distraída para el resto. Subimos al tercer piso -el banco viejo ahora sí que no nos aguantaría- tenemos los bolsillos llenos de lentejas y dinero. Abrazados, miramos al cielo, que empieza a iluminarse con los juegos artificiales de todos los vecinos. No sé qué pensarán los demás, pero yo siempre deseo que, en vez de disminuir el número de los que nos abrazamos, éste crezca. Mi madre siempre me dice lo mismo, mientras me abraza y no diré qué es, pues deben suponerlo, si me leen con regularidad. Yo pienso lo mismo, cuando abrazo a Chucky, lo cual no es lo mismo de mi madre. Más bien es algo como: “deseo que seas lo que quieras ser”. Nos abrazamos pensando que cada año que pasa es inolvidable…

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