Flash Forward

Aquella pequeña e insuficiente primera vez, estábamos de pie, unas cinco personas, en una habitación llena de ventanales. Era una tarde de Julio, me parece. En el centro, un gran enredo de guirnaldas del año anterior. Todos estábamos en el afán de recoger alguno de los inicios y tratar de poner algo de orden. La puerta sonó y entró Gabriel. En aquel momento, al sostener él, aquel trozo de guirnalda enredada que había recogido del bolondrón ése, me lo quedé mirando, algo contrariada. Por algún extraño motivo, yo sabía que el extremo que él sujetaba, correspondía al mismo que sostenía yo. No era justo, pues. Yo trataba de que Gabriel no supiera que realmente me gustaba. Esta circunstancia estúpida estaba a punto de arruinar mis planes para hacerle sufrir como realmente se lo merecen los chicos de 16 años (yo tenía 15), que te ven linda y feliz. A los pocos minutos, él se acercaba, sonrojadísimo, para entregarme su parte (exactamente la misma guirnalda) y yo pensaba en lo asombrosa que era la mente, para anticiparse a las cosas o tal vez, para programarlas directamente.

A lo largo del tiempo, he visto en muchas ocasiones, aquellos ejemplos en los que la gente que me rodea, se anticipa a las cosas que pueden suceder. No, no hablo de causa y efecto; hablo de la completa casualidad, porque es realmente imposible prevenir ciertas reacciones, ciertas situaciones que acontecen. Algunas veces, he visto situaciones portentosas, otras, me he partido de risa porque es como si una ley de Murphy cumpliera con su objetivo, de la peor manera posible, y ante aquello, sólo queda reír, aunque no haga gracia.

Sin embargo, a mí, muy pocas veces me sucede. Pese a que siempre digo que detesto tener la razón, me es casi extraña aquella sensación de certeza. De hecho, tengo razón en algunas cosas, en base a mi pobre experiencia. No es un acto paranormal. Mi cerebro razona rápidamente y puede decirle a alguien “te vas a caer”, pero no veo más que aquella consecuencia de una acción que se puede repetir una y otra vez. Lo lamento, no soy cartomántica, no tengo el talento de algunas para ver más allá de lo evidente.

Pero una mañana, tuve la única certeza de toda mi vida. Me quedé ahí, congelada en el acto. Mi mente voló y regresó. Aún hoy, habiendo pasado tanto tiempo, sigo repitiendo esa sensación en mi cerebro; sintiendo el mismo escalofríos que tuve aquel día. Yo sabía qué sucedería, maldita sea, algún día. Yo sabía que, de alguna manera, ya no podía escaparme. Yo, que siempre estoy huyendo de todo lado. Aunque no me mueva. De hecho, huí. Pero vamos, cuando las cosas son inevitables, no importa cuánto corras, te siguen alcanzando. Caray, qué difícil es explicar aquello… saber el que el futuro te costaría la piel entera y aún así, hacerlo suceder… Y sin embargo, sé que no cambiaría absolutamente nada de lo hecho. ¿Es eso el Destino? (así, con mayúsculas) Pucha, ya ni sé.

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