Muerte en Venezia

Los seres hermosos nos conmueven. Nos obligan a revisar nuestra propia humanidad. Nos miramos en ellos y nos encontramos torpes, insuficientes. Si es una hermosura externa, nos paraliza en el intento de asirla. Si es interna, nos causa sozobra extrema, porque descubrimos una dimensión inaccesible, de aquellos que, elevados, tampoco nos ven.

La hermosura en sí, que a algunos no importa y que a otros perturba hasta la raiz más profunda del ser, suele ser absolutamente ignorante de la adoración que percibe. Así debe ser, imagino. Porque aquellos que logran descubrir que son idolatrados, se convierten en monstruos voraces… Ahí es cuando aquella gracia se torna en suplicio.

Bendita hermosura, cuando llega e inunda. Sobrecoge, ilumina, incendia, pierde. Maldita la suerte de los que no somos hermosos. Sólo miramos, horrorizados, aquellos sueños etereos que no entienden nuestras mañanas grises y el hambre de todo. Aquí, legión, departiendo todas juntas, discutimos sobre la poca coherencia de convertirnos en polillas que nos quemaremos ante la luz de una presencia inefable. Imagino que así debe de ser, hasta que seamos consumidas. Para que no quede nada. Ni siquiera el rastro visceral del hermoso.

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