La Vida Exagerada

Nos alocamos. Nos alocamos.

No me animo. No me animo a narrar mis usuales cojudeces cotidianas. No las virtuales, que para éso sólo tienes que leer mi timeline. Claro, ya sé que, de entrada me vas a mirar con el labio superior levantado en ángulo y la fracesita “eso no me dice nada de ti” y luego cerrarás la ventana. Ufff. No sabes lo que te pierdes, chéri.

Como sea, el asunto es que ya llegué a la conclusión de que me desequilibran a morir los trámites, sobre todo cuando vienen acompañados de un papelito que dice algo como “tiene usted 60 días para…” y me aloco. Incluso luego de escribir la frase anterior, corrí como insana desatada a ver los plazos de algunos trámites pendientes – me asaltó la duda de que alguno se haya vencido- y luego, al baño. Cosas de la angustia.

Mi madre me dice “¿te muñequeas, no?”, mientras me ve sostener, temblorosa, los papelitos de los dichosos trámites que parecieran no tener fin. Haciendo un flashback, sí, me muñequeo como la madafaca. Ya era mi costumbre, en mis épocas universitarias, equivocarme de aula los primeros días de clase, porque simplemente no había leido mi matrícula y horarios. Eso sin contar que solía olvidar las fechas de inscripción, entrega de documentos o tareas, recojo de credenciales y exámenes de todo tipo. Aún tiemblo, recordando a aquella funcionaria del Británico, que me trató con la punta de su taba, por llegar tarde a la entrevista del IELTS y que nunca me creyó que yo en verdad soy una nerviosa consetudinaria, que se olvida de absolutamente todo, hasta de que tenía que llegar un par de horas antes para dar un speech a una gringa. Por supuesto, de nada iba a servir alegar -tal cual hago en este post- y empezar a contarle, con lujo de detalles, cómo es que me recontra descomputan los trámites de todo tipo e intentar, ahí mismo, de sacar alguna conclusión al respecto. Claro que no, pues. Me fui derrotada (perdí el examen, perdí el caro pago y perdí mi autoestima) e intentando autokickearme como no tienes idea.

A veces pienso que el asunto de olvidar las cosas es como un aspecto suicida de mi personalidad. Algo que todos suelen tener en una medida, poco o más. Algunas veces he coincidido con otras personas que piensan lo mismo. Aquella actitud suicida que te hace esperar el último momento para hacer las cosas, para pagar impuestos; salir con las justas, de casa rumbo a una reuna a la que debes de llegar puntual; ir por aquella ruta, pensando “tal vez hoy esté menos congestionada”… entonces, los plazos vencen minutos antes; haces mal los trámites de los impuestos y tienes que pagar multa porque no tendrás más tiempo; no encuentras taxi o bus y llegas impuntualísimo a la reunión; caes en un atracadero de miércoles… Luego piensas que es la Ley de Murphy y no pues, es el Merovingio lo que resuena en tu cascada cabeza de huevo frito. Puta causa, puto efecto.

Entonces, intento establecer estrategias de vida para recordar lo cotidianamente necesario para no colapsar en el limbo de incompetentes. Me compro agenda, pongo notas en los calendarios, me cambio de posición los anillos de las manos, hago que los demás (cuando es una pena compartida) apunten los mismos acontecimientos o tareas o simplemente, me despierto a media noche para hacer aquel pendiente que, estoy segura, olvidaré al amanecer, cuando me despierte soñándote, como todos los días.

En tanto, esta exagerada vida de una exagerada mujer que exagerándolo todo, exageradamente cuenta lo que exageradamente viene a bien sucederle. Nada más, ni nada menos. Te dejo, que tengo que tramitar esta publicada, antes que venza el plazo o me olvide de hacerlo. Chau.

Pd. Le robo el título a Bryce. Lo mío sí es homenaje, no copia. Digo.

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