Lunática

Elisa Sonato

Vida agitada. El profesor de Italiano dice que soy un caso clínico; no puedo recordar nada en clase, pero mis examinaciones son buenas. La profesora de Francés me lanza a las cuerdas, tal cachascanista y me demuestra que mi instinto es bueno, pero mi memoria también es fatal. El profesor de Diseño Web me mira con reprobación cuando le pido que tenga en cuenta mis obligaciones contractuales y me deje menos tarea. El profesor de 3D se asombra de encontrarme en el laboratorio, a la hora puntual; se pregunta si es que yo duermo a la puerta de la clase. Me lo pregunto yo. Un par de amistades casi tiran la toalla, porque no logran encontrar el tiempo suficiente para verme o verles. Sin contar con mi propio empleo, que ya tiene su propia carga de stress, digamos que ahí nomás hay despelote que no tiene visos de calma. Calma y sangre fría.

Internamente -y ahora externamente, pues lo publico- me suelo lamentar un poco de que ciertas cosas tengo que hacerlas yo misma, yo sola. No, no hablo de aquellas actividades simplonas que algunas mujeres no conciben sin compañía – ir al cine, por ejemplo- sino de aquellas que suelen requerir más agallas y que a mi me tocan así, porque aún existiendo quien me acompañase, sé que igual tendría que hacerlas en solitudine o lo que es peor, por el carácter que los genes me dieron, teniendo que empujar a otro para que los haga. No es negocio, en ningún caso. En el primer caso, es mi negocio y qué diablos.

Resisto a mis genes y a millones de años de desarrollo evolutivo, para tomar el papel de damisela en urgencia, con pañuelito al aire y todo el rollo. Simplemente no puedo, caray. Me duele la conciencia y la precognición de mi propio ego, satisfecho, por to boldy go where no one has gone before y un largo etc. Me resisto a pedir ayuda, a levantar la mano y decir “estee, ¿me lo puede repetir, porfa?”. Me resisto -pero nunca gano- al embate del síndrome de abstinencia que me provocan ciertas ausencias; que tal vez nunca estuvieron…Me resisto y me pico, escorpión, con mi propia cola. Doy círculos y círculos. Pero voy en elipse, lo sé. ¿A dónde llegamos, los locos? Lo siento, Esther Vilar, pero tienes razón y estás equivocada. Las feministas también. Quiero ser liberada, liberadísima y pendejísima como las mocosas de hoy; pero cómo jala el monte, cielos. Mi cerebro funciona mejor para razonar que para recordar las conjugaciones en francés y los artículos en italiano. Quiero apapacho, en toda regla. Tremendo problemón.

Así, quiero contárselo a los 4 gatos que me leen (antes eran 3) y comentarles que yo, como siempre, quería hablarles de otra cosa. Hablar sobre temas de coyuntura, hacerme la panfletaria, telúrica y replética (por lo repleta de cosas qué decir), desgañitar, dar de escupitajos sobre los que se alucinan que saben todo -y cuyo asomo de duda inexistente me saca de quicio- o los que me pueden pintar de sectaria, racista, simplona o tal vez lloriqueante, porque miro desdoblada todo y encima, me converso sobre ello. Too complicated. A quién le importa.

El asunto es, como siempre, que le araño al presente, lo más posible. No tengo tiempo para decir más que ésto. El asunto es que me agota, en todo sentido. El asunto es que quisiera ése abrazo, ésa palabra, ésa sonrisa. Quisiera más papas fritas, una bebida helada, tal vez un set de canciones favoritas en la radio y un fin de semana donde tenga el tiempo suficiente para pintar y escribir poesías sin parar, viendo los felices dedos de mis pies, agitarse al son de la música. Quiero el silencio en compañía. En la suya, invariablemente. Maldita Primavera.

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