Detesto a las rubias

blond
blondies, what I hate.

Durante mi fabulosa estancia (léase con sarcasmo) en cierta facultad de arte de cierta universidad perucha, experimenté el fastidio de darme cuenta que la sociedad local no estaba preparada para la diversidad cultural, siendo un país en el que el color de la piel y el ingreso económico hace que la gente te acepte o te discrimine en todo lado. Desde aquella época las vi ya con sospecha, como se mira a aquello que no se conoce, por extraño, por lejano y por disforzado; porque, nenas, tienen que aceptarlo, las rubias son pocas, todas quieren serlo y por éso mismo, bien dijo Marilyn que se divierten más o las divierten, mientras el resto quedamos más bien como lo dijo La Loca de la Casa, haciendo un esfuerzo por lucir menos tontas…

Pero he de reconocer que peor que las rubias fulminantes (y naturales) son las wanna be, osea castañitas y el resto de coloridas que aspiran a pillar un porcentaje de la torta que se morfan las rubias y al respecto, hay mucho qué decir. Nada más peligroso que una falsa rubia. Te venderá la idea de que lo es, que lograrás tener el paradiso de su blondor, el estilacho adjuntado a tu look y que, por supuesto, te hará feliz. Obviamente, a ti te hablo, ganso galán que no logras (o no quieres) diferenciar una blondissima de nacimiento y una cucarachita martina que ha coloreado sus antenas. Todo sea por pillarte. Ah, las mujeres somos así, pues, modificando, cambiando, reparando, reencauchando nuestro exterior para poder vernos diferentes, para poder reinventarnos y tal vez complacernos, complaciéndoles a ustedes.

Recuerdo aquel día en el que decoloré mi cabello en búsqueda del rubio espectacular que me llevaría a experimentar aquellas situaciones increíbles que sólo les acontecen a las blondas, pero la madre naturaleza (que vive en mi cuero cabelludo, también) insistió en que yo llegaba a peliroja, nomás, casi el mismo color que Monica Delta (pero oh Dios, no su mismo peinado thermoformado) y yo me resigné amargamente a no verme cual Madonna en Papa dont preach, para verme más bien como una zanahoria que tenía que pintarse las cejas de marrón. Never again. Mis resentimientos por rubias y castañas (ya, vamos a incluirlas) llegaron a niveles incómodos, donde el recelo y la incomodidad al tenerlas cerca rallaba en la paranoia, dado mi impedimento en ser como ellas. Agarro mi cartera con ansiedad. Básicamente me había vuelto una racista, espectacular para detectar a las “producidas” y amando a la única rubia que no me sacaba de quicio, Lucha Reyes, por que, claro, ella no era una aspirante, pero lo era todo, sólo con un mal coffiure.

Entonces, asumido mi problema, entendí que mi urticaria mental venía de aquellas épocas universitarias en las que los profes preferían a aquellas privilegiadas que nada de culpa tenían, y les daban las oportunidades y el buen trato que yo tanto ansiaba (y que teniendo en cuenta mis accidentes posteriores, tanto necesitaba) con todo el descaro que les era posible, por que aquellos cabellos iban acompañados de apellidos nada peruchos y bueno, así es la hipocresía y qué culpa tenía yo tampoco. Luego, de entrada, me resigné a ser tordillo por el resto de mi vida (no es cierto, lucho contra las canas, pero va para otro post), me esforcé por mirar por encima de tintes y dizque tinkas genéticas, porque si así era mi fastidio por ellas, sólo Dios sabía a quiénes otros discriminaría por otros motivos por los que no me daba cuenta y vamos, así no juega Perú.

Entonces caí por Québec, una ciudad pequeña, repleta de ellas y no me quedó más que mirar dentro de sus mentes… la verdad, ninguna me ha defraudado hasta ahora. Estoy curada, señor psiquiatra. Deme de alta.

Epítome de las rubias listas. Blondie.

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