Un año

Plaines
Torres de vigía de los famosos "Planos de Abraham,"

Creativo título para decir que hizo un año -el jueves pasado- que estoy residiendo en Québec. Diría algo como “debo confesar que…” pero la neta, no necesito anotarlo; ha sido un año realmente complicado y estresante. Por momentos he querido tomar el primer avión a Lima, lloriqueando a moco tendido a escondidas por que hay aprendizajes recontra duros que son imposibles de imaginar cuando se planea un cambio como éste.

Vamos, éste texto no tiene la mínima intención de convertirse en un farol en el desierto de todos los que quieren migrar y más probablemente anime a los cholos reactivos a decir “¿Ya ves? Tú querías irte, ahí está pues” Cholaza yo, recupero el aire para decir que todas las posibles interpretaciones son igualmente ciertas. Acá ganamos todos, pero principalmente yo, al contarles todo lo que me ha ido pasando.

Extraño a morir la comida perucha. Otro punto creativo a mi favor…pero es la verdad… ahora, es muy tirado para el lugar común, porque acá TODOS los migrantes extrañan su comida, salvo que hayan pasado reales hambres en sus países de origen, en cuyo caso, todo les sabe rico. Pregúntenles a los cubanos, por ejemplo… Pero bueno, extraño mi comida. Québec es chico y sólo hay 3 tiendas que venden cosas para latinos. Una de ellas es de una peruana, que visitamos en peregrinación, para llorar sino llegó la crema Huancaína Alacena (no es cherry, pero podría) y saltar de una pata si hay Doña Pepa (tampoco es cherry, pero igualmente bien podrían hacerme llegar un par de cajas a casa…) y donde hablan español, lógicamente. Probablemente todo lo que se compre en los grandes supermercados de acá sea lo mejor del mundo, pero llega con unos días de cultivado, envasado y largo etc, que te quitan las ganas de comer cualquier cosa que resulte durar más de 3 días a la intemperie: éso no pasa en casa, donde todo es fresco y con un par de días máximo de cosechado, se echa a perder. Acabo, en cambio, de meter al horno unas zanahoras que llevaban 3 meses en mi refri quebecoise, las muy zombies…

Extraño el clima. Otra originalidad, pero a ver dime si no te deprime a morir salir a trabajar con una tormenta de nieve a -11°C o más, sin poder ver a menos de dos metros y teniendo que contar los paraderos del bus, porque no hay forma de saber dónde estás… o quizás, ver un día espectacularmente soleado en medio de la nieve… pero a -22°C. Estar de buenas, fotosintéticamente, es todo un ejercicio de autocontrol. Antes me hacía mucha gracia ver a los quebecos en bermudas, cuando el sol estaba a una temperatura sobre cero, asoleándose cual lagartos en Miami… ahora hago lo mismo (bien abrigada, que no estoy loca, claro). El verano acá es la primavera perucha, pero con tormentas al más puro estilo de Hollywood: caminas por la calle con un viento huracanado, tu sombrilla/paraguas se voltea por completo y tu cartera/casaca queda en 90° perfecto con respecto a ti. Encantador.

Extraño a mi familia y amigos. Apuesto que no te la esperabas… bueh… pues claro, se extraña la calidez latina… pero qué creen? Los migrantes en general también la pasan torreja al respecto. Los quebecoises son muy gentiles, pero casi imposibles de convertirse en amigos cercanos. Pueden hacerte una conversación por horas y luego irse sin pedirte ni tu nombre. Les asusta el conflicto, el grito, el parloteo en voz alta, la impuntualidad, la mentira. Fuera de éso, todo bien. He hecho algunos amigos invaluables (que espero lean ésto, también), entre quebecos y migrantes. Ellos se convierten en tu familia y comparten contigo el proceso de adaptarte, pero no es la misma cosa. Hay amigos que sólo están de paso; hay gente que no quiere ser tu amigo, sólo está cerca por las circunstancias y, me apena decirlo, a veces es mutuo. Algunos hemos quedado en el camino de otros y viceversa. Así es la evolución, el camino de la vida y etc. Pero vuelvo a decir que extraño a mi familia y ésa capacidad de estar juntos, haciendo nada. Sin embargo, la tecnología aparece siempre para ayudarnos. Lamento no poder contactarme con ellos y con mis amados amigos que dejé en Lima, con más frecuencia; a veces no puedo, ellos no pueden o la tecnología jode. Paciencia.

El trabajo, ésa actividad que me fue esquiva en Lima pero, que desde que estoy acá, aparece como una certera posibilidad que me hace pensar que el asunto era que estaba equivocada de hemisferio. Gracias a aquellos amigos que dejé en Lima, encontré chamba en uno de los diarios más importantes en Perú. Todo es una cadena de acontecimientos, oie. Si no fuera por aquella columna semanal, mi jefe quebecoise no me hubiera contratado, probablemente, pues se dio el trabajo de googlearme y llegó a ellas. He recibido otras ofertas de empleo sorprendentes, pero algo tarde. En este momento, el sitio donde me encuentro, es perfecto. Pero, para llegar a él, trabajé muchísimo en varios sentidos. Nada ha sido casualidad. Nada lo es. El fucking proceso del que no te das cuenta, pero ahí vas haciéndolo, años tras años. Sobre todo, sin desmerecer ninguna experiencia, porque TODO vale luego, aunque no lo creas… aún recuerdo aquellas mañanas en las que “peinaba” zonas como afiliadora para una AFP… o aquel empleo en una franquicia que se fue a la quiebra… o mi fallido intento de tipeadora de contratos… bueh, todos somos -en alguna medida- mil oficios.

Finalmente, mis respetos para los que se han quedado en casa. Los que siguen peleándose con el tráfico de mierda, con la manera de pensar cerrada y racista de una sociedad a la que le faltan tantas cosas, siempre; mi sincera mirada de admiración para los que siguen haciendo la diferencia, a pesar de todo y todos. Igualmente, mi comprensión para los que ya no estamos allá, porque hay cosas que te salen de las entrañas, que te hacen irte, aún sabiendo que adaptarse te hace el espíritu girones. Pero sólo los que salimos fuera -y varios iluminados que se quedan- sabemos lo que de verdad merece nuestro país, nuestra ciudad, nuestro barrio. Disculpénnos por no estar. Pero es más fuerte que nosotros y a veces, cuestión de vida o muerte. No saben la envidia que nos da mirar éstas ciudades ajenas donde todo es diferente, a veces con tan poco; no saben lo tristes que nos sentimos cuando pensamos que ustedes también merecen la misma oportunidad que nosotros, de tener aquel tímido éxito. Y para que no nos envidien tanto, sepan que detrás de cada una de ésas historias, hay lagrimones que nunca se cuentan.

Como sea, un año increíble, donde todos los días se aprende algo. Aún perdiendo, se gana una experiencia, una idea que se tatúa en tu cabeza y en tu corazón. Por eso, cuando algunos regresan, miran todo distinto. Yo no sé si vuelva, aún. Sólo sé que éste ha sido, realmente, el año más trascendental de toda mi vida… y quiero que se repita…

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