Trenzas revueltas

 

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Escribo disciplinadamente, desde los 15 años, sin más pretensión que la de leerme yo misma. Algunas veces he tenido el descaro de mostrar lo que escribo a otros, sin importar distancias y circunstancias.

Escribir me ha salvado de la añoranza, de la depresión, del mal de amor y de la muerte. Desde aquella pequeña lista a pedido de un psiquiatra, hasta algunas historias que algunos leyeron.

Escribir me ha metido en problemas con quienes piensan que decir lo que siento es incorrecto, que intentan corregirme la plana y decirme cómo debería pensar u opinar (o mejor si no lo hago) sobre vivir en éste planeta.

Escribir, para enseñar a amar a otros, que tal vez no se lo merecían. Ensayando como siempre, las mejores figuras para desgarrarles algo (la verdad, fregarles la existencia), obsoletas, ridículas en forma, pero dolientes en fondo. Perdiendo delicioso tiempo, pero aprendiendo… a dejar ir.

Sin embargo, me digo que, a pesar de lo vivido, las historias no me dan permiso de ser contadas, salvo aquellas en las que mis demonios no son los protagonistas. Para ellos, Legión, está la poesía, la hemorragia de las entrañas que no comulga con nada y que pelea para no parecer un Arjonismo. Jolicao.

Luego, el silencio.

También está todo el asunto de ésta estancia física en donde lo dejado es fantasmal, pero aún te tiene cogido del cogote. Tal vez sea tiempo para que insista con Floritas, con mujeres que flotan sobre los campos, con cartas a soldados que no volvieron (y oh Señor, que espero que no vuelvan). Ésta atrapasueños vuelve, pero se va; se ha ido hace unos años y tiene que aceptarlo. Todo comienza, again.

 

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