Aún invierno

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Agotamiento. Llegar a casa con la mente tan llena de cosas, que lo único que te dan ganas es de ponerte frente a una pantalla y mirar lo que aparezca. En el fondo, mirar la nada, así fuera la estática, dado el caso. Miraría por la ventana del apartamento, pero en éste infierno blanco, no hay más que lo mismo y -de vez en cuando- el pequeño camión quita nieve que pasea por dentro de la unidad vecinal en la que vivo y acumula cerros de raspadilla que me impiden ver al vecino, o que él me vea a mí. Privacidad, al menos.

A modo de terapia, me pongo a remendar algunas cosas de uso diario y lógico deterioro: un par de guantes, argentinos, de delgadísimo cuero, que me permiten digitar sobre mi teléfono, a temperaturas bajo cero; unas medias de alpaca que se resisten a morir en su lucha por mantener mis pies calientitos… Un año atrás la terapia había incluído tejer a grochet una chompa horrorosamente colorida (pero feliz) que no he logrado ponerme por segunda vez.

Los inviernos dejan de ser menos duros, sentimentalmente hablando. Dejo de pensar en lo que algunos hacen en mi antigua casa, mi nostalgia se va acomodando a situaciones y sabores específicos (peruana, hablando de comida es casi un cliché, pero es lo que hay), me vivo acordando sobre las cosas que dejé y sobre las que no quiero volver. Me vuelvo a decir, como cuando era adolescente, pero sin el resentimiento trágico de aquella edad. que no hay nada que el tiempo no lleve a su sitio correcto: los sentimientos, la gente, las cosas. Sólo los sueños, que van evolucionando, sobreviven perennes, pendejos.

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