Mi vecindad

Mi pirámide al fondo. Aún no oscurece.

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Me provoca, se me antoja, la bulla de la gente. El silencio a veces es una pared helada sobre la que no dan ganas de apoyarse, aunque otras veces te sea indispensable. Mientras tanto, la habitual calma de mi edificio se ve perturbada por mis vecinos estudiantes, fumones y borrachosos. Uno de ellos toca el violín con poco talento, pero no tortura y hasta es gracioso de oír. No sé si es otro, el que se sienta a echarse un porro las tardes calurosas, cuyo humo entra directamente por la ventana de mi habitación, mientras intento conciliar el sueño; pero sé que es el mismo que camina a zancadas por su habitación, trae a alguna chica para cuchichear, tirar o quejarse amargamente del desgraciado de su padre. Tal vez no sea aquel que sale apuradito, con su lonchera y corbata, rumbo a algún trabajo gubernamental (a éso se dedica la gran mayoría en esta ciudad), con la cara lavada y semi dormido.

Mis vecinos del costado, colombianos y mormones, con dos hijas en un minúsculo apartamento, no pueden -o no quieren, como será- que las niñas dejen de llorar y gritar. Tal vez sea la única manera de expresarse de las pobres (su madre les habla a los gritos) y con ello, la tortura para el resto del edificio, que se aguanta como los machos las grescas entre ellas o los tremendos conciertos de alaridos cuando entran o salen de casa. Si me los encuentro, les saludo cordialmente y hago algún mohín cariñoso a las nenas, que siempre terminan sonriendo. Sus padres me miran con recelo y sonríen también, con algo de incomodidad: soy una pecadora. Ya me enviaron un par de veces a sus correligionarios, para “darme la buena nueva”. Imagino que es su modo de ser gentiles conmigo, quieren salvarme del infierno.

Del resto del edificio, sólo avistamientos; algunos estudiantes, una pareja interracial deportiva y silenciosa… y yo, otro ser solitario que aún tiene miedo de salir a su balcón a sentarse a leer, que desayuna, come y a veces cena en la mesa de centro y que, si está de buenas, siestea llena de cojines en el piso de tapizon de la sala. Gente rara.

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