Amistades de la inmigrante

friends
Les amis.

 

La soledad es un ancla de muchos en esta ciudad… o tal vez un peso muerto del que no consiguen desasirse. Alguien que conocí aquí me decía orgulloso que tenía un grupo de amigos que aún conservaba. Eran de su época de estudiante. Sin embargo, nunca podía pedirles irse a tomar una cerveza o reunirse espontáneamente en algún sitio: los veía una vez al año, en una reuna hiper planificada, en la que todos hacían el esfuerzo de volver a interesarse sobre la vida del otro, aquel al que se volvería a recordar al año siguiente, pero olvidarse olímpicamente todo el tiempo entre ambos eventos. Me horrorizó, viniendo yo de una cultura donde el plan es que, generalmente, no haya plan, donde la gente se junta dependiendo de cómo va la semana, salvo que sea una reunión verdaderamente trascendental, planificada para ser inolvidable. Pero luego ves -aquí como allá- que la gente va haciéndose adulta y que las obligaciones empiezan a copar todo aquel tiempo libre, sobre todo si ya formaste una familia. Luego está aquel asunto muy nórdico y muy adulto de aquellos que simplemente, no quieren frecuentarte y no logras verlos nunca más, por más que lo intentes.

“Las amistades se cultivan” decimos siempre; of course, pero sólo si los otros también quieren. Tal vez el ansia por pertenencia se me nota en el corazón y a muchos de los que ya no me frecuentan, les incomodaba; esconderla sería dejar de ser lo que soy y mis raíces.  En ésos términos, comprenderán que el asunto amical no parece ser mi fuerte; tengo una frugal cantidad de amigos por acá a los que trato de contactar de tanto en tanto y que aprecio muchísimo siendo que, en muchos casos, se convierten en la familia que voy construyendo en estos lares. Apreciados amigos, delicadas relaciones que -desde mis limitaciones- deseo siempre mejorar.

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