¡Felices Fiestas!

Todo termina y también empieza.

Dan ganas de decir “otro fin del año” al iniciar el post. Tal vez decir también “otro post” en uno de los años más extraños de mi estancia en este país. Siguen siendo días de horas de treinta minutos. He seguido yendo a la oficina caminando, sin temor a las tormentas de nieve – gracias, fenómeno del Niño- y viendo a mis compañeros de trabajo deprimirse por la blanca Navidad ausente, mientras yo no tengo el desparpajo de decir que adoro las Navidades sin comer nieve a todo el que quiera escucharlo. Felizmente esto es -aunque varios lo dudemos- también Canadá y se van a quedar respetuosamente callados, salvo que les hinches las pelotas, lo que no sucede constantemente, thanks God.

 

Me he equipado para un invierno que llegará tarde. Tengo, ahora sí, el pasamontallas soñado que impedirá que me caiga nieve en el ojo, la chalina que no deja pasar el viento helado, ropa interior de polar (no pregunten cuál atuendo), el abrigo y las botas perversamente perfectas para el usual clima local. Pero bueno, también tengo la actitud… la actitud de soportar el congelarme en el paradero mientras el bus decidirá demorar en llegar. Tengo el ánimo arriba, las ganas de no dejarme matar por el frío, por la soledad (temporal) ni por la prematura oscuridad maldita que te friega los planes y te hace querer irte a dormir a las 5pm durante varios meses.

 

Mi pequeña vida social se desarrolla entre cenitas corporativas y visitas a queridos amigos. Me empiezo a horrorizar al sentir que incluso nuestros encuentros deben ser planificados como si fuera la visita de algún mandatario: “Estoy saliendo. Boba saliendo.Estoy a mitad del camino. Espera, el bus no tiene cuándo pasar. Boba espera. Al fin. Sep, estoy supervisando las paradas de bus. Lo hago por mi App del sistema de transporte y con google maps. Me da un roche horroroso que vean que estoy con el mapa abierto, así que ando discreta nomás. Estoy por bajar. Listo. Estoy llegando. ¡Boba llegando a punto de encuentrooo!”. Besos y abrazos con los que tienen agendas tan extrañamente recargadas, con los que puedo ver un par de veces al año… y viven en la misma ciudad conmigo. Es deprimente.

 

No, no hago evaluación anual personal para no deprimirme. Eso es para el dia de mi santo, donde, encima, logré descubir que me acababan de salir arrugas en la frente, inexistentes la semana anterior. Un kilo de crema hidratante sin extender y el suspiro resignado de quien tiene que “envejecer dignamente” por que las circunstancias y el clima lo requieren. Empiezo a sentir que tal vez debería tener en cuenta la edad cronológica que llevo y dejar ciertas costumbres fuera. Me quedo rumiando todo el rato mientras camino por las calles heladas, rumiando buenos propósitos para el año que se avecina. Llego a la conclusión de que siempre seré demasiado joven para dejarme llevar por lo que cualquiera pudiera opinar sobre mi propia vida : Estudios, proyectos, desafíos diarios que sólo dependen de ésta mujer que se mira al espejo y tal vez empieza a reconocer -no sin cierta sorna- a quien él refleja.
Se les desea lo mejor. Quédense conectados. Hay mucho qué contar. ¡Felices Fiestas y un FABULOSO (hey, why not?) 2016!