El rincón de la felicidad

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Un espacio del departamento nuevo que ocupo tiene todas las cosas que me gustan y que llevaría siempre en mi maleta si fuera una nomade. Libros, cuadros, juguetes, algunos recuerdos de casa. Un par de libreros los cargan y en ellos parece que guardo lo unico que en verdad aprecio. Este rincón es un muro donde poso la mirada luego de un día en el que el desaliento me quiere pisar el poncho.

He plantado mi tienda aquí. He escogido ésta ciudad. Antes, las circunstancias me obligaban a estar en otra, que francamente me dió todo un ejercicio de soledad. No quiero ser ingrata con los amigos que dejé, pues, aunque han sido pocos, se convirtieron en irremplazable compañía del inicio de irrepetible aventura (no me jodan, no hago ésto dos veces). Pero ahora estoy donde quiero estar, donde debo ser lo que quiero ser. Me lamento llegar en el inicio de mi adultez, pero no hubiera habido manera de hacerlo antes y no hubiera tenido las herramientas que tengo ahora. Es increíble ver hacia atrás y entender que cada paso dado, incluso los errores más idiotas, han servido para vivir lo que vivo hoy.

He dejado de tenerle miedo a ésta ciudad. La siento tan viva, tan llena de historias de gente que va a contármelas. Tan llena de algún amor que -espero- me espere y bueno, llena de oportunidades que intento arrebatar antes de que se acabe el verano que recién ha empezado. El miedo a lo desconocido sigue, como una segunda piel, pero está acompañado de la extraña certeza del discreto triunfo continuo de quien nada tuvo y ahora va logrando pacientemente su « todo », que no suele ser lo que dicen los demagogos, sino lo que a cada quien le acomoda : la armonía.

Mientras tanto, camino tímidamente las calles de mi barrio italiano/montrealense y me siento sola (por poco tiempo, ya me dije), pero menos lejos de casa.