Crónicas de Montréal 4. Hay amores y el sufrido networking

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Siempre digo que soy tímida. No entiendo porqué diablos nunca me lo creen. Tal vez sea porque no están dentro de mi cerebro para ver cómo ensayo las conversaciones, cómo agarro valor para mandarme a meter letra a la gente y cómo andan mis movimientos peristálticos antes de atreverme a ser “social”. Lo único que vé la gente es a una mujer de mediana edad (omg, ¿he escrito “mediana edad”? No soy una chiquilla pues) que sonríe, a veces con el vasito de trago en la mano y pregunta interesada sobre algo que tal vez a nadie le interese preguntar. Porque así es una, curiosa…curiosa profesional, como digo en mis perfiles profesionales. Porque un periodista (como yo siempre seré) es un curioso por default, alguien que necesita saber más; tal vez no con fines de chisme sino de descubrimiento y de ayudar a descubrirse al otro. Porque cuando te dicen “vaya, no sé porqué te he dicho éstas cosas”, sabes que has logrado tu objetivo cuasi filantrópico, oe… y ésas historias se quedan en tu cabeza y a veces, en tu corazón.

Como sea, sigo teniendo problemas para ser malinterpretada, incluso aquí, en el primer mundo. Si me muestro muy amigable, es que estoy buscando ligue. ¡Yo sólo quiero una buena conversación, algo tan echado a menos en éstas épocas de avalancha tecnológica! Que sea en cualquier idioma en los que soy capaz de comunicarme. Decepcionante y a veces de susto, cuando debes salir casi corriendo de un evento para poder librarte de alguien. Curioso, no pensé que me pasaría aquí.

Igual, no es que una vaya con el cartel del romance, pero caray, la falta de sorpresa es igualmente decepcionante. Es como si supieras por donde van las conversaciones, por dónde van los gestos y las historias no quedaran para luego, sino para hasta luegos. Capici?

Tal vez sea la edad que me hace menos tolerante a las estupideces. Tal vez sea que, simplemente, ya sé lo que quiero para mi corazoncito pechocho. Tal vez sea que espero el deslumbramiento. Alguien que me saque del ahogamiento de lo cotidiano. Mientras tanto, queda el (sufridísimo, para mí) networking para encontrar oportunidades laborales, el sudor frío para introducirme en una sociedad que vive de él y esquivar, con gran elegancia, a galanes confundidos.