Crónicas de Montréal 6.- Las historias y sus dueños

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Nunca en tan poco tiempo como el que llevo en ésta ciudad, me he cruzado con tanta gente que me cuente sus historias. Muchas veces ha sido sobre el griterío de un bar, tal vez esperando un bus o en medio de una clase. Mi vida en la Ville (La Capitale Nationale) había sido bastante solitaria, llena de historias mías, de constante -y desesperante- autocontemplación, de auto medición sin tener con quién comparar mis experiencias salvo con un puñado de amigos a los que veía cuando se podía. Era como mirarse al espejo todo el tiempo, desnuda. Un acto constante en el que se termina creando versiones de una misma con la cual conversar. En breve: me estaba alocando.

En cambio, aquí, la palabra del otro se desparrama en todo lado. Mi caparazón se ha vuelto a abrir y he dejado mi coocoon para observar y escuchar. Sobre todo, escuchar. Porque todo el mundo quiere contarte algo, de alguna manera.

Sin embargo, me sigo sintiendo una invasora que pretende contar ésas historias y en ello me descorazona, porque no me siento lista. Tampoco quiero hablar de la mía (aunque algunos crean que yo tengo algo qué decir), sino la de ellos. Es que la develación de aquellas me parecen tales infidencias que simplemente no puedo siquiera empezar. Sólo puedo dar chispazos: la soledad frustrante del padre que dejó todo para que sus hijos tuvieran una mejor oportunidad de vida, por ejemplo. Tampoco la de aquel que recuerda con amor las vacaciones familiares de la infancia en un lago, en un país que ya no es el suyo; o de aquel otro cuyos mejores veranos fueron recogiendo el sembrado en un pueblo remoto al que no volverá. Ni siquiera la de aquellos que vinieron luego de huir a mitad de la noche con lo puesto, hacia un lugar donde nadie les amenazare de muerte por sus creencias religiosas. Muchas conversaciones, muchas más.

Y así, sus historias siguen siendo suyas. Imagino que algún día seré capaz de contarlas por completo, de crear aquella hermosa filigrana que hacen tan bien los escritores de verdad y que yo imito pobremente. Tengo fé.