Crónicas de Montréal 7.- El Monte Real

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Nada de selfies, oie.

Me miró desde su café y me dijo, ¿En verdad no conoces el Mount-Royal? Pues no, dije yo, algo avergonzada. Vivir ya tres meses aquí y no haber visitado todos los puntos principales de la ciudad, incluso cuando era turista. Me doy verguenza a veces. Es una mezcla entre desidia y tranquilidad.  Pero no he hecho una lista de cosas a conocer, aquí. No escrita, al menos. Es una lista virtual, que olvido todo el tiempo y que, cuando alguien me lo recuerda, se me sale un “ahh, sííii…” y ya está, veo fechas, horarios y generalmente, me lanzo sola. Esta vez, sin embargo, estaba él y su café y ésa camisita a cuadros que le hace ver como un adolescente. Bueno, en serio. No conozco el cerro ése, dije yo. Listo, vamos mañana, dijo él. Pero mañana probablemente lloverá. ¿Y? Que odio caminar bajo la lluvia torrencial, con rayos y truenos, digo yo. No importa, dice él. Vamos temprano, digo yo. ¿Cómo que temprano?, protesta él. Lloverá, me vuelvo a quejar. ¡Es domingo!, gimotea. Me lo prometiste, digo, triunfante.

Es decir, ahí estaba yo, pilas, 10 am, lista para la caminada, bien acondicionada : zapatillas, bermudas, harto bloqueador solar y una botella de agua helada. Ya, no me digan que hay equipo extra… tal vez una app que cuente la distancia/calorías, ¿y qué más? En fin. Saliendo desde la estación del metro Mont-Royal, (no sorprende, lo sé, tiene casi el mismo nombre), rumbo al parque. En una vista aérea de la ciudad uno se percata de que es un espacio central dentro de una gran urbe que también está llena de jardines. De lugares donde las actividades se centralizan, a veces bajo la copa de los árboles o al borde de alguna fuente. Igual aquí. Mount Royal es un gran monte que mira sobre la ciudad, hacia el río y hacia el resto de la provincia. Creado con gran pompa y procesión más o menos por las mismas épocas en las que en mi país estábamos al borde de una guerra de la cual muchos no salieron. Intento imaginar la imagen de una ciudad pequeña como la mía, que consagraba todo a sus santos católicos, caminándose en peregrinación el tremendo y largo tramo de aquel parque que ahora está lleno de familias de todo tipo, turistas curiosos y deportistas que marcan sus tiempos in the search for the perfect body.

Sube, entonces, todo el mundo. Sube un bus, pero nunca nos enteramos nunca por dónde. Nuestro fin era caminar hasta la cima. Mi anfitrión no paraba de hablar, tal vez por que no lo hace muy seguido o porque simplemente le asustan los silencios. Pero caminar para mi era justo un silencio reflexivo, por donde sea que me toque hacerlo. Sinceramente conmovida por aquel pequeño bosque que ha sido conservado por más de un siglo, por aquella necesidad de tener contacto con los espacios naturales. Algo que en casa hemos olvidado, porque vivir frente al mar parece bastar para mucha gente que vive rodeada de cemento y un pequeño bosque es, para una ciudad en el centro de un continente nórdico, como mirar la inmensidad de mi mar helado de Lima.

Aburrido por mi silencio contemplativo, no sólo del paisaje si no de la experiencia, él pensó que estaba cansada y no tuvo paciencia. Tengo un partido de futbol al medio día, me dijo. No hay problema; me quedo un tiempo más, le respondí, sonriendo. Mira tú, vivo tantos años aquí y nunca me he tomado un selfie, dijo. Se fue, dejándome ahí, soñando. Hay que volver.