Crónicas de Montréal 10.- El Dedo Ilustrado

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Demasiada agua bajo éste puente.

Hace 12 años y dos meses me animé a crear un blog y a escribir en él. No fue mi iniciativa. Fue la de mi querido (y cargoso) amigo cometa. Aquel chico que conocí una tarde varios años antes, luego de haber spameado a todo el IPP con un correo en el que buscaba gente para armar un grupo de rock… y fallar ridículamente en el intento, salvo por conocerle. Milton, que así se llama aún mi amigo cometa (chapa bien ganada porque él nunca se estaba quieto en ningún lugar), me cargoseó con otro blog, el cual me parece debe ser éste. Mi primer post fue tonto, curioso, breve, pero no el único, en una cuenta Blogger de la que que migré a WordPress en el 2009. En todo caso, escribía con tal febrilidad que me pareció una excelente sugerencia para alguien introvertida como yo: la gente podría leerme sin tener absoluto contacto conmigo. Lo haría escondida con un pseudónimo que aún conservo. Me escondería en la privacidad de mi habitación, en el silencio de una biblioteca, en la esquina de una cafetería, literalmente en cualquier lugar que me permitiera aislamiento. Así ha sido durante 12 años… sin darme cuenta.

Sin querer, entonces, aquel blog se convirtió en una prolongación de mi bitácora personal. Escribí sobre todo lo que pasaba por mi mente y por mi vida. Sobre amores, desamores, temores, horrores, frustraciones y maravillas. Escribir aquí me motivó a desarrollar otros proyectos, con menos miedo, sabiendo que, tal vez, había logrado decir un poco de lo que siempre deseaba decir, pero sabiendo que nunca podía hacerlo a cabalidad. Escribir LA obra. Algo que descubres que no llega a ser posible desde tu perspectiva (tal vez los lectores dirán otra cosa, pero alguien que escribe nunca está satisfecho sobre un texto, simplemente lo abandona, agotado), sobre todo cuando te adentras en otros idiomas y descubres que hay muchas cosas que tu lengua materna es incapaz de explicar; pero tampoco lo hacen aquellas otras que intentas dominar: porque desnudarse completamente el alma es una vaina intraducible que tal vez se descubra como una epifanía con el último suspiro de vida. Jodido, lo sé.

Pasaron huaicos, tormentas, terremotos por acá. Pasaron abandonos, retornos, exploraciones, reconocimientos y cambios verdaderamente alucinantes. Vinieron experiencias, gente, lugares, todo nuevo. Dejé de ser la opinóloga asignada, con la felicidad que da la edad y saber que, efectivamente (qué alivio), uno no puede -ni tiene- la obligación de saber de todo. Ahora soy yo la amiga cometa, la que anda en otro lugar del mundo, la que quiere contarte todo lo le viene a la mente, todo el tiempo. Con el mismo entusiasmo tímido del primer post. Sin ínfulas. Soy la loca que sigue escribiendo.