Crónicas de Montréal 11.- El invierno que no llega aún.

Montréal.
Montréal, je vraiment t’aime.

 

Estamos oficialmente en otoño. Sin embargo, me niego a hacer el usual cambio de ropa en los roperos y cómodas, esperando el duro invierno canadiense. La culpa es de ésta ciudad, en la que el frío aparece un día sí y otro no, en el que todo se puede solucionar al amparo de un libro y una bebida caliente… o una buena cerveza y una interesante conversa.

Tengo los tuppers gigantes (algo que se usa mucho aquí para guardar cosas) fuera de sus lugares habituales, con el afán sincero que el invierno no llegue, de ser posible, en éste año. Le doy largas a las limpiezas profundas, a los reacomodos, a las despedidas de aquellas cosas que volveré a ver el año que viene. Me resisto a dejar pasar éste tiempo de felicidad que he estado teniendo aquí. Jode pasar página.

Claro, la naturaleza hace lo posible por hacer llegar el frío polar, dosificándolo y mostrándonos paisajes que parecen el lugar perfecto para los encuentros amorosos inolvidables o la invitación obligada a la depresión, como quieras enfocarlo. Me hace pensar que, sinceramente, la posibilidades quedan siempre abiertas al descubrimiento y el disfrute en ésta ciudad, salvo que escojas pasarla mal (en todo caso, tú te la pierdes). Los restaurantes cierran sus verandas, las charlas se mudan a los interiores y la gente camina rápidamente hacia los lugares abrigados, dejando las calles desiertas a partir de horas tempranas. El sol es algo esquivo y se oculta demasiado rápido y éso entristece. Así lo hará por mucho tiempo. Pero el frío es soportable y dado que hay siempre para dónde ir, no impide visitar lugares, conocer gentes. Vivir.

Qué cambio tan feliz comparado con mis otoños solitarios en aquella otra ciudad fantasma, donde las estaciones llegan cual reloj, salvo el verano. Un año recuerdo haber cerrado, casi congelada, la ventana de mi sala, descorazonada, un exacto 23 de septiembre, para no volverla a abrir una mañana de junio del año siguiente. Sin embargo, aquí… aquí el invierno demorará un tiempo más, arrullado por el canto de las hojas que caen sin parar y que mucha gente no tiene la obsesión de limpiar, formando alfombras de tonalidades doradas y naranjas. El invierno llegará más tarde, es evidente. Todo en ésta ciudad, donde se supone más agitada debe ser la vida, va en el momento correcto. Mis tiempos vuelven a sincronizarse con los de otras personas. El frío polar toma su tiempo en arrivar y pareciera que el mundo vuelve a su sitio. Arrullada ahora por ésta hermosa ciudad, quiero quedarme siempre, suspirando y buscando el -ya saben- florecer.