Crónicas de Montréal 12.- En lo que esperamos

Dreammy/ Octubre 30, 2016/ Español, Personal

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Uno se aferra a las rutinas. A veces sin darse cuenta. Aunque deteste repetir actividades, como yo. Porque las rutinas dan una sensación de tranquilidad, de orden, de estabilidad. Sobre todo en momentos donde la incertidumbre es parte de lo cotidiano, como en mi caso. Mi vida, como siempre, está cambiando. Nunca puedo tener certeza del rumbo que tomará, sólo puedo decidir cosas a un mediano plazo, con la esperanza de no necesitar planes B, C o XYZ… y rezar para que el curso de aquellas decisiones no me lleve al error ireparable… que no es la muerte, mon dieu. Sin embargo, salvo la muerte, todo es remontable, reparable, repetible, mejorable y sirve para aprender. Pero he aquí que la vida te pone en situaciones en las que, sabiendo que hay soluciones, tienes que jugar tus fichas sin saber si realmente la vas a chuntar. Para pasar el rato, mientras esperas si son peras o manzanas, están aquellas rutinas que te pueden ayudar a paliar la deseperación que se siente al estar tras las bambalinas de tu propio biopic: ¿Ahora cómo hará tal o cual cosa? ¿Conseguirá tal o cual empleo? ¿Aquella irritación cutánea que le ha salido es cáncer o qué? (una broma pues oe)

En mi antigua ciudad tenía algunas rutinas que trataba de no dejar de hacer, llueva o truene. Los domingos, por ejemplo, me daba un gran baño de tina al final de la tarde, mientras veía un episodio de mi serie favorita y me echaba porras para sobrellevar mi semana con olas de agua tibia y abundante y perfumada espuma. Mi semana solitaria en la que, aunque hiciera un frío polar, iría alguna vez al cine a media semana o a comerme unas papas fritas mientras devorara un nuevo libro, algún jueves o viernes. Pero eran los domingos, donde me arrullaba a mí misma. Me decía que todo iría bien, porque como Rexona, Dios tampoco abandona, porque ahí anda una con el mazo dándole a las cosas, para que las cosas sucedan y etc.. Una rutina para paliar toda la incertidumbre siguiente.

Desde que estoy aquí tengo algunas actividades que he convertido en rutina, con aquel mismo fin: poner algo de orden y estabilidad a una estancia que recién empieza y que, como siempre, me aterroriza experimentar: Vivir sola en una ciudad desconocida, donde intento encontrar un empleo, hacer amistades y con suerte, pillar un amor. Mis sencillas rutinas me dan un orden, una disciplina que cumplo a raja tabla de la que luego tomaré el espíritu para poder desempeñarme en mis otras labores semanales, absolutamente inciertas, angustiantes, sobrecogedoras y jodidamente dependientes de las decisiones de otros. Porque ése es el punto: que no dependen de mi y mis ganas de arrasar con todo. Depende de alguien sentado tras un escritorio, de un otro tras una copa, de un tercero tras un ordenador…

En ésta linea de pensamiento, sé que mis rutinas cambiarán con el tiempo. Habrá algo, alguna actividad, que requerirá mayor importancia y tendré que cambiarla, dejando de hacer la anterior. Tendré otras prioridades, administraré mis tiempos de otra manera. Pasarán los años y tal vez no pueda realizar muchas de las actividades que ahora amo, sea por la edad o una enfermedad jodida que me impedirá gozar de aquellas pequeñas felicidades. Porque las estabilidades, con la edad, son cosas que aprecias, ésas alegrías instantáneas que te hacen sentir furiosamente vivo…y por éso las repites tozudamente.

Empiezo a entender, con aquella tristeza torreja que da la madurez, que no hay nada eterno; es simplemente que hay cosas que llegan a superponerse antes de que otras terminen. Por el momento, entonces, éstas son mis rutinas. Sólo me queda desear que las que vienen, sean más edificantes, especiales, inolvidables.

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