Crónicas de Montréal 15: Digamos muchas cosas

Es verano, otra vez.
Otro año en el que digo “caray, éste último ha sido el mejor de mi vida” y luego sé que será destronado estrepitosamente por el siguiente.
Otro año en el que pienso que ésta ciudad es maravillosa y me vuelvo una nazi cuando alguien me dice que no, que “más o menos, la verdad” y yo quiero sacarlo a empujones del sitio. Muere, bellaco.
Otro año en el que los retos se suceden, interminables, pero, oh sorpresa, me lanzo sobre ellos, con un “jerónimo!” entre los dientes y a ver cómo se resuelve todo, porque no hay forma de evadir las cosas, salvo enfrentándolas de una vez.
Pero.
No es un año cualquiera.
Están pasándome cosas que no puedo controlar. Alguien me ha dicho “ya me tienes” y me he quedado mirando a las estrellas, bajo el cielo descubierto de ésta ciudad, boquiabierta, sin ganas de replicar, sin palabras, yo que siempre las tengo todas. Me siento confundida y mis superpoderes se ablandan, chorreándose con los sencillos argumentos de alguien que se ha quedado en medio de mi Legión, sin encontrar nada raro ahí.

Entonces, hay otros retos, encima. Van de lejos mis ansias de ser cada día una versión mejorada de mí misma, para mi. Me estoy convirtiendo en una versión corregida y aumentada, a causa de las pruebas que me pone aquel que me tiene sujeta y que no me quiere dejar ir.

No me quiere dejar ir. Qué genialidad es ésta. Me da más miedo que quedarme sin empleo.

Arfff. Debería hablar de lo espectacular que es Montréal. De todo lo que es posible hacer en este verano donde la ciudad cumple demasiados años para no fiestear por todo lado. Debería contarles mis nuevas adicciones, mis nuevos amigos, las nuevas cosas que siempre descubro, hacerlos envidiar el vivir en ésta increíble isla. Pero ya ven, sólo me quedo mirando a las estrellas, de la mano de alguien que me mira.