Crónicas de Montréal 16: Todo lo que el tiempo da

No hay más novedades que la rutina cíclica de mis años en el hemisferio norte, donde, cuando el invierno está al llegar, toca guardar todo lo del verano y prepararse para congelarse lo menos posible. Lo digo tanto en plan externo como interno. Toca sacar la ropa pesada y los mantras que acompañarán el viaje hacia el siguiente verano. Así, ansiando el siguiente verano en una ciudad en la que, a pesar de que el frío llega sin escalas, la gente sigue soñando con lo que hará cuando el sol vuelva a calentar todo.

El tiempo, ése sujeto que me obsesiona en todo lo que escribo, es una aplanadora en la que las cosas quedan envueltas. Nuestra terrible cuarta dimensión de la que no podemos escapar, nosotros, remedos de cucarachas, que levantamos la nariz para intentar ver al universo. El tiempo pone todo en su sitio, como dice Keane. El tiempo nos cambia, aunque algunos imbéciles crean que no lo hacemos.

El maldito tiempo, que percibo como una segunda piel: mientras trabajo, cuando converso, cuando miro a los ojos de los que me observan. Cuando termino mi día y encuentro que ya no soy la misma persona que salió de su apartamento aquella mañana. Cambiamos, lo hacemos constantemente…y no hay manera de escapar. Sólo queda desear -como siempre lo rezo- aquella clarividencia para estar siempre lista.

Nos leemos.

Pd.
El Dedo Ilustrado.com tiene un nombre alternativo y ya lo ameritaba: Dreampicker.ca. Básicamente lo mismo, nomás que diferente. Me ha tomado meses poder hacerlo, por uno u otro motivo. No sé cuánta gente quiera seguir leyendo un blog de alguien que lo escribe hace ya más de 12 años y que sigue teniendo cosas qué decir. Proximamente, más posts en inglés y francés, because why not. On se parle.