Todo fue ayer

Ayer fueron los 80s,
ayer yo miraba sus piernas, mientras el bus se movía lentamente, rumbo a casa, con las oleadas de deseo tumbándome de asombro.

Ayer estaba sentada en aquella banca de parque, comiendo yogurt, deseando salir de aquella tristeza, de aquella amistad tóxica, de aquella ciudad que me expulsaba cada día.

Ayer, me cantaba “Tu nombre me sabe a hierba” en su guitarra, con la luz de la calle, iluminandonos, solos, en la penumbra de la banca de mi patio, para besarme por primera vez.

Ayer me miraban los primeros ojos azules que me quisieron para algo, en la vida. Ayer, también me han mirado los últimos que yo quise.

Ayer me lo encontré, ayer me dije “tengo que besarle, porque no le volveré a ver”, porque sabía que, efectivamente, no vuelven nunca. Ayer les besé todas las veces necesarias. Ayer también, me detuve de hacerlo, porque no siempre puedo abrir mi propio corazón a todo el mundo. Lo siento.

Pero.

Ayer amé como loca, reí como loca, callé como loca y me enfadé hasta la enfermedad.

Ayer también recibí una visa, bajé de un avión, empecé un camino, lloré en el aprendizaje, lloré recibiendo una ciudadanía. Sé que no dejaré de llorar, pero será siempre de agradecimiento.

Ayer te he empezado todas las veces posibles, de todas las formas posibles. Ayer he rabiado antes de haber vuelto a empezar, por supuesto.

El ayer viene demasiado rápido. En éste instante que se termina de escribir ésto, ya es el pasado y yo sólo puedo atestiguarlo post-mortem, porque no hay modo de contar el presente, que no existe, que es efímero y que voy viviendo absolutamente consciente que en una brizna de siglos, a nadie le importará una mierda mi ayer. Mi hoy es imprescindible y por ello, no lo reporto.

Mil perdones por mi ausencia. Estoy viviendo.