Llegaré a casa para escribirte

So it happens that I have the proof of his perfection. #WonderWoman #drawing #Montrealjetaime

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Llegaré a casa a escribirte.

A darte mi pobre universo en unas líneas,
estrujando aquella tristeza, mi tristeza habitual, que vive todo el tiempo conmigo.

Por supuesto, no te enterarás de nada, ahí, desde tu perfección indolente, alejada de mi.

“Cada vez es diferente” digo siempre,
para remarcar la sorpresa de encontrar una perla rara en mi cena…

Pero ésta vez abriste mi puerta a empellones,
vestido de tu sonrisa sobrenatural,
leyéndome completa,
estampando tu nombre y tu sabor en mis labios,
como si nada,
como si sólo existiera yo entre tus brazos,
para luego, desde lo alto de tu cielo,
hacerme morir.

No me conocías, pero me veías escondida,
determinada a librar batallas todos los segundos, siendo tú indiferente a mis furias, rodeándolas, ahí, al frente tuyo.

Tan delicado trabajo de filigrana me ha hecho tu apóstol,
me ha maldecido para otros,
me ha perdido completamente para mí.

Es por eso que,
mientras iba cayendo en aquel abismo que me habías preparado,
yo sólo podía mirar embelesada, mi estrella,
como un sello de fuego,
sobre tu piel.

Todo fue ayer

Ayer fueron los 80s,
ayer yo miraba sus piernas, mientras el bus se movía lentamente, rumbo a casa, con las oleadas de deseo tumbándome de asombro.

Ayer estaba sentada en aquella banca de parque, comiendo yogurt, deseando salir de aquella tristeza, de aquella amistad tóxica, de aquella ciudad que me expulsaba cada día.

Ayer, me cantaba “Tu nombre me sabe a hierba” en su guitarra, con la luz de la calle, iluminandonos, solos, en la penumbra de la banca de mi patio, para besarme por primera vez.

Ayer me miraban los primeros ojos azules que me quisieron para algo, en la vida. Ayer, también me han mirado los últimos que yo quise.

Ayer me lo encontré, ayer me dije “tengo que besarle, porque no le volveré a ver”, porque sabía que, efectivamente, no vuelven nunca. Ayer les besé todas las veces necesarias. Ayer también, me detuve de hacerlo, porque no siempre puedo abrir mi propio corazón a todo el mundo. Lo siento.

Pero.

Ayer amé como loca, reí como loca, callé como loca y me enfadé hasta la enfermedad.

Ayer también recibí una visa, bajé de un avión, empecé un camino, lloré en el aprendizaje, lloré recibiendo una ciudadanía. Sé que no dejaré de llorar, pero será siempre de agradecimiento.

Ayer te he empezado todas las veces posibles, de todas las formas posibles. Ayer he rabiado antes de haber vuelto a empezar, por supuesto.

El ayer viene demasiado rápido. En éste instante que se termina de escribir ésto, ya es el pasado y yo sólo puedo atestiguarlo post-mortem, porque no hay modo de contar el presente, que no existe, que es efímero y que voy viviendo absolutamente consciente que en una brizna de siglos, a nadie le importará una mierda mi ayer. Mi hoy es imprescindible y por ello, no lo reporto.

Mil perdones por mi ausencia. Estoy viviendo.

Crónicas de Montréal 16: Todo lo que el tiempo da

No hay más novedades que la rutina cíclica de mis años en el hemisferio norte, donde, cuando el invierno está al llegar, toca guardar todo lo del verano y prepararse para congelarse lo menos posible. Lo digo tanto en plan externo como interno. Toca sacar la ropa pesada y los mantras que acompañarán el viaje hacia el siguiente verano. Así, ansiando el siguiente verano en una ciudad en la que, a pesar de que el frío llega sin escalas, la gente sigue soñando con lo que hará cuando el sol vuelva a calentar todo.

El tiempo, ése sujeto que me obsesiona en todo lo que escribo, es una aplanadora en la que las cosas quedan envueltas. Nuestra terrible cuarta dimensión de la que no podemos escapar, nosotros, remedos de cucarachas, que levantamos la nariz para intentar ver al universo. El tiempo pone todo en su sitio, como dice Keane. El tiempo nos cambia, aunque algunos imbéciles crean que no lo hacemos.

El maldito tiempo, que percibo como una segunda piel: mientras trabajo, cuando converso, cuando miro a los ojos de los que me observan. Cuando termino mi día y encuentro que ya no soy la misma persona que salió de su apartamento aquella mañana. Cambiamos, lo hacemos constantemente…y no hay manera de escapar. Sólo queda desear -como siempre lo rezo- aquella clarividencia para estar siempre lista.

Nos leemos.

Pd.
El Dedo Ilustrado.com tiene un nombre alternativo y ya lo ameritaba: Dreampicker.ca. Básicamente lo mismo, nomás que diferente. Me ha tomado meses poder hacerlo, por uno u otro motivo. No sé cuánta gente quiera seguir leyendo un blog de alguien que lo escribe hace ya más de 12 años y que sigue teniendo cosas qué decir. Proximamente, más posts en inglés y francés, because why not. On se parle.

 

Crónicas de Montréal 15: Digamos muchas cosas

Es verano, otra vez.
Otro año en el que digo “caray, éste último ha sido el mejor de mi vida” y luego sé que será destronado estrepitosamente por el siguiente.
Otro año en el que pienso que ésta ciudad es maravillosa y me vuelvo una nazi cuando alguien me dice que no, que “más o menos, la verdad” y yo quiero sacarlo a empujones del sitio. Muere, bellaco.
Otro año en el que los retos se suceden, interminables, pero, oh sorpresa, me lanzo sobre ellos, con un “jerónimo!” entre los dientes y a ver cómo se resuelve todo, porque no hay forma de evadir las cosas, salvo enfrentándolas de una vez.
Pero.
No es un año cualquiera.
Están pasándome cosas que no puedo controlar. Alguien me ha dicho “ya me tienes” y me he quedado mirando a las estrellas, bajo el cielo descubierto de ésta ciudad, boquiabierta, sin ganas de replicar, sin palabras, yo que siempre las tengo todas. Me siento confundida y mis superpoderes se ablandan, chorreándose con los sencillos argumentos de alguien que se ha quedado en medio de mi Legión, sin encontrar nada raro ahí.

Entonces, hay otros retos, encima. Van de lejos mis ansias de ser cada día una versión mejorada de mí misma, para mi. Me estoy convirtiendo en una versión corregida y aumentada, a causa de las pruebas que me pone aquel que me tiene sujeta y que no me quiere dejar ir.

No me quiere dejar ir. Qué genialidad es ésta. Me da más miedo que quedarme sin empleo.

Arfff. Debería hablar de lo espectacular que es Montréal. De todo lo que es posible hacer en este verano donde la ciudad cumple demasiados años para no fiestear por todo lado. Debería contarles mis nuevas adicciones, mis nuevos amigos, las nuevas cosas que siempre descubro, hacerlos envidiar el vivir en ésta increíble isla. Pero ya ven, sólo me quedo mirando a las estrellas, de la mano de alguien que me mira.

Cronicas de Montreal 13: Varias cosas

Semanas extrañas, extraordinarias en ésta ciudad que nunca me deja de sorprender. La primavera ha llegado antes de lo que usualmente estaba acostumbrada y éso me ha levantado los ánimos en muchos sentidos. He dejado el aislamiento y me he entregado al cotorreo, a los paseos, a las compañías multiculturales que ésta nueva aventura me propone. Pero como me han sucedido cosas tan diversas, las cuento en acápites, porque mejor resumo el rollo para que vean que no miento.

1. La primavera, la sangre altera. Pareciera que todo el mundo está en plan de romance… desde febrero, caray. La gente se vuelve sinceramente loca por ligar y las hormonas revueltas van corriendo por toda la ciudad. Es como si hubiera una suerte de deadline para conseguir pareja o compañía para el verano inevitable. Las actividades, los rencuentros, la gente que te aborda en todo lugar para cotorrear y decirte tres sandeces que te pueden hacer reir o sorprenderte hasta el susto. Montréal es una ciudad de estudiantes y solteros como cancha. Es imposible no contagiarse de ésta fiebre, muy a mi pesar. Lo que me lleva al punto 2.

2. Habemos Musa y el problema de los límites. He vuelto a encontrar el mood para escribir. Siempre es una buena noticia, lo sé. Pero me gustaría que, para variar no fuera con amores contrariados, porque una se aburre de escribir para gente que no te va a entender… aunque lo hagas en tres idiomas, incluyendo en suyo. Aún así es genial poder volver a escribir, es el gran regalo que me hace ésta ciudad y ésta Musa. Luego viene el límite entre lo que escribo y lo que en realidad es. Exacerbar mis sentimientos para decir cosas que considero hermosas…con el riesgo que la gente que las lea, me alucine loca de atar. Pero yo soy mis textos y a veces no. Es lo que hay.

3. La familia que elegimos. Los amigos, ésos que te hacen sobrevivir en los tiempos revueltos en los que buscas tu lugar aquí. Cubriendo tus espacios abandonados de amor familiar y cubriendo tú también los suyos. A veces no necesitan siquiera vivir en la misma ciudad. Te soportan, te carajean cuando los necesitas, te echan porras, te clarifican. Muchas veces sus puntos de vista te hacen entenderte a ti misma y revisar lo que crees a pies juntillas. Celebran tus logros y te pasan el trago cuando jode todo. Te dejan ganarles en los videojuegos. Amor, pues.

4. Los nuevos retos. Un nuevo empleo que me testeará constantemente, en dos idiomas para empezar… Alguien ha creído en mí nuevamente y éso me hace sentir absolutamente abrumada. Soy cola de león, pero estoy en el centro del movimiento, y soy muy  feliz. Dejo tener miedo al fracaso y me compro el asunto de que todo es posible. Es la primera vez en la que estoy en armonía conmigo y no tengo miedo a ello. ¿Me habré ablandado viviendo ya 6 años en la estabilidad canadiense? Ahora sólo me falta algo (y aquí regreso al punto 2 con no poca contrariedad).

Bueno pues, así están las noticias por acá. Los retos se acumulan, las palabras se van desprendiendo, floreciendo, en otros idiomas (échenle un ojo a mis posts en francés e inglés), sigo compartiendo contenidos en mi fanpage de FB, en mis dos cuentas de Instagram, aquí y aquí. En un tiempo, también espero poner más videoblogs… volver a pintar, atender mis otras redes sociales en las que aparezco cuando puedo como Twitter y Pinterest, seguir cargoseando por acá… las ventajas de andar teniéndole horror al aburrimiento.

Nos leemos.

En lo que tomamos y dejamos.

He tirado varias toallas.

Ahí está la toalla del novio universitario con el que formaría una familia con nenes, casa y perro en la puerta, el de la chica con infulas panqueques y parietales rapados, la cantante de banda rockera que soñaba con ser la nueva Pat Benattar de Los Olivos.

He tirado la toalla con convertirme la nueva Cindy Crawford de Ancón, la más amada discípula de Julia Navarrete o la vieja nueva promesa de la poesía nacional, completamente desconocida, de culto y fuera de cualquier puto círculo cultural (incluyendo los underground porque son muy mainstream).

También he tirado la toalla de la empresaria exitosa que no vende un carajo, de la empleada del mes por un sueldo que nunca llega a quincena, la jefa tirana para el machirulo peruano promedio que cree que no me doy cuenta cuando está trabajando y al que debo de ladrar de tanto en tanto. La profesional que se pasa desempleada (y desesperada) meses, esperando que no le devuelvan el CV impreso diciéndole “no desperdicie papel, para que lo use en otra entrevista” (true story).

Ni qué decir de lanzar la toalla lejos con todo el afán de ser (in a very latin way) socialmente aceptable, eternamente joven (aunque pasen los años, como Polystel) y geneticamente “castañita”, que podría darme la validación de harto acomplejado por ahí (me incluyo, por Dios).

Pero caray, el asunto no va tan profundo. Este sentido preámbulo es para contarles que también me he cansado de cosas más sencillas como por ejemplo el Online Dating, que me siguen recomendando algunas amistades despistadas que creen que estar sola en ésta ciudad es estar solitaria. ¡Nunca más llena de gente que ahora! Pero, para mi mala suerte, algunos tienen ganas de aconsejar y yo, que siempre tengo curiosidad insana, el interés de tratar. El asunto es, también se pueden seguir los consejos cursis con el twist de convertirlo a tu conveniencia. Al final puedes, decir, con conocimiento de causa: “hey, seguí tu consejo con ése website de citas, no sabes cómo han mejorado mis skills en los idiomas que estoy aprendiendo” y olvidarte del asunto o tal vez recordar todas las huevonas veces que has tirado la toalla, porque no había un futuro en éso. No creo haberlo hecho tan lindamente como ésta vez.

Dicho ésto, sigo tirando la toalla, pero ya en level santidad. Tiro la toalla en comer como si quisiera suicidarme, dejando las malas noches, los malos chamacones, las malas vibras, los malos entendidos y las malas actitudes que me hicieron tirar la toalla cuando debí haber persistido. Pero claro, no sería la que soy y ése es el asunto: para llegar a cierta edad en buen estado, hay que tirar la toalla en muchas cosas que no parecen buena idea en persistir. Persistir, éso sí, en aprender de ésas pérdidas y seguir bregando. Seguir yirando.

El elogio a la tía soltera

Tías per tutti li mundi.

Francamente no recuerdo cómo comenzaba ésto en mi cabeza (he estado escribiendo éste texto varias veces mentalmente). Ah, tal vez, diciendo que, cuando pienso en mujeres solteras en el ocaso de sus vidas, recuerdo a tres tías muy cercanas. Dos de ellas, ligadas a mí por la sangre. Una de ellas, amiga de mi familia. Sólo una de ellas, madre. Dos de ellas, ya en sus propios cielos o infiernos , o donde hayan deseado siempre estar. Una de ellas aún mirando la luna pasar desde su ventana, como lo hago yo.

Cada una era/es distinta. Una pasaba por la vida sin detenerse a observar nada. La otra tenía miedo de vivir. La tercera echaba la culpa de sus elecciones a otros. Mujeres, sin embargo, de avanzada en sus tiempos. De alguna manera, sobreponiéndose o rompiendo algún canon de la época en la que vivieron, sin saberlo. Remontando la pobreza, la ignorancia, viviendo independientemente su propio juego.

Asumo que cada una de ellas ha sido (o es) feliz a su modo. Que al final de sus vidas, la sapiencia llegó a sus corazones, y cerraron sus círculos. Yo aprendí de sus errores y aciertos. De todo lo que son o fueron. Me hacen ser lo que ahora soy, una fresca que va viviendo el Carpe Diem que tal vez a ellas les fue negado. No soy un buen ejemplo, tampoco. Pero me encomiendo a ellas siempre, como mantra, en los momentos jodidos. Pienso en ellas. Mis tres tías queridas.

Lo que me lleva al asunto de éste elogio a las tías. Sip, a las tías de todo calibre, pero yo me remitiré especialmente a las solteras, porque lo vivo cada día de mi vida. Aquellas que quieren o no tener hijos. Las que crian los hijos de otros o los suyos propios. Las que quieren o no un matrimonio, casa con perro o gato, novio que no las joda o etcétera. Las que son tías de sangre o de amistad. Las que están todo el tiempo presentes o las que aparecen y desaparecen. Hablo de todas aquellas que te quieren con furia, sin que te des cuenta.

Somos las tías extrañas, la “oveja negra” de la familia y de la que todo el mundo piensa -equivocadamente, caray- sin decirlo a viva voz “¿Qué va a ser de ella, pobrecita, sin hijos?” (cuando es el caso)… porque si alguien nos lo dice en voz alta, le mandaremos a la soberana mierda.  No necesitamos de nadie más que nosotras mismas para vivir.

Las tías extrañas, que coleccionan cosas, que tienen sus manías, con rutinas alucinantes en las que te envuelves cada vez que vas a visitarlas, que se saben la vida de tutti li mundi y que te cuentan lo que tus viejos no te quieren nunca contar… las mejores narradoras de historias del planeta tierra y alrededores.

Somos ésas mujeres estrafalarias a las que tus padres tienen que amonestar de tanto en tanto, porque saben que te echan a perder la educación, pero que sabrán con absoluta certeza, que después de ellos y los abuelos, pararíamos una bala con los dientes, con tal de protegerte.

A nosotras nos puedes contar todo y, aunque nos escandalicemos, siempre tomaremos partido por tí. Luego te daremos un par de coscorrones o te ayudaremos a encontrar la solución. Con nosotras encontrarás otros caminos, otras maneras de ver las cosas. Estaremos siempre dispuestas a abrazarte cuando, los que más deben estar a tu lado, te dejen solo. Haremos la cola en la cárcel religiosamente para visitarte, Nos sentaremos al lado de tu cama cuando estés enfermo, caminaremos a tu lado en las marchas… te haremos la taba para donde quieras ir. Seremos tus cómplices.

Sin embargo, sabemos que nos olvidarás en algún momento de tu vida. Si somos inteligentes, no diremos palabra y seguiremos ahí, esperándote a cuando buenamente puedas darnos el regalo de tu tiempo. Si somos más inteligentes aún, no esperaremos nada, porque hacemos nuestra vida sabiendo que escogimos ésa extraña soledad que nos llena más que nada. Sabemos perfectamente que tu prioridad son tus padres, tu familia. So, do not worry babe; es lo que nos toca.

De mis tías intento replicar lo mejor de ellas; el sentido del humor desenfadado de sus conversaciones íntimas, el coraje para embarcarse en aventuras , el aceptar los fracasos y volverse a levantar… aunque muchas veces ellas no pudieran hacer lo mismo. Yo soy su versión mejorada y justo por ello, intento “echar a perder” a mis sobrinos, tal como lo hicieron ellas conmigo. Como lo hacemos TODAS las tías del mundo.No hay día para nosotras y nos quejamos, pero luego importa un bledo. Sabemos que dejamos huella en tí y es todo lo que importa.

Crónicas de Montréal 12.- En lo que esperamos

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Uno se aferra a las rutinas. A veces sin darse cuenta. Aunque deteste repetir actividades, como yo. Porque las rutinas dan una sensación de tranquilidad, de orden, de estabilidad. Sobre todo en momentos donde la incertidumbre es parte de lo cotidiano, como en mi caso. Mi vida, como siempre, está cambiando. Nunca puedo tener certeza del rumbo que tomará, sólo puedo decidir cosas a un mediano plazo, con la esperanza de no necesitar planes B, C o XYZ… y rezar para que el curso de aquellas decisiones no me lleve al error ireparable… que no es la muerte, mon dieu. Sin embargo, salvo la muerte, todo es remontable, reparable, repetible, mejorable y sirve para aprender. Pero he aquí que la vida te pone en situaciones en las que, sabiendo que hay soluciones, tienes que jugar tus fichas sin saber si realmente la vas a chuntar. Para pasar el rato, mientras esperas si son peras o manzanas, están aquellas rutinas que te pueden ayudar a paliar la deseperación que se siente al estar tras las bambalinas de tu propio biopic: ¿Ahora cómo hará tal o cual cosa? ¿Conseguirá tal o cual empleo? ¿Aquella irritación cutánea que le ha salido es cáncer o qué? (una broma pues oe)

En mi antigua ciudad tenía algunas rutinas que trataba de no dejar de hacer, llueva o truene. Los domingos, por ejemplo, me daba un gran baño de tina al final de la tarde, mientras veía un episodio de mi serie favorita y me echaba porras para sobrellevar mi semana con olas de agua tibia y abundante y perfumada espuma. Mi semana solitaria en la que, aunque hiciera un frío polar, iría alguna vez al cine a media semana o a comerme unas papas fritas mientras devorara un nuevo libro, algún jueves o viernes. Pero eran los domingos, donde me arrullaba a mí misma. Me decía que todo iría bien, porque como Rexona, Dios tampoco abandona, porque ahí anda una con el mazo dándole a las cosas, para que las cosas sucedan y etc.. Una rutina para paliar toda la incertidumbre siguiente.

Desde que estoy aquí tengo algunas actividades que he convertido en rutina, con aquel mismo fin: poner algo de orden y estabilidad a una estancia que recién empieza y que, como siempre, me aterroriza experimentar: Vivir sola en una ciudad desconocida, donde intento encontrar un empleo, hacer amistades y con suerte, pillar un amor. Mis sencillas rutinas me dan un orden, una disciplina que cumplo a raja tabla de la que luego tomaré el espíritu para poder desempeñarme en mis otras labores semanales, absolutamente inciertas, angustiantes, sobrecogedoras y jodidamente dependientes de las decisiones de otros. Porque ése es el punto: que no dependen de mi y mis ganas de arrasar con todo. Depende de alguien sentado tras un escritorio, de un otro tras una copa, de un tercero tras un ordenador…

En ésta linea de pensamiento, sé que mis rutinas cambiarán con el tiempo. Habrá algo, alguna actividad, que requerirá mayor importancia y tendré que cambiarla, dejando de hacer la anterior. Tendré otras prioridades, administraré mis tiempos de otra manera. Pasarán los años y tal vez no pueda realizar muchas de las actividades que ahora amo, sea por la edad o una enfermedad jodida que me impedirá gozar de aquellas pequeñas felicidades. Porque las estabilidades, con la edad, son cosas que aprecias, ésas alegrías instantáneas que te hacen sentir furiosamente vivo…y por éso las repites tozudamente.

Empiezo a entender, con aquella tristeza torreja que da la madurez, que no hay nada eterno; es simplemente que hay cosas que llegan a superponerse antes de que otras terminen. Por el momento, entonces, éstas son mis rutinas. Sólo me queda desear que las que vienen, sean más edificantes, especiales, inolvidables.

Crónicas de Montréal 11.- El invierno que no llega aún.

Montréal.
Montréal, je vraiment t’aime.

 

Estamos oficialmente en otoño. Sin embargo, me niego a hacer el usual cambio de ropa en los roperos y cómodas, esperando el duro invierno canadiense. La culpa es de ésta ciudad, en la que el frío aparece un día sí y otro no, en el que todo se puede solucionar al amparo de un libro y una bebida caliente… o una buena cerveza y una interesante conversa.

Tengo los tuppers gigantes (algo que se usa mucho aquí para guardar cosas) fuera de sus lugares habituales, con el afán sincero que el invierno no llegue, de ser posible, en éste año. Le doy largas a las limpiezas profundas, a los reacomodos, a las despedidas de aquellas cosas que volveré a ver el año que viene. Me resisto a dejar pasar éste tiempo de felicidad que he estado teniendo aquí. Jode pasar página.

Claro, la naturaleza hace lo posible por hacer llegar el frío polar, dosificándolo y mostrándonos paisajes que parecen el lugar perfecto para los encuentros amorosos inolvidables o la invitación obligada a la depresión, como quieras enfocarlo. Me hace pensar que, sinceramente, la posibilidades quedan siempre abiertas al descubrimiento y el disfrute en ésta ciudad, salvo que escojas pasarla mal (en todo caso, tú te la pierdes). Los restaurantes cierran sus verandas, las charlas se mudan a los interiores y la gente camina rápidamente hacia los lugares abrigados, dejando las calles desiertas a partir de horas tempranas. El sol es algo esquivo y se oculta demasiado rápido y éso entristece. Así lo hará por mucho tiempo. Pero el frío es soportable y dado que hay siempre para dónde ir, no impide visitar lugares, conocer gentes. Vivir.

Qué cambio tan feliz comparado con mis otoños solitarios en aquella otra ciudad fantasma, donde las estaciones llegan cual reloj, salvo el verano. Un año recuerdo haber cerrado, casi congelada, la ventana de mi sala, descorazonada, un exacto 23 de septiembre, para no volverla a abrir una mañana de junio del año siguiente. Sin embargo, aquí… aquí el invierno demorará un tiempo más, arrullado por el canto de las hojas que caen sin parar y que mucha gente no tiene la obsesión de limpiar, formando alfombras de tonalidades doradas y naranjas. El invierno llegará más tarde, es evidente. Todo en ésta ciudad, donde se supone más agitada debe ser la vida, va en el momento correcto. Mis tiempos vuelven a sincronizarse con los de otras personas. El frío polar toma su tiempo en arrivar y pareciera que el mundo vuelve a su sitio. Arrullada ahora por ésta hermosa ciudad, quiero quedarme siempre, suspirando y buscando el -ya saben- florecer.

Crónicas de Montréal 10.- El Dedo Ilustrado

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Demasiada agua bajo éste puente.

Hace 12 años y dos meses me animé a crear un blog y a escribir en él. No fue mi iniciativa. Fue la de mi querido (y cargoso) amigo cometa. Aquel chico que conocí una tarde varios años antes, luego de haber spameado a todo el IPP con un correo en el que buscaba gente para armar un grupo de rock… y fallar ridículamente en el intento, salvo por conocerle. Milton, que así se llama aún mi amigo cometa (chapa bien ganada porque él nunca se estaba quieto en ningún lugar), me cargoseó con otro blog, el cual me parece debe ser éste. Mi primer post fue tonto, curioso, breve, pero no el único, en una cuenta Blogger de la que que migré a WordPress en el 2009. En todo caso, escribía con tal febrilidad que me pareció una excelente sugerencia para alguien introvertida como yo: la gente podría leerme sin tener absoluto contacto conmigo. Lo haría escondida con un pseudónimo que aún conservo. Me escondería en la privacidad de mi habitación, en el silencio de una biblioteca, en la esquina de una cafetería, literalmente en cualquier lugar que me permitiera aislamiento. Así ha sido durante 12 años… sin darme cuenta.

Sin querer, entonces, aquel blog se convirtió en una prolongación de mi bitácora personal. Escribí sobre todo lo que pasaba por mi mente y por mi vida. Sobre amores, desamores, temores, horrores, frustraciones y maravillas. Escribir aquí me motivó a desarrollar otros proyectos, con menos miedo, sabiendo que, tal vez, había logrado decir un poco de lo que siempre deseaba decir, pero sabiendo que nunca podía hacerlo a cabalidad. Escribir LA obra. Algo que descubres que no llega a ser posible desde tu perspectiva (tal vez los lectores dirán otra cosa, pero alguien que escribe nunca está satisfecho sobre un texto, simplemente lo abandona, agotado), sobre todo cuando te adentras en otros idiomas y descubres que hay muchas cosas que tu lengua materna es incapaz de explicar; pero tampoco lo hacen aquellas otras que intentas dominar: porque desnudarse completamente el alma es una vaina intraducible que tal vez se descubra como una epifanía con el último suspiro de vida. Jodido, lo sé.

Pasaron huaicos, tormentas, terremotos por acá. Pasaron abandonos, retornos, exploraciones, reconocimientos y cambios verdaderamente alucinantes. Vinieron experiencias, gente, lugares, todo nuevo. Dejé de ser la opinóloga asignada, con la felicidad que da la edad y saber que, efectivamente (qué alivio), uno no puede -ni tiene- la obligación de saber de todo. Ahora soy yo la amiga cometa, la que anda en otro lugar del mundo, la que quiere contarte todo lo le viene a la mente, todo el tiempo. Con el mismo entusiasmo tímido del primer post. Sin ínfulas. Soy la loca que sigue escribiendo.