Empiezo diciendo que se valora cualquier esfuerzo por hacer cine en el Perú. Siempre. Por que las políticas de estado son nulas, porque el interés empresarial al respecto es limitado y por que, no habiendo ni una escuela de cine, hacerlo es todo un ejercicio de filigrana, que va desde la elaboración de un guión hasta la estrategia de marketing para recuperar -al menos- los costos de producción. Todo esto lo digo al comienzo para que no me digan que soy una desconsiderada, por todo el resto del post.
Como bien he aprendido (y como la lógica también me lo predica) nada que no tenga buenos cimientos puede tener un crecimiento o desarrollo fuerte y sostenido. Tal vez ese sea el inicio del mal de Tarata, la última película de Fabrizio Aguilar. Como sinopsis tal vez haya sido el retrato de una familia clasemediera y cómo la epoca terrorista afectó a toda la sociedad limeña, en sus estratos más representativos. Sin embargo, chale, qué pobre es el planteamiento. Sobre todo en lo que se refiere a los perfiles de los personajes. No tienen matices, sub historias que les signifique “tridimensionalidad”. Sus motivaciones no son suficiente para sustentar su existencia en la película. Por ejemplo (citando el más obvio) la hija de la familia, una adolescente emo (Silvana Cañote), a quien nunca se entiende su motivación, sus intereses, el porqué de su comportamiento y por qué sus decisiones. Es un personaje- arquetipo- que debió pasar por un tamiz de situaciones que le harían integrarse más al espacio-tiempo en el que se desarrolla y por ello, entender su comportamiento al respecto de sus padres y las decisiones que toma. Ni sigo con el resto: ¿Qué motiva al padre a copiar las pintas de la universidad? ¿Qué motiva al niño a hacer la lista? ¿Porqué la madre se siente tan mal de ser misia, pero recoge muebles siniestrados? ¿Qué historia hay tras la empleada y su hijo universitario, salvo el saber que el hermano de ésta fue muerto por terrucos? Huecos, huecos y más huecos.
Lo peor es que toda la película está así, sin profundidad, apuntalada por las actuaciones asombrosas de Miguel Iza, Liliana Trujillo y el niño, Ricardo Ota. De los mencionados, Trujillo conmueve y hace nudo en la garganta, en el poco tiempo que aparece. Iza convence largamente con su papel de loser y el niño es un amago de aire fresco a la tensión de la cinta, sobre todo cuando interactúa con otros personajes. Pero una película con un guión pobre (que al parecer, ganó el premio Conacine) no puede ser soportada por las actuaciones, claro. Hay más elementos, como la utilización de planos que sitúan al espectador en los lugares- que imagino no hacerlos era por dar esa sensación de angustia y encierro o… falta de presupuesto para llenar los planos generales (PG) de utilería de época, qué se yo; o la música ambiental de algunas escenas innecesarias, como la de la fiesta (la cual ni idea qué pinta en toda la trama), que francamente, tienen un tufillo a “cuando pase el temblor”, de Soda… en una reuna de gente cincuentona… en los 80s…
¿Tengo que hablar de Gisela? Ay, no. En fin. Desde que dijeron que haría la película, me pareció mala idea. No sé si fui la única. Al parecer, hablando en cifras, estoy equivocada. Tarata es full taquilla en su semana de estreno, por ella, principalmente. La cámara no la favorece, y la verdad, ella está interpretándose a sí misma, morocha. Ni hablar de su personaje, Claudia, que tiene el mismo volumen que una hoja bond. Imagino que las señitos abarrotaron los cines y bueno, merecen tener su matineé.
La cinefilia no es patriota, efectivamente, pero anda depre, cuando tiene que ver cosas como ésta.
