Giulia Sammarco, en su blog de Semana Económica, pone este video, como adelanto a su siguiente post. Me pareció recontraconveniente pegarlo aquí. El asunto es que es verdad, no somos iguales, pues (no me cansaré de decirlo); que si no ponemos estos manuales como los del post anterior, morimos en el intento de comprendernos mutuamente; y que ya pues, hagan su esfuerzo (a ambas partes) para que así sea.
Luego, a mi me recontra jode que un amigo siempre me responda que está haciendo “nada” cuando le encuentro en la internerd. Tal vez su cerebro siempre está en piloto automático cuando cae a casa. De la misma manera, bien podrían apreciarme algunos chamacones, cuando me muestro clara como el agua y con “cajitas”, como ellos. Una les hace el favor de hablarles en su idioma y se espantan…
Indecisa entre lo del iPod para Vascos, que Steven Seagal no pueda usarlo o que a Chuck Norris le haya encantado. Me he partido de risa. Lo saqué de aquí.
Dije en Twitter que uno debe estar preparado para el fracaso y más preparado, para el éxito. Una nominación al Oscar (descartando todos los cuestionamientos a esta premiación y que no vienen al caso para este post) se convierte en un Trampolín a la Fama instantánea. La cara de un trabajo fílmico suele ser el director y los actores, sin embargo, pocos aquilatan que es un trabajo de equipo. Un trabajo agotador, donde se tienen que conciliar visiones, tener muchísima humildad para aceptar que otros pueden tener mejores opiniones que la tuya y olfato para ver las oportunidades. La Teta Asustada, nominada en la categoría de “Mejor película en idioma extrajero” ha nacido fuera de los circuitos usuales peruchos y tal vez sea por ello que llega tan alto. Una se emociona y desea que estas oportunidades sean puertas para otros que van atrás, para que les levante la moral a los que siguen intentando cosas en las que nadie cree o les interesa o tal vez, despertar vocaciones en aquellos que sueñan. El equipo de Claudia Llosa se enfrenta a un monstruo más grande; la posibilidad de tener mejores financiamientos, acceder a grandes estudios y en contraparte, comprometer su capacidad creativa a manos de algunos. Veremos, veremos.
Me dirán huachafa, pes, por estar contenta. Pero no es sólo por nacionalismo, sino porque con este éxito se da de cachetada a una industria nacional que se irroga logros que no ha fomentado. Oseaaaaa, estoy contenta porque se demuestra que hay mucho por hacer y así con todo, se logra. Buena suerte.
Me encontró. Estaba paradita, en una esquina, con las manos juntas. Chucky estaba interesada en comprar otra cosa y recordé que había dicho yo, que mi avatar tenía que encontrarme a mí; o no era. Lo dije en voz alta y entonces, mirado por mirar, me la quedé mirando. Linda, ¿no? A ver cómo hacemos, digo ahora…
El indignante video de arriba, objeto de algunos titulares, varias amenazas de muerte a los protagonistas y zafada de culpas de algunas autoridades sólo me hace caer en cuenta que el fracaso de un país se deberá siempre al fracaso de una sociedad educada mediocremente. Mal educada, pues.
Viví deprimida una época, cuando enseñaba en un instituto que, horondamente, se promociona ahora vía tele y que, en aquellos tiempos, no era más que una estafa para estudiantes que querían graduarse de cualquier cosa y para padres que no deseaban hacerse cargo de sus hijos. Jamás logré que ninguno de ellos pudiera leer media A4 comprensivamente. Tampoco logré hacer que entendieran el error que significaba plagiar. El concepto de responsabilidad les era extrañísimo; la puntualidad era algo que les estorbaba, espantosamente. Le enseñaba a una generación que era producto de las políticas educativas fujimoristas, donde la currícula había sufrido trasnsformaciones espantosas, que dejaban de lado a la historia del Perú, Educación Cívica y tal vez sólo Dios sabe cuántas más.
El asunto es que, vamos a ser sinceros, la mediocridad de nuestra educación no es culpa solamente de nuestros gobiernos. Lo es de nuestra clase política, lo es de nosotros mismos, como padres, como ciudadanos. Nuestro fracaso de no educar con el ejemplo. De pensar que el colegio lo hará todo. De creer que otro tiene la culpa y no cada uno de los miembros de nuestra sociedad, cada uno de nosotros, cuando permite una injusticia, cuando permite una malacrianza y no corrige, aunque el hijo no sea tuyo.
El fracaso es nuestro, cuando tiramos papeles, cáscaras de frutas a la calle. Cuando dejamos de limpiar la puerta de nuestra casa, para echarle la basura al vecino; cuando nos guardamos el vuelto de más, cuando permitimos que un adulto mayor no tenga su asiento en el bus, cuando nos parece graciosa la malcriadez de un hijo, cuando llegamos tarde a algún lugar y le echamos la culpa al tráfico…
Sí, yo sé, puras huevadas. Huevadas que hacen lo simple en trascendental… ¿o alguno de ustedes ha olvidado alguna vez que un desconocido les corrigió algo que hacían mal? Yo jamás.
Pero, qué conveniente es quedarse callado en los momentos cruciales y qué tranca es portarse valiente, asumir el papel que siempre debería tocarnos: el de protagonistas de nuestro propio cambio.
Estos pobres muchachos merecían un país menos hipócrita, unos padres menos alejados y unos maestros más dedicados. Ellos merecían resguardar esos lugares y no hacerles daño. Pero también merecen aprender con una sanción y -¡por Dios!- una mejor sociedad, una mejor educación. Ellos y nosotros.
La pizarra está en blanco. Escribe lo que quieras en ella.
Estrenando nuevo diseño en El Dedo Ilustrado, imaginarme tendida de largo a largo en mi sofá de dos cuerpos. Las piernas cuelgan, estoy despeinada, sin zapatos, mirando filosóficamente una mancha recién aparecida en el techo del depa. Un gato curioso intenta entrar por una de las puertas y se detiene, porque Travieso (el perro de la Negra) le ha mirado con ganas de pocos amigos, pero tampoco quiere levantarse. Nos hemos cansado de todo: de los cohetones, de la gente que sigue celebrando ebria, a todo volumen, como si participara de una bailetón; de la tele y sus “especiales” por fiestas, de la misma música, de la internet (es que todos tienen una vida, mijita, ¿on tas tu?); de las charlas sin terminar (cómo jode que te dejen con la palabra en la boca, justo cuando quieres decir algo trascendental); de aquel anisado que te raspó la garganta hasta horadar la boca de tu estómago; de la ducha del depa (y tu quieres tina); del año de mierda que fue el anterior y lo que promete ser éste (mente positiva, mi hermana) porque así lo dijo el soyo y así lo quiero yo…
Como sea, como sea y como sea. Tengo una gran pizarra en blanco, en la pared que está a los pies de mi cama. He borrado todo, para escribir una sola frase: Hoy empieza el resto de tu vida. Vamos a ver qué podemos hacer con esta mente escandalosa y este envase que se viste.
Feliz año, amigos míos. Gracias por estar. Mis mejores deseos para ustedes y ciertamente, que la pasen mejor que yo…
Lo último del Hit Parade de mi cerebro, a causa de Said, un amigo del curso de francés… ya lo tuiteé antes, pero aquí lo planto, para que lo repitan infinidad de veces… (como lo estoy haciendo yo)
Esa preguntita de “qué harás para año nuevo” siempre me ha puesto nerviosa. Tal vez sea porque casi siempre la he pasado rarísimo y recién en estos años estoy pasándola serenamente, en casa. Justo hoy, mientras planeaba con Chucky, qué hacer, se vinieron a mi mente muchos recuerdos que no está mal compartir…
La Comilona.- Aquel año en que la pasamos comiendo una fastuosa cena en la casa de un tío cercanísimo. Había preparado tal cantidad de comida (y toda ella elegante) y nosotros parecíamos náufragos recién rescatados. Como era de suponerse, llegamos penosamente a las 12. Luego de una Sal de Andrews, pudimos dormir en su casa (que también era inmensa y pituca), para reptar a casa..
El Banco.- Aquel año en el que Chochi pensó que debíamos esperar las 12 en el lugar más alto de la casa… que era de un sólo piso. A alguien se le ocurrió que eso sólo podría ser en un banco viejo, de madera, colocado en el centro de la sala. Las 12 nos pilló a todos, peleando por subir al dichoso banquito, en una suerte de empujones y puñetazos, risotadas y los sinceros deseos de tener una azotea. Así no se vale.
El Dancing.- La inolvidable fiesta donde todo está sota hasta las 11:30, luego ponen todos los temas de moda, corre trago, corre el cotillón. El payaso de la fiesta corre por todo lado con unos calzones amarillos en la cabeza y la novia de tu mejor amigo te declara la guerra al llegar y te abraza, ebria, al terminar; eso sin contar con que tu mejor amigo se te declara apasionadamente mientras ella se va baño. Quería irme a dormir a las 12:15…
La Psicodanza.- Una de las pocas veces que mi hermano habló más de 25 palabras en una noche, fue para opinar que, si la cosa era pasarlo distinto, podríamos hacer una psicodanza, que era una suerte de baile sin música, donde cada uno se expresaba según su propio ritmo y sentimiento. A las 12, empezó el bailongo. Yo bailaba ballet, al costado, mi madre se danceaba una huaracha y más allá, creo que mi hermana menor zapateaba… nunca me he divertido tanto.
La Chamba.- Aquel año en que tuvimos un pub, abrimos al público e invitamos a familiares y amigos. Hubo película, karaoke, comilona y probablemente una mini borrachera. Por causa de aquel empleo, adoro estar un sábado en casa, en vez que de parranda. Sé lo que vale divertirse, para otros. Para mí, siempre fue trabajo, desde esas épocas.
El Chupe y los Elfos.- El único año que la pasé con un galán, me llevó a pasarla con unos amigos (la verdad, yo quisiera haberla pasado sólo con él, pero en fin) que como él, eran arequipeños. Afanados en vivir sus costumbres, estaban entusiasmados en tomar el dichoso Chupe de camarones (que, por cierto, no se parece en nada a lo de la foto), al día siguiente. Las mujeres nos la pasamos pelando camarones, mientras ellos se la pasaron bebiendo cervezas. A las 6am me sentaron frente a una sopa que tenía media taza de líquido, medio kilo de papas y 30 camarones. No pude terminarla y seriamente, se las juré al ex. Por cierto, le había pedido irnos relativamente temprano, pues horas después tocaba el estreno de Las 2 torres y yo no me lo perdería ni muerta. Mi venganza fue tener al novio despierto, a punta de pellizcones, en la primera fila de un cine en Larcomar.
El Baileys.- Digamos que tal vez era un galán. Digamos que no tenía con quién pasarla, en Lima y le dije “¡hey, date una vuelta por casa!” Apareció con su botellita de trago, con ganas de pasarla lindo. No recuerdo qué diablos dijo (tal vez una impertinencia imperdonable), que me hizo detenerme en one, levantarlo del cuello de su camisa y mandarlo para la calle. Eso sí, me quedé con la botella de Baileys, que bebí hasta que se acabó, como a las 5am.
El Piña.- Ese fue el peor fin de año de Chochi, creo. Para empezar, una chispa de sus luces de bengala cayó sobre su falda de tela sintética, que empezó a incendiarse, junto con el forro del mueble donde estaba sentada. Luego de ello, por una cábala de mi madre (que dice que el año debemos recibirlo con dinero en la mano), echó a una fogata de la calle (donde quemábamos los calendarios) un billete de 100 dolares, creo. Mi madre, contrariada, mirando las cenizas, era para un poema.
Los años Stándar.- Ya he contado por algún lado que yo siempre limpio y lavo todo lo sucio, para que el año que llega me encuentre prístina. Así que mis años nuevos suelen estar dentro de lo tranquilo, lo sereno. Me tienen obsesionada con el orden y muy distraída para el resto. Subimos al tercer piso -el banco viejo ahora sí que no nos aguantaría- tenemos los bolsillos llenos de lentejas y dinero. Abrazados, miramos al cielo, que empieza a iluminarse con los juegos artificiales de todos los vecinos. No sé qué pensarán los demás, pero yo siempre deseo que, en vez de disminuir el número de los que nos abrazamos, éste crezca. Mi madre siempre me dice lo mismo, mientras me abraza y no diré qué es, pues deben suponerlo, si me leen con regularidad. Yo pienso lo mismo, cuando abrazo a Chucky, lo cual no es lo mismo de mi madre. Más bien es algo como: “deseo que seas lo que quieras ser”. Nos abrazamos pensando que cada año que pasa es inolvidable…