Deja Vü

Esta vez se quedó parado, mirándola. Pensaba en la absurda posibilidad de que viniera hacia él, como una pelusa arrojada al viento. Por una milésima de segundo pensó en las probabilidades asombrosas de que eso sucediera. Sus sentidos se lo decían, sus músculos estaban en total tensión, esperando el momento en el cual movilizarse vigorosamente; las pupilas de sus ojos dilatadas, su boca contraída, silencio.

A él, calificado como un vagabundo, a secas, se le figuraba que por primera vez, este preciso instante, en medio de la vereda, se le acababa de olvidar esa constante sensación de demasía en los recuerdos. La ciudad me expulsa, había leído en alguna parte, y tal era su creencia. Todo lugar le hacía ese insulto, toda su vida. Sin hogar fijo, como un gitano, sin la intención de afianzarse a los objetos o los lugares o las personas. Porque la abandonada –la ciudad- tenía demasiado que recordar como para que él siguiera viviendo y caminando por sus calles y plazas. Así, esta vez también había tomado sus chivas y se había ido sin rumbo definido. Desaparecía semanas enteras y luego, cuando se había cansado de mirar estrellas, llamaba a cualquiera de sus amigos o familiares. Sabía que existía la tácita obligación –por parte del receptor- de poner al tanto a todo el mundo que él estaba vivo, sano, en alguna parte del globo terráqueo. Entre dientes decían a sus espaldas “vagabundo”. No los culpaba, puesto que lo era.

Esa mañana de julio se había quedado parado en medio de la acera de una avenida transitada. El sol alumbraba tímidamente, sin intenciones de calentar en exceso y la gente iba y venía animadamente. Tenía en una mano las llaves de su motocicleta y en otra una pequeña bolsa de golosinas. Si no venía hacia él, tendría que usar la llave para irse, como siempre. Buscaría al tacto la chapa, pondría la llave, se metería los caramelos al bolsillo de la casaca, se plantaría el casco y sin más preámbulos, ni mirar siquiera, arrancaría en sentido contrario. Lo sabía. Entonces iría sin rumbo hacia una gran autopista –diablos, cómo le gustaban- y sintiendo el viento en la cara zumbarle, hacerse el camino hacia cualquier parte que no tuviera el recuerdo de ese fallido encuentro.

El lugar perfecto podría ser algún albergue mochilero, cerca de un pueblito de postal, sin ningún servicio, salvo el telefónico, cielo de color inverosímil y prados o cerros furiosamente verdes. A veces era perfecta también alguna metrópoli cosmopolita, con bulla, smog, la más absoluta posibilidad de perderse en un mar de identidades, de culturas. Pero, si no venía, el silencio, sólo eso.

Absurdo silencio, ahora, que se daba cuenta que tenía que decirlo todo. Absolutamente, afirmaba su otro yo, sosteniendo la bolsa de caramelos. Acaparar los colores de todos los cielos amados, los campos, las pupilas y sus matices perversos; las formas caprichosas de las nubes, las tazas de sus desayunos, el rastro de sus pisadas por los arenales; los aromas afincados de los jardines, campos, huertas, marasmos; los sabores intrínsecos a sus recuerdos más perturbados; la textura de las pieles besadas, acariciadas, cubiertas, y los objetos importantes, trascendentales, los sonidos del agua, los gorjeos de los pájaros, los gritos de rabia, el hipar de sus propias lágrimas hacia adentro…

Deseó, entonces, con toda su alma, que viniera. Que sus razonamientos hubieran ido por el mismo camino. Porque, había volteado a verle hacía mucho. Le había dicho ella, mientras miraba él uno de sus cuadros, la noche anterior, que su propia sensación de futilidad le hacía vivir casi por obligación. Que la suerte de él era su propia capacidad para salir corriendo. Y eso era lo contradictorio, lo que le hacía sentir casi burlado, como puesto en evidencia. No, no huyo. Detesto los recuerdos. Yo detesto no poder deshacerme de ellos. Es casi lo mismo, como cuando las aspas de un ventilador se mueven tan rápido que no las ves, pero sabes que ahí están. No te mientas más.

Casi tropieza con él una niña que iba en un scooter. Sonrió, tratando de esquivarla. A su costado, de repente, una voz familiar le dijo al oido:

– No te vayas, esta vez. Esta vez, no.

Esbozó una sonrisa y su boca dibujó un primer beso en mucho tiempo perdido.

Viernes con cara de lunes

Estoy un poco aburrida. La virtualidad cumple la misión de dejarme escondida, pero no me permite más que mirar desde el ojo de la cerradura a todos lados. La interacción, el fin de todos los medios, tan impropia, como siempre

¿Ya hablé sobre la estrella negra? tiene una interesante historia que bien podría pegar en otro momento. Mientras tanto, me reservo el derecho de admisión de mi propia boca. ta tá.

Harry Potter, el sancochado mental y el muchacho de mis sueños.

Mi sobrina tuvo la culpa. Fue el hombre manco de la serie. La fugitiva soy yo, escondiendome de mis amistades que me ven con agenda repleta por actividades extra curriculares. También está este mundo loco, donde todo se me entrecruza y yo no duermo. Los malditos ojos de Harry.

Pero cuando lo hago, aparece el mismo personaje desde mi adolescencia. Cabello semi rizado, ojos azules, gesto sereno. Ora sentado en una blanca habitación, ora viniendo desde algún paraje, apurado, como siempre.

¿De dónde vienen los sueños? o, como me decía un espectorable ¿A dónde van tus sueños, cuando duermes?

No van a ninguna parte.

Aggg. Nínfulos del mundo real: no confabuleis contra mi.

Un Dedo Curioso

Una vez, mi madre salió con una pregunta para la hora del almuerzo.
– ¿En qué lugar les gustaria tener un tercer ojo?
La pregunta, ciertamente, nos desconcertó. Sobre todo por que a nadie se le había ocurrido nada mejor que el “Polifemo Style” con mantra incluida. ¿Otro lugar para un ojo? ¿Qué otro sitio puede ser?
– En la punta del dedo anular. ¿Se imaginan la cantidad de sitios que un dedo puede visitar?
-….
Dentro de esa misma lógica, un médico me comentó que la representación de nuestro cerebro se encuentra en nuestras manos. Es por eso que para un buen especialista, el tacto es el mejor sistema para diagnosticar enfermedades. Igualmente, un pintor, un escritor, llegan a dejar a sus manos hablar, escribir. Eso es esto. Un dedo con un ojo, que escribe… y más.