Explicaciones y expiaciones

Como verán, he pegado historias cortas -dícese cuentos- a manera de entremeses, entre el mundo real y mi cerebro. No se les ocurra psicoanalizarme tras ellos. La Dreampicker que los escribió no es la misma que los reseña, en estos instantes. Ello se debe a la capacidad de catarsis… con salto de balcón incluido.
Pego los moderadamente cortos. Algunos que tienen más sentido por el tamaño que por el tema. Otros tienen sentido por mi propio estado de ánimo. Otros sólo coexisten con mi extraño mundo verde y un par de peliculas perdidas.
Hoy hay diluvio de palabras… y todas ellas son combinables.

Los Caminos

Los caminos parecen abigarrados, enojados. Han venido corriendo, furiosos y dándome de golpes, me olvidaron. Tu boca mojada, de vientos antiguos, esperando siempre aquellas palabras que tu cerebro no articula; es tiempo de que las respuestas aparezcan en mí.

Es buena la tarde, la mañana, el tiempo entero, inmensurable, imperceptible hasta que se desliza y se entiende, tardíamente, que el futuro no existe, que la nada es la esencia del todo y que en esa verdadera pérdida, otra vez tu boca al borde de un mar desconocido, es mi recuerdo más anhelado, porque nunca ha sucedido. Me encuentro contando una historia que es más una telaraña que me va envolviendo, mostrándome ante el mundo como una gran farsante, una charlatana, perdiendo el hilo de este gran enredo que es el de elaborar ficciones para que algún día lo vean tus ojos. Quien sabe, de casualidad, Aldo, primoroso capullo de mi imaginación, puedas venir de lejos, como siempre.

Ayer saltaste a mi vereda desde un bus en movimiento. Apareciste, sudoso, y mientras yo te miraba asombrada, me arranchaste la cartera vieja con la que ando últimamente. Me tomó una milésima de segundo el decidir seguirte, mientras la gente gritaba a nuestro alrededor. Corrías tú, corría yo; y en esa danza, veía tu espalda agitándose, tu nuca sudorosa y mis pies que respondían perfectamente a ese acto mecánico, en tanto mi mente se preguntaba si es que en verdad no eras más que un ladrón que intentaba llevarse el par de trapos viejos que guardo dentro del bolso, en la espera de que tú, Aldo, amor mío, aparecieras y se anunciara aquella persecución que llevaría a ese ansiado final, a ese perverso reconocimiento mutuo. Soy víctima que retorna a la escena del crimen, sólo para saborear la tortura del martirio, la adrenalina de la pérdida, rememorar el instante preciso en el que tus ojos de perro negro se fijaron en mí.

Corrí tras tuyo por calles y plazas. El sudor caía por mi frente y me dolía el costado de mi vientre, como el lanzazo al crucificado. Seguía tu figura entre la gente, en los vericuetos de los mercados y los ambulantes, las turbas de manifestantes, las avenidas tugurizadas de otros buses a los que no querías subir. Te seguí hasta el borde de la ciudad, donde el mundo no se acaba, hacia el borde de aquel río. Yo estaba realmente agotada, no daba ni un paso más. ¿Es que no te cansas de correr?, te grité.

Ahí fue cuando te detuviste.

Sonreíste al voltear, Aldo. Viste que yo había recogido mi cartera llena de idioteces hacía ya mucho tiempo y lo único que me dijiste fue:

Loca.

Qué hermosa es la luna

Aunque no se la vea en una noche nublada como ésta. Espera un rato y ya verás. Va a clarear.

Había volteado para mirarlo. Él había iniciado la charla, luego de que apagara el auto, frente a mi casa. Le había dicho aquellas frases como para llenar el vacío que nos amenazaba rodear. Había sido una buena noche. Cine, café -chocolate para mí, por favor- y luego, sin tener que pelear con el tráfico, hasta donde yo vivía. La casera prendió la luz de su ventana. La sentimos husmear y luego volver a apagar todo.

Era septiembre y sólo se ponía templado el día al mediar la tarde. Yo miraba, de manera entusiasta, el cambio del cielo, antes de observarlo, parado a lo lejos, esa tarde. Sobresalía entre la gente esperando en la acera, por la altura. Por lo demás, vestía como todo el mundo: una camisa de franela, un par de jeans, una casaca ligera. Miraba a todos lados, auto convenciéndose que una cita a ciegas era una buena idea, después de todo. Me estaba atrasando.

Holas. ¿Marcelo, verdad?. Soy Liliana. ¿Los tienes?

Me mostró la bolsa y me invitó a caminar, dentro del centro comercial. Él apretaba el encargo en su pecho, haciéndole parecer un sacerdote antiguo, con algún incunable. Un mechón le caía insistentemente sobre el ojo derecho, el cual era inmediatamente devuelto a su sitio. Comenzó a contarme las peripecias que había tenido para encontrar el lugar de nuestra reunión. Que si el bus que se tomaba en la avenida tal, que si mejor no se tomaba un taxi, que recordaba que un amigo vivía por la zona hace mucho, que si en verdad queda lejos la zona donde están todas las discotecas. Yo asentía y le miraba, pero él no; a menos que yo hiciera alguna acotación sobre su odisea y tuviera que recordar algún dato de interés, razón por la cual me quedaba –por instantes- mirando a un punto hacia el frente, en el que percibía su mirada. Yo tenía las manos en los bolsillos. Mira –me dijo- dan la película tal. ¿Tienes algo que hacer? Podríamos entrar a verla. Tengo la tarde libre, no hay problema. Genial.

Era día del espectador. En todos los cines decentes de la ciudad, los costos estaban rebajados y por ello las colas eran larguísimas. Pero, al igual que el resto de usuarios, estábamos dispuestos a dormir parados con tal de ver cualquier película de estreno. Casi todos agrupados en parejas. Cierta incomodidad en el ambiente logró difuminarse cuando le pedí su comentario sobre lo que iríamos a ver. Era su turno de pedir en el mostrador de viandas. Me pasó la bolsa, que estaba húmeda en la zona donde había sido sujeta por sus manos y empezó con un discurso entremezclado con retazos de artículos leídos en periódicos, impresiones sobre los avances y alguna referencia amical reciente, mientras pedía popcorn y dos pepsi. Me declaré neófita en el asunto hasta probar lo contrario, sin mucho ánimo de seguir la conversa.

Ella caminaba delante, con los boletos, mientras Marcelo la seguía hacia la entrada, un poco ocupado con ver que nada se derramase. Había algo en ella que le intimidaba. Ahora, en serio, no había resultado ser tan rara como pretendía decir, cada vez que le preguntaba cosas sobre ella. Le miraba como si estuviera examinando un informe difícil, no a una persona. Probablemente era así siempre, pero no había forma de saberlo hasta que la cotidianidad con ella se produjera. Si ella lo dejaba, claro.

Había recibido un mensaje de ella, una tarde, en su casilla privada, interesada en establecer contacto con él; al parecer tenían las mismas aficiones. Eso había sido evidente en su primera frase. Sonrió para sus adentros: otra viciosa.

Y eso era relativamente raro. No había muchas mujeres en este asunto. Era, usualmente, cosa de hombres. Peor aún, cosa de muchachitos imberbes. Él ya había pasado la edad de correr tras esas cosas, según su hermana, que detestaba sus costumbres. Evitaba presentarle a sus amistades, por temor a que asomaran las preguntas y ella tuviera que responder escuetamente: ”es coleccionista… de revistas”. ¿Qué diablos haría si ellos repreguntaban? Generalmente una tosecilla y un cambio de tema.

Liliana, pues, también estaba familiarizada con la colección. En cuanto lograron comunicarse, la conversación fluyó por el camino de los tesoros de ambos. Ella reía por la ansiedad con la que él mencionaba aquellas piezas invaluables de su colección. Ella quiso verlas, casi inmediatamente. Fijaron fecha y hora, en aquel lugar. Ahora llevaba una bandeja, haciendo equilibrio, siguiéndola como un valet acomedido.

– ¿Te importa si nos sentamos aquí?

En la oscuridad, ella contempló únicamente la pantalla, primero, en la espera de que las imágenes aparecieran y cuando estas acontecieron, la película entera. Contestaba las preguntas de Marcelo con la precisión de un entrenado informador. En sus faldas, la bolsa que él le había dado, que resultó ser los viejos ejemplares de una revista que ya no se editaba y que ella también coleccionó. Aún estaba húmeda en la parte en la que él la había estado sosteniendo. No lo miró. No necesitaba hacerlo para sentir la expresión de su rostro extremadamente pálido, el pecho que -al respirar- silbaba, su mano sosteniendo la caja de pop corn y la opuesta, ocupada con un kleenex. Le había comentado con fastidio su bronquitis, mientras ella le miraba con cortés interés. La trama continuaba intrascendente, frente a ella.

Se imaginaba parada en medio de unas ruinas incaicas, contemplando el amanecer, la escarcha cayéndole, las manos en los bolsillos. El frío serrano le azotaba la cara y el cabello, que se movía incontrolablemente. Los sentidos, agudizados por un despertar prematuro, le mostraban matices insospechados en las hierbas que habían sido despejadas para que los restos fueran apreciados. Hasta las piedras mostraban texturas que le parecían inéditas, concertadas exquisitamente para enervar sus sentidos. Una hebra de su propio cabello cayó, sorpresivamente, helada, sobre su rostro. Sintió con delicia y fruición. Bordeando el contorno de la edificación en ruinas, encontró un pequeño riachuelo que corría caprichosamente, empozándose en un pequeño charco, rodeado de juncos. Caminó hacia él, cogiendo pequeños guijarros en el camino, que iba lanzando desde lejos, mientras se acercaba. Sus pies sintieron el cenagoso borde y entonces, al observar el pozuelo, lo vio. Ahí, en el reflejo, aquel hombre de ojos brillantes, venido de lejos, que la inquirió con la mirada, como preguntándole su nombre, sus señas. Su desordenado cabello semi largo se movía furioso con el viento de la mañana y la barba crecida se veía entrecana y rubia. Quiso preguntarle algo ella también, pero no era el momento indicado. Liliana sólo le dio permiso para hablar posteriormente, mientras miraba el cielo recién despejado, desde la ventana del auto:

– Tienes razón. Es una hermosa luna.

Poseída por el hombre de las ruinas, miró a Marcelo. Sus manos pálidas, su rostro congestionado y su camisa de franela abotonada hasta el cuello le mostraban casi tan perdido como ella. Lástima que en su reflejo no pareciera encontrarse nadie.
Al despedirse le regresó la bolsa con las revistas. Ya las tengo –le dijo- y ya las leí todas.

Deja Vü

Esta vez se quedó parado, mirándola. Pensaba en la absurda posibilidad de que viniera hacia él, como una pelusa arrojada al viento. Por una milésima de segundo pensó en las probabilidades asombrosas de que eso sucediera. Sus sentidos se lo decían, sus músculos estaban en total tensión, esperando el momento en el cual movilizarse vigorosamente; las pupilas de sus ojos dilatadas, su boca contraída, silencio.

A él, calificado como un vagabundo, a secas, se le figuraba que por primera vez, este preciso instante, en medio de la vereda, se le acababa de olvidar esa constante sensación de demasía en los recuerdos. La ciudad me expulsa, había leído en alguna parte, y tal era su creencia. Todo lugar le hacía ese insulto, toda su vida. Sin hogar fijo, como un gitano, sin la intención de afianzarse a los objetos o los lugares o las personas. Porque la abandonada –la ciudad- tenía demasiado que recordar como para que él siguiera viviendo y caminando por sus calles y plazas. Así, esta vez también había tomado sus chivas y se había ido sin rumbo definido. Desaparecía semanas enteras y luego, cuando se había cansado de mirar estrellas, llamaba a cualquiera de sus amigos o familiares. Sabía que existía la tácita obligación –por parte del receptor- de poner al tanto a todo el mundo que él estaba vivo, sano, en alguna parte del globo terráqueo. Entre dientes decían a sus espaldas “vagabundo”. No los culpaba, puesto que lo era.

Esa mañana de julio se había quedado parado en medio de la acera de una avenida transitada. El sol alumbraba tímidamente, sin intenciones de calentar en exceso y la gente iba y venía animadamente. Tenía en una mano las llaves de su motocicleta y en otra una pequeña bolsa de golosinas. Si no venía hacia él, tendría que usar la llave para irse, como siempre. Buscaría al tacto la chapa, pondría la llave, se metería los caramelos al bolsillo de la casaca, se plantaría el casco y sin más preámbulos, ni mirar siquiera, arrancaría en sentido contrario. Lo sabía. Entonces iría sin rumbo hacia una gran autopista –diablos, cómo le gustaban- y sintiendo el viento en la cara zumbarle, hacerse el camino hacia cualquier parte que no tuviera el recuerdo de ese fallido encuentro.

El lugar perfecto podría ser algún albergue mochilero, cerca de un pueblito de postal, sin ningún servicio, salvo el telefónico, cielo de color inverosímil y prados o cerros furiosamente verdes. A veces era perfecta también alguna metrópoli cosmopolita, con bulla, smog, la más absoluta posibilidad de perderse en un mar de identidades, de culturas. Pero, si no venía, el silencio, sólo eso.

Absurdo silencio, ahora, que se daba cuenta que tenía que decirlo todo. Absolutamente, afirmaba su otro yo, sosteniendo la bolsa de caramelos. Acaparar los colores de todos los cielos amados, los campos, las pupilas y sus matices perversos; las formas caprichosas de las nubes, las tazas de sus desayunos, el rastro de sus pisadas por los arenales; los aromas afincados de los jardines, campos, huertas, marasmos; los sabores intrínsecos a sus recuerdos más perturbados; la textura de las pieles besadas, acariciadas, cubiertas, y los objetos importantes, trascendentales, los sonidos del agua, los gorjeos de los pájaros, los gritos de rabia, el hipar de sus propias lágrimas hacia adentro…

Deseó, entonces, con toda su alma, que viniera. Que sus razonamientos hubieran ido por el mismo camino. Porque, había volteado a verle hacía mucho. Le había dicho ella, mientras miraba él uno de sus cuadros, la noche anterior, que su propia sensación de futilidad le hacía vivir casi por obligación. Que la suerte de él era su propia capacidad para salir corriendo. Y eso era lo contradictorio, lo que le hacía sentir casi burlado, como puesto en evidencia. No, no huyo. Detesto los recuerdos. Yo detesto no poder deshacerme de ellos. Es casi lo mismo, como cuando las aspas de un ventilador se mueven tan rápido que no las ves, pero sabes que ahí están. No te mientas más.

Casi tropieza con él una niña que iba en un scooter. Sonrió, tratando de esquivarla. A su costado, de repente, una voz familiar le dijo al oido:

– No te vayas, esta vez. Esta vez, no.

Esbozó una sonrisa y su boca dibujó un primer beso en mucho tiempo perdido.

Viernes con cara de lunes

Estoy un poco aburrida. La virtualidad cumple la misión de dejarme escondida, pero no me permite más que mirar desde el ojo de la cerradura a todos lados. La interacción, el fin de todos los medios, tan impropia, como siempre

¿Ya hablé sobre la estrella negra? tiene una interesante historia que bien podría pegar en otro momento. Mientras tanto, me reservo el derecho de admisión de mi propia boca. ta tá.

Harry Potter, el sancochado mental y el muchacho de mis sueños.

Mi sobrina tuvo la culpa. Fue el hombre manco de la serie. La fugitiva soy yo, escondiendome de mis amistades que me ven con agenda repleta por actividades extra curriculares. También está este mundo loco, donde todo se me entrecruza y yo no duermo. Los malditos ojos de Harry.

Pero cuando lo hago, aparece el mismo personaje desde mi adolescencia. Cabello semi rizado, ojos azules, gesto sereno. Ora sentado en una blanca habitación, ora viniendo desde algún paraje, apurado, como siempre.

¿De dónde vienen los sueños? o, como me decía un espectorable ¿A dónde van tus sueños, cuando duermes?

No van a ninguna parte.

Aggg. Nínfulos del mundo real: no confabuleis contra mi.

Un Dedo Curioso

Una vez, mi madre salió con una pregunta para la hora del almuerzo.
– ¿En qué lugar les gustaria tener un tercer ojo?
La pregunta, ciertamente, nos desconcertó. Sobre todo por que a nadie se le había ocurrido nada mejor que el “Polifemo Style” con mantra incluida. ¿Otro lugar para un ojo? ¿Qué otro sitio puede ser?
– En la punta del dedo anular. ¿Se imaginan la cantidad de sitios que un dedo puede visitar?
-….
Dentro de esa misma lógica, un médico me comentó que la representación de nuestro cerebro se encuentra en nuestras manos. Es por eso que para un buen especialista, el tacto es el mejor sistema para diagnosticar enfermedades. Igualmente, un pintor, un escritor, llegan a dejar a sus manos hablar, escribir. Eso es esto. Un dedo con un ojo, que escribe… y más.