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Un fracaso más, sí importa

Un fracaso más, sí importa

El indignante video de arriba, objeto de algunos titulares, varias amenazas de muerte a los protagonistas y zafada de culpas de algunas autoridades sólo me hace caer en cuenta que el fracaso de un país se deberá siempre al fracaso de una sociedad educada mediocremente. Mal educada, pues.

Viví deprimida una época, cuando enseñaba en un instituto que, horondamente, se promociona ahora vía tele y que, en aquellos tiempos, no era más que una estafa para estudiantes que querían graduarse de cualquier cosa y para padres que no deseaban hacerse cargo de sus hijos. Jamás logré que ninguno de ellos pudiera leer media A4 comprensivamente. Tampoco logré hacer que entendieran el error que significaba plagiar. El concepto de responsabilidad les era extrañísimo; la puntualidad era algo que les estorbaba, espantosamente. Le enseñaba a una generación que era producto de las políticas educativas fujimoristas, donde la currícula había sufrido trasnsformaciones espantosas, que dejaban de lado a la historia del Perú, Educación Cívica y tal vez sólo Dios sabe cuántas más.

El asunto es que, vamos a ser sinceros, la mediocridad de nuestra educación no es culpa solamente de nuestros gobiernos. Lo es de nuestra clase política, lo es de nosotros mismos, como padres, como ciudadanos. Nuestro fracaso de no educar con el ejemplo. De pensar que el colegio lo hará todo. De creer que otro tiene la culpa y no cada uno de los miembros de nuestra sociedad, cada uno de nosotros, cuando permite una injusticia, cuando permite una malacrianza y no corrige, aunque el hijo no sea tuyo.

El fracaso es nuestro, cuando tiramos papeles, cáscaras de frutas a la calle. Cuando dejamos de limpiar la puerta de nuestra casa, para echarle la basura al vecino; cuando nos guardamos el vuelto de más, cuando permitimos que un adulto mayor no tenga su asiento en el bus, cuando nos parece graciosa la malcriadez de un hijo, cuando llegamos tarde a algún lugar y le echamos la culpa al tráfico…

Sí, yo sé, puras huevadas. Huevadas que hacen lo simple en trascendental… ¿o alguno de ustedes ha olvidado alguna vez que un desconocido les corrigió algo que hacían mal? Yo jamás.

Pero, qué conveniente es quedarse callado en los momentos cruciales y qué tranca es portarse valiente, asumir el papel que siempre debería tocarnos: el de protagonistas de nuestro propio cambio.

Estos pobres muchachos merecían un país menos hipócrita, unos padres menos alejados y unos maestros más dedicados. Ellos merecían resguardar esos lugares y no hacerles daño. Pero también merecen aprender con una sanción y -¡por Dios!- una mejor sociedad, una mejor educación. Ellos y nosotros.

Men Free

Men Free

hombres

Así como cuando una va a comprarse un bizcochito, va mirando las etiquetas y decide irse a la zona “light”, para encontrar que algunas cosas son “fat free”, “sugar free” o “colesterol free” y hace un respingo y piensa “caray, será bueno esto?” y mira a todos lados y vuelve a mirar el envase, tratando de pensar si será verdad que esa mayonesa apetitosa sabrá lo mismo sin su grasa maligna, igual, mírome yo, hoy.

Por una simple y sencilla razón, que los hombres han perdido la brújula y creen que la tengo yo. Yo. Eso no es posible, sobre todo para quienes me conocen, pero ahí están, intentando que yo les diga qué hacer o en su defecto, que me convierta en la terapeuta free de ellos. No diré que en algunos casos es sumamente conveniente, porque así puedo conocerles más -¿he dicho alguna vez que soy una curiosa empedernida? – porque simplemente estaba en el mood de hacer de mamá gallina y acogerlos en mi pecho pecoso o porque no había nada mejor que hacer, en ése momento.

Obviamente, tiro la toalla con ellos, porque, a final de este año del señor, 2009 llego a la conclusión que los hombres se han extinguido espantosamente para dar paso a unos seres que no pueden serlo por muchos motivos antropológicos y sociales. Alguno por ahí, aletea furiosamente para hacerse presente, pero tal vez, si no lee esto, estará irremediablemente muerto. Avisado está.

Los hombres y las mujeres son diferentes, ¿es que alguien lo duda? Esa patraña de la liberación femenina, de la envidia del pene y de todo el rollo de la igualdad… nos ha echado a perder a ambos sexos. Espera, no quiero decir que yo quiero que nos mantengamos con la lógica de la edad de piedra, luego aparezca un macho camacho, me jale de las mechas hacia la cueva. Ni hablar. No creo tampoco, ciegamente, lo que ha escrito Esther Vilar. Lo que creo es que por nuestra forma de ver el mundo y de hacer las cosas, tenemos papeles distintos. Que en nuestra evolución, mutamos -algunos felizmente -a seres más completos que, además de trabajar en lo nuestro, podemos incursionar en más actividades, antes sólo del otro sexo. Eso no nos faculta a ser unas marranas sinverguenzas ni unos estúpidos descorteses. No significa que tenemos que vivir en el egoismo consumista que nos ronda, como una costra que no se quita ni con el amor verdadero. El maldito egoista que sólo busca ser amado y no amar, per sé.

Hoy los hombres me han defraudado una vez más. Porque asumen cuando les conviene, la famosa liberación femenina y se quejan en todo el resto. Porque creen que yo soy igual que el resto de fulanas intelectualoides que sólo buscan hacer score con sus propios cuerpos. Porque creen que puedo ser la madre, la amiga de todos, así, gratén. Porque piden toda la atención del mundo, sin preguntarse si yo realmente querría algo de ellos. Porque nunca se preguntan en qué fallan, mientras me dan discursos sobre mis defectos. Porque siempre dicen que no son iguales a los otros, pero no logran demostrarlo (salvo algunos notables esfuerzos). Porque generalizan, porque no creen, porque no investigan sobre una, como sí lo harían sobre el último gadget que se acaban de comprar. Porque nada merece más la pena que ellos mismos.

Estoy fastidiada. No soy la gran cosa, es verdad. No soy tan liberada como otras, hago mi mejor esfuerzo por no parecer una estúpida, no miento (porque ya dije, se me nota hasta por mail) y trato de entender lo que les motiva. Sobre todo (lo principal de esta historia) quiero como nadie, caray. Entonces, creo que se hace necesario airearme de ellos. Que resuelvan sus problemas en una sociedad donde hombres y mujeres viven mirando sus propios ombligos. Yo pretendo pasar fiestas en paz.

So, Men free… no sé hasta cuándo.

¿No sería adorable?

¿No sería adorable?

¿… Que todo siempre fuera, como dice esa canción rallada, bonito? Digo, no siempre. Tal vez en nuestro interior, nos aburriríamos de tanta felicidad y terminaríamos, todos gelatinosos, por algún lado, tirados. Es el conflicto constante el que nos hace sobrevivir como especie. Uff, demasiado profunda, porque estos periodos de fiestas me ponen cruzada y así como tomo mis respectivos relajantes, para no parecer una loca de la calle, escribo lo que se me ocurre y pego canciones como esta, que vienen al propósito de mi último post en La Silla Ecléctica. Enjoy.

Ni una palabra

Ni una palabra

Lo que Wagner no sabía... ¡Que pasen las ondas sonoras!

Lo que Wagner no sabía... ¡Que pasen las ondas sonoras!

Se quejaba Wagner que, al amar una canción, sólo por sus armonías, más no por el significado de su letra, era un acto mediocre: uno terminaba queriendo solamente una parte, desconociendo la otra, que daba la unidad a la obra. Lo que él tal vez nunca quiso aceptar es que las ondas sonoras pueden llegar a tener similitudes con las cerebrales y establecer conexiones, en las que las palabras no son necesarias.En cristiano, la música, sana. Bueno, él no tenía porqué saberlo, pues es un estudio de finales del s. XX.

La cosa es que, sólo así explico mi fascinación – mediocre, también – por la música  que suele rondar mi cabeza, en idiomas que no entiendo y que suenan armónicamente conmigo. Por otro lado, siempre es rico llenarte de ella, también, aunque tú tampoco entiendas una palabra. Por algunos momentos, estamos en el mismo estado de fascinación…

Hummm. Creo que debo dejar de escribir estos posts tan girlys y empezar a comportarme como la adulta que soy…

Mi adorable Sam Soon. Dicen que el éxito de las novelas coreanas en Perú, radica en la forma en la que se relacionan los personajes, que recuerda mucho a las antiguas costumbres andinas, tan perdidas en medio de la migración y las modas foráneas. Será, pues.

Razonamientos estúpidos -pero trascendentales- de un sábado 31 de octubre

Razonamientos estúpidos -pero trascendentales- de un sábado 31 de octubre
stupid

Es lo más seguro.

  • Probablemente me sienta más cómoda frente a una danza ritual polinesia que a una ceremonia de matrimonio, aquí, en occidente.
  • A veces mi imagen real es similar a lo que creo es mi imagen virtual, pero estas nunca son iguales a lo que en verdad soy.
  • Hoy vi un personaje de anime, con tu aspecto. Tal vez no seas real, después de todo.
  • Me acostumbro demasiado rápido a todo. Por eso odio la rutina.
  • Ya no lloro por lo que debería, lo hago por estupideces. Lo hago cuando se acaba el papel higiénico, por ejemplo…
  • Sep, ese link era bien stalker. Me di cuenta luego. Sólo quería mostrarte lo interesante de aquella aplicación… como era de esperarse, te creciste un montón.
  • Yo nunca estoy en el mood correcto. Si hay que estar serio, me caigo de risa; si hay que estar contento, me deprime todo.
  • Tengo un nombre escrito en un papel, dentro de mi almohada. Hay una hoja de laurel, con él. Me pregunto si sentirá el olor, allá.
  • Odio ir de shopping. Voy con una lista -mental, aunque sea – y tengo que encontrar lo que busco o mi frustración es monumental. No es aplicable a una visita a una gran ferretería. No sé por qué me afanan tanto las espátulas y la masa para molduras…
  • Nada como el camotillo para calmar mi tristeza.
  • Nada como el chocolate para calmar mi tristeza.
  • Nada como las papas amarillas fritas con cáscara, para premiarme… o calmar mi tristeza.
  • La primera parte de las “negociaciones” conmigo, consiste en soportarme y convencerme de que vale la pena.
  • Lucho tenía razón cuando decía que el Amor tenía fecha de caducidad. Al menos, en estarlo demostrando. Luego, va a la nevera y se queda ahí, para siempre.
  • Si tuviera alopecia, estaría cambiando todo el tiempo de look. Tal vez usaría pelucas color chicle y con rizos apretados…
  • Me enternecen sobremanera los niños de bajos recursos, disfrazados sencillamente, pidiendo “jaloguin!” por la calle, en manadas. Sólo por ellos, merece la pena guardar caramelos en la mochila…
  • Los mormones y sus rituales de apareamiento me asustan. Es lo más lejano a la libre elección.
  • La canción criolla no se ha muerto. Se mueren los intérpretes. El resto de gente, “canta” nomás.
  • Siempre suelo tener la razón en casi todo. Y friega.
  • Me gusta el silencio. Más, si es contigo.
  • Creo firmemente que un día, Alexandrie y mi poesía favorita, serán inevitables argumentos-imán para aquel que debe venir.
  • Tal vez me burlo de todas esas cosas que la gente respeta y ansía, porque en el fondo, las quiero yo también.
  • Mañana comeré ravioles, sí o sí.

Las Cosas que nos obsesionan

Las Cosas que nos obsesionan

Held by Honor - Charles Keegan

Held by Honor - Charles Keegan

¿No te levantas por las mañanas con una idea que, literalmente, te saca de la cama? Comes, vives y mascullas la dichosa idea, regodeándote en cómo la ejecutarás, en la forma de cómo las cosas sucederán y haciendo planes para los resultados de esa acción obsesiva.

Al parecer, es en esta obsesión que tu cuerpo y tu mente actúan como un gran imán. Hacia los sucesos, hacia los caminos que te llevan a lograr tus resultados. Algo que suena a “querer es poder” y que no se queda en la retórica de un discurso, si no que va más allá. Es la necesidad biológica de lograr tus objetivos, de llegar a tu meta ansiada. Vas encontrando los procedimientos, los caminos, y sorprendentemente, todo parece acomodarse.

Sep, suena a teoría famosa de autoayuda, vilipendiada por otros. Sin embargo, muchas veces crees que todo es posible y eso anima.

Al contrario de ello, otras veces pareciera que, sin importar cuánto quieras algo, todo confabula exactamente para que no lo consigas. Trabas y más trabas. Se supone que debes tener buen talante en esos momentos. Se supone. Pero yo digo algo: estás autorizado para putamadrear y luego, encontrar otro modo de llegar. Esto no se acaba, sólo porque encontré un muro. Lo escalo, aunque me rompa la crisma. De eso se trata, de llegar.

Banda sonora:

El Valor

El Valor

Templarios, caballeros. Así es la figura que me viene a la mente, siempre.

Templarios, caballeros. Así es la figura que me viene a la mente, siempre.

Las situaciones extremas suelen sacar lo más escondido de ti. Te avivan los sentidos, te hacen atrevida, te impulsan a realizar cosas que nunca en tu vida harías, si te lo pidieran. Te llevan al borde mismo de ti y encima, te ponen en peligro, siempre.

Sin embargo (y siempre me gusta esta lesera de quebrar tesis) el beneficio a posteriori es priceless y generalmente una termina absolutamente lejos de donde empezó; y ya que es un asunto ir hacia adelante y no en retroceso, como el cangrejo, cualquier movimiento hacia algún sitio que se desconoce es una experiencia. Me gusta pensar que luego de aquella duda inicial, lanzarse por algo es como el detenerse frente a la venida de un huracán. Siempre pongo a colación la figura de aquel caballero medieval que ha clavado su espada en el piso reseco y dice, al más puro estilacho de Gandalf “You shall not pass” y ahí, parado, para lo que venga. Pero es ése dichoso salto, el que funde el plan. Hacerlo, sólo hacerlo. Lo que yo siempre defino con una frase: “tú mándate nomás” y que luego, algunos me siguen el consejo y otros simplemente salen corriendo. Me gustan los que saltan, a lo macho, con todo y encima, con una sonrisa en la boca. De ellos es mi reino

Dilemas

Dilemas

Arde papi. Me gusta cómo dejas la casa limpia... no creas lo que dicen las noticias...

Arde papi. Me gusta cómo dejas la casa limpia... no creas lo que dicen las noticias...

A mi las labores cotidianas me sacan de mis casillas. Porque las considero innaturales para los seres actuales, que apretando un botoncito, hacen que todo sea posible. En ello estoy de acuerdo con Maria Rostworowsk, que dice que sin esos inventos, hasta ahora estaríamos moliendo ají en batán or else. Digo, hacerlo puede ser divertido y para algunas inútiles niñas de mamá, hasta didáctico; pero en mi caso, que aprendí a cocinar a los 9, planchar a los 11 y coser a los 13, esto es despropósito. Diré que tengo otras cosas más divertidas qué hacer, como escribir como loca en Petete, terminar aquel cuadro inconcluso o sentarme a ver una película a las 10 am.

Santos inventos, Batman, dice Robin. ¿Que ahora los hombres cocinan? Pff, que lo sigan haciendo. ¿Que también cosen, planchan, limpian y encima, te pueden dar la noche de tu vida? Genial. Lástima que algunos pocos, por estos lares. Aún esperan que mami se levante temprano (digamos, 5am) para hacerles el desayuno ovíparo que siempre sueña cualquiera: jugo surtido, quinua con manzana, café, huevos revueltos, mantequilla, mermelada y pan. Eso sin contar con que hay que hacerles la lonchera, porque “no se acostumbran” a la comida de la cafetería de la empresa. Obviamente, el pobre muchacho, echado a perder, se quedará soltero, porque sólo un ejercito de empleadas podrá complacerle. Luego, a este “angelito” no le puedes pedir que te haga el desayuno. Menos, que vaya a comprarte un kg de tomates al mercado. Verdadero inútil. ¿Dónde están los hombres? ¡Importemos! (@fatimatv dixit que apoyo con sonoro manazo en mesa) ¡Hagamos casting! Vayamos en busca del hombre peruano multitasking, o simplemente busquemos lo importado. Lo siento, pes, no venden aquí, hay que comprar en otro lado…


Pero claro, una tiene que aprender a cambiar plomos, focos, usar taladro para poner tacos y clavos, cambiar enchufes, arreglar caños y encima, pintar la casa cuando se lo requiera. Hay mujeres, mucho que hacer. No bastará con apretar los botoncitos, simplemente. Hay que armarse de valor y saber que parte de la famosa liberación femenina, consiste en saber resolver los problemas por una misma. Por mi parte, no habiendo nacido ni con una espumadera en una mano, ni con una escoba en la otra, es innatural que sólo la mujer se encargue de la casa, de los chicos y de él. Y no es negociable.

El Moderno Prometeo

El Moderno Prometeo

Modelando.
Modelando.

Mi hombre perfecto es un Frankenstein. Un Golem. Un ser que vive danzando en mi mente, desde el uso de razón. Alguien que me mira perturbado desde la distancia y azorado en la cercanía. Quien, con sólo mirarme, puede entender a este monstruo que soy. Mi atracción por él vuela distancias enormes, cruzando océanos, sólo para que él esté seguro de lo que hay. Mi hombre perfecto, viene de lejos, si saber porqué. No tiene idea que existo y por ello, al encontrarme, se siente agradecido de llegar. Tira todo, deja todo, olvida todo, por mi. Porque no hay otras. No han habido otras. Nunca habrán más. Mi hombre perfecto ha conocido, en su mente, mi cuerpo, desde niño. Ha soñado conmigo, sin saber mi nombre, siquiera. Ensayaba sus respuestas a mis peleas, con otras. Aprendía a ser tolerante, por mí. Me gobierna y se somete, con una mirada. Me permite tener sus hijos, educarlos conmigo. Me dejará peinar sus canas. Me quiere, con todos sus sentidos, con todas sus fuerzas. Mi hombre perfecto se mata por mí, no a mí.

Mi golem. Lo imagino. Me camino las calles con la mano extendida, sujetándole. Pareciendo loca, siempre.

http://www.sport.es/default.asp?idpublicacio_PK=44&idioma=CAS&idnoticia_PK=603022&idseccio_PK=803

Porque está en los ojos de los demás y aquel reflejo me ayuda a existir. No me dice jamás “a ver, espérate un ratito” o “ahí te quedas”. No me pregunta lo obvio, para no ofenderme. Todo lo que hace, todo lo que dice, es verdad. Porque es mío, desde sus pensamientos más simples, hasta la raíz de su cabello. Mi pertenencia a él es completa. Es imposible que me haga sentir triste, pues con él todo es risa, todo es descubrimiento. El siempre es yo, en otra versión. No es un viaje egocéntrico, es encontrar algo que te completa, que te hace entera y lo hace pleno a él. Así es. Es tal vez, el deseo más entrañable de toda mi vida. Lo único que siempre he necesitado, para estar en armonía, para calmar esta maldita fiebre que no cesa nunca… esa fiebre existencial de su ausencia.

Por eso, en estas noches en la que el frío no quiere irse, me duelen las heridas de guerra. Me duelen todas, porque se convierten en estadísticas fallidas que quiero olvidar y no puedo; no puedo ya. Aprendo lo que debe ser aprendido e imagino que un día, él me encontrará, porque ya no le busco.

(Ya, tú, lector consetudinario, pensabas seguro, que yo iba a pegar esto. Ni hablar. Prefiero una buena película y una mejor música. Lo otro lo dejo como banda sonora de mis historias fallidas.)